Es de nuevo Adviento y volverá a ser Navidad, pero ¿qué puede haber de verdaderamente nuevo después de haber vivido tantos Advientos y otras tantas Navidades?
En realidad, todo puede ser nuevo y la espera de la Navidad puede marcar verdaderamente una novedad en la vida cotidiana. Esto se debe a que no somos los mismos del año pasado, de hace un mes, de la semana pasada, de ayer… y, así como cambiamos nosotros, la vida, con su fluir, es fuente de novedad. Pero no de una novedad barata, ni de una novedad que se impone, ni de una novedad que lo trastorna todo… esta, en efecto, es una novedad más discreta y silenciosa, que pide ser descubierta y acogida con cuidado y atención; con la mirada de quien no da nada por sentado, sino que todo lo recibe como un don.

La Maestra de la espera
Para abrirnos a la novedad del Adviento que viene a nuestro encuentro, nos dejamos guiar por una auténtica maestra de la espera: María. ¿Quién mejor que ella puede acompañarnos durante el tiempo que nos separa de la venida de Jesús? Ella puede enseñarnos a esperar porque ella misma espera con nosotros que se cumpla el tiempo y que su Niño vea la luz.
Qué significa esperar
María es la maestra y don Tonino Bello es quien, con sus palabras de amor a María, nos abre la puerta a comprender qué significa realmente esperar.
Escuchémoslo.
«La verdadera tristeza no es cuando, al anochecer, nadie te espera cuando vuelves a casa, sino cuando ya no esperas nada de la vida.

Y la soledad más negra no la sufres cuando encuentras apagado el hogar, sino cuando ya no quieres encenderlo: ni siquiera por un posible huésped de paso. Cuando piensas, en definitiva, que para ti la música ha terminado. Y que ya todo está hecho. Y que ningún alma viviente vendrá a llamar a tu puerta. Y que ya no habrá sobresaltos de alegría por una buena noticia, ni estremecimientos de asombro ante una visita improvisada. Ni siquiera estremecimientos de dolor ante una tragedia humana: al fin y al cabo, ya no te queda nadie por quien debas temer.
La vida, entonces, transcurre monótonamente hacia un desenlace que nunca llega, como una cinta magnética que ha terminado demasiado pronto una canción y se desenrolla interminable, sin decir ya nada, hacia su último corte.
Esperar: es decir, experimentar el gusto de vivir.
Hasta llegaron a decir que la santidad de una persona se mide por la profundidad de sus esperas. Quizá sea verdad. Si es así, hay que concluir que María es la más santa de las criaturas precisamente porque toda su vida parece marcada por los ritmos gozosos de quien espera a alguien.
Ya el rasgo inicial con el que el pincel de Lucas la identifica está cargado de esperas: «Prometida de un hombre de la casa de David». Comprometida, es decir.
A nadie se le escapa a qué cosecha de esperanzas y estremecimientos alude esa palabra que toda mujer experimenta como preludio de misteriosas ternuras. Incluso antes de que su nombre sea pronunciado en el Evangelio, de María se dice que estaba comprometida. Virgen en espera. Esperando a José. Escuchando el susurro de sus sandalias, al caer la tarde, cuando, perfumado de maderas y barnices, él vendría a hablarle de sus sueños.
Pero también en el último fotograma con el que María se despide de las Escrituras, el objetivo la capta en actitud de espera. Allí, en el Cenáculo, en la planta superior, en compañía de los discípulos, esperando al Espíritu. Escuchando el susurro de su ala, al amanecer, cuando, perfumado de unciones y santidad, descendería sobre la Iglesia para señalarle su misión de salvación.
Virgen en espera, al principio. Madre en espera, al final.
Y en el arco sostenido por estas dos conmociones, una tan humana y la otra tan divina, cien esperas más desgarradoras.

La espera de él, durante nueve larguísimos meses. La espera de los trámites legales, celebrados con migajas de pobreza y alegrías de parentesco. La espera del día, el único que ella habría querido posponer cada vez, en que su Hijo saldría de casa sin volver jamás. La espera de la “hora”: la única ante la cual no habría sabido frenar la impaciencia y de la que, antes de tiempo, habría hecho rebosar la carga de gracia sobre la mesa de los hombres. La espera del último estertor del Unigénito clavado en el madero. La espera del tercer día, vivida en vigilia solitaria, frente a la roca.
Esperar: infinitivo del verbo amar. Es más, en el diccionario de María, amar infinitamente».
(de Un mes con María)
La Virgen María nos enseña que esperar es el infinitivo del verbo amar; por tanto, que este sea el programa para el Adviento: ¡amar! Amar siempre, en la alegría, en la luz, en la comprensión… pero también en el cansancio, en la niebla, en la duda… seguros de que no estamos solos; ya no lo estamos desde que Jesús se hizo uno de nosotros. Maranatha, ¡ven, Señor Jesús!
¡Feliz Adviento a todos!




