El domingo 28 de mayo es Pentecostés: el Espíritu Santo desciende sobre María y los Apóstoles reunidos en el Cenáculo y es fiesta para la Iglesia, pero también es fiesta para cada uno de nosotros, porque el Espíritu Santo, el Consolador, viene hoy por nosotros.
El Espíritu Santo es el amor
En el capítulo 2 de los Hechos de los Apóstoles leemos que los apóstoles estaban reunidos con María, la madre de Jesús, en el Cenáculo, en Jerusalén, cuando «aparecieron lenguas como de fuego, que se dividían, y se posaron sobre cada uno de ellos, y todos quedaron llenos del Espíritu Santo».
Para comprender al Espíritu Santo, debemos sumergirnos en el misterio de la Santísima Trinidad. Desde toda la eternidad, el Padre y el Hijo se intercambian «un beso de amor suavísimo, castísimo y secretísimo» (san Bernardo) y de ello brota el Espíritu Santo. El Padre es el amante; el Hijo es el amado; el Espíritu Santo es el amor (san Agustín).

El Espíritu Santo nos habla hoy
El Espíritu Santo llama hoy a la puerta de nuestro corazón y «el primer consejo del Espíritu Santo es: “Habita el presente”. El presente, no el pasado ni el futuro. El Paráclito afirma la primacía del hoy, contra la tentación de dejarnos paralizar por las amarguras y las nostalgias del pasado, o de concentrarnos en las incertidumbres del mañana y dejarnos obsesionar por los temores del futuro. El Espíritu nos recuerda la gracia del presente. No hay mejor momento para nosotros: ahora, allí donde estamos, es el momento único e irrepetible para hacer el bien, para hacer de la vida un don. ¡Habitemos el presente!» (papa Francisco).
María está con nosotros, tal como estaba en el Cenáculo
Y luego está María, ¡no debemos olvidarlo nunca! María está presente en el Cenáculo, la “llena de gracia”, de Espíritu Santo, la mujer de la fe, del silencio y de la escucha. Alimentaba el silencio, la oración y la profunda unión de los corazones. La Virgen recordaba a los Apóstoles a Jesús, su Palabra, la promesa del Espíritu consolador. Y María sigue estando junto a nosotros hoy, para ayudarnos a descifrar nuestro presente, para ayudarnos a caminar. «Cuando el Espíritu Santo encuentra a María en un corazón, vuela hacia él, desciende sobre él», decía san Luis María Grignion de Montfort, ¡y esto nos da la certeza de no estar solos!
Y entonces oremos al Espíritu Consolador con las palabras del papa Francisco:

«Espíritu Santo, Espíritu Paráclito, consuela nuestros corazones. Haznos misioneros de tu consuelo, paráclitos de misericordia para el mundo. Abogado nuestro, dulce Inspirador del alma, haznos testigos del hoy de Dios, profetas de unidad para la Iglesia y la humanidad, apóstoles fundados en tu gracia, que todo lo crea y todo lo renueva. Amén».
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