Cada uno de nosotros sabe por experiencia que la amistad es una de las experiencias más hermosas que la vida puede brindarnos. Con los amigos compartimos momentos de alegría y diversión, pero también sabemos que en ellos podemos encontrar consuelo y apoyo en los momentos de dificultad.
La amistad es un sentimiento tan importante y universal que, desde 2011, el 30 de julio de cada año se celebra el Día Internacional de la Amistad, con la intención de subrayar y valorar este «sentimiento noble y precioso en la vida de los seres humanos de todo el mundo».
La Iglesia también celebra la amistad
Quizá pueda parecernos extraño, pero también el hombre Jesús, aunque es Hijo de Dios, necesitó amigos. Marta, María y Lázaro, los santos cuya memoria litúrgica celebramos el 29 de julio, el día anterior al Día Internacional de la Amistad, nos son presentados por los Evangelios como amigos «especiales» de Jesús, tres hermanos con los que el Señor vivió momentos de intensa comunión de vida. Al igual que hacemos hoy con nuestros amigos, Jesús vivió con ellos momentos de celebración (Jn 12,2), pero también lloró con ellos en el dolor (Jn 11,35) y buscó en el calor de su casa de Betania consuelo y apoyo antes de afrontar los días más oscuros y difíciles de su vida: su pasión y muerte (Jn 12).
Marta, María y Lázaro nos ayudan así a entrar en el corazón de Jesús y hacen que lo sintamos tan semejante a nosotros, tan cercano a nuestro deseo de no estar solos, a nuestra necesidad de amar y ser amados.
Pero esta mirada «interior» al corazón de Jesús también debe impulsarnos a hacer un examen serio: a menudo, de hecho, en nuestra manera de vivir la amistad corremos el riesgo de ser superficiales o, peor aún, oportunistas y egoístas. Jesús nos enseña que la amistad es amor y, como tal, no puede ser sino una entrega total de uno mismo por el bien del otro: «Nadie tiene un amor más grande que este: dar la vida por sus amigos» (Jn 15,13). Y esto es lo que hizo Jesús.


