El mes de abril está iluminado por la Pascua (4 de abril), ¡por la resurrección de Cristo! Es el comienzo de una nueva condición para todo ser humano: el Señor resucitado vive en nosotros y nosotros podemos vivir en él y para él, saboreando ya ahora la alegría que no termina de la vida eterna.
Como un solo día es demasiado breve para celebrar un misterio así, la Iglesia le dedica cincuenta días, que son una prolongación de la alegría pascual. El ayuno siempre ha estado excluido durante este período. El día de Pentecostés no será una fiesta aparte, sino la plenitud y el cumplimiento de lo que fue inaugurado la noche de Pascua: el don del Espíritu, que resucitó a Jesús de entre los muertos.
Los primeros ocho días del tiempo de Pascua constituyen la Octava de Pascua, que se celebra como solemnidad del Señor: tiene un carácter más marcado de alegría y nos hace meditar sobre la resurrección de Cristo. Pero toda la cincuentena tiene este carácter: en ella se canta continuamente el Aleluya.
El tiempo de Pascua es el momento más adecuado para rezar el Vía lucis, para ponerse en camino con el Resucitado. El Vía lucis se presenta como simétrico al Vía crucis: catorce estaciones, con su correspondiente pasaje bíblico, que van desde el hallazgo del sepulcro vacío, primera señal de la Pascua, hasta Pentecostés.
Al recorrer el Vía lucis descubriremos que en el camino incesante de la vida no estamos solos. El Resucitado prometió: «Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). La vida debe ser un camino de resurrección continua.
¡Acojamos la gracia de la resurrección de Cristo! Dejémonos renovar, dejémonos amar por Jesús, dejemos que la fuerza de su amor transforme también nuestra vida para que podamos convertirnos en canales a través de los cuales Dios pueda regar la tierra, custodiar toda la creación y hacer florecer la paz.
Vivamos, pues, este mes haciendo resonar en nuestro corazón el anuncio pascual: «¡Cristo, mi esperanza, ha resucitado!» (Secuencia pascual). «No se trata de una fórmula mágica que haga desaparecer los problemas. No, la resurrección de Cristo no es eso. Es, en cambio, la victoria del amor sobre la raíz del mal, una victoria que no “salta por encima” del sufrimiento y la muerte, sino que los atraviesa abriendo un camino en el abismo, transformando el mal en bien: marca exclusiva del poder de Dios» (papa Francisco).
¡Feliz Pascua y buen camino!
