Hoy, 11 de febrero de 2022 -memoria litúrgica de la Bienaventurada Virgen María de Lourdes- la Jornada Mundial del Enfermo, instituida por san Juan Pablo II, cumple treinta años. Que esta sea la ocasión para prestar una atención especial a los enfermos que hay en nuestros hogares y hospitales; personas frágiles ante las cuales a menudo nos sentimos impotentes. Sin embargo, como nos recuerda el papa Francisco, siempre se puede hacer algo: estar cerca y dirigirles una mirada llena de misericordia capaz de aliviar la soledad, el miedo, el sufrimiento, la duda, la angustia…
Durante la pandemia fuimos testigos de lo valiosa que es la labor de quienes prestan voluntariado a los enfermos: incluso gestos sencillos, como llevar la compra y los medicamentos, dieron consuelo y apoyo a quienes lo necesitaban. La escuela de solidaridad en la que nos encontramos -quizá también a nuestro pesar- continúa viva y activa en la vida cotidiana, sin dejar escapar las oportunidades de aliviar aunque solo sea una «migaja» de sufrimiento en quienes atraviesan la enfermedad.
Como escribe el papa Francisco, para quienes experimentan «fragilidad y sufrimiento a causa de la enfermedad […] el miedo crece, las preguntas se multiplican» (Mensaje para la XXX Jornada Mundial del Enfermo). Así pues, solo el amor puede vencer los miedos que genera la enfermedad; solo un clima de comunión y solidaridad puede hacer menos arduo el camino de quienes sufren.
Por tanto, no permanezcamos sordos al grito de auxilio de quienes sufren y, sostenidos por el abrazo materno de la Virgen de Lourdes, hagamos que esta jornada sea un nuevo comienzo para llevar misericordia a la vida de quienes están a nuestro lado y atraviesan un momento de prueba.
ORACIÓN POR LA
XXX JORNADA MUNDIAL DEL ENFERMO
Padre misericordioso, fuente de la vida, custodio de la dignidad de cada persona,
llénanos de tu misericordia y haz que, caminando juntos, podamos dar testimonio de
tu predilección por quienes son rechazados, sufren y están solos.
Sostén siempre a médicos y enfermeros,
personal sanitario y todos los cuidadores.
Señor Jesús, humillado y crucificado,
custodio del sufrimiento humano,
enséñanos a servir y amar a cada hermano y hermana.
Tú que experimentaste el dolor y el abandono,
acompaña a todos los enfermos
y sufrientes en el cuerpo y en el espíritu
y enséñanos a descubrir tu rostro en cada uno de ellos.
Espíritu Santo, nuestro Paráclito,
custodio de la humanidad necesitada de cuidado y amor,
socorre nuestra debilidad y vulnerabilidad,
acoge nuestras fatigas y sufrimientos cotidianos,
concédenos la esperanza del encuentro bienaventurado por la eternidad.
María, testigo del dolor junto a la cruz,
ruega por nosotros.
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