El tiempo de Adviento es el tiempo de la esperanza, de la viva espera de Jesús. ¡El tiempo de un nuevo “comienzo”! La palabra “adviento” viene del latín “adventus”, que significa “venida”, pero también “espera”. Es el período durante el cual nos preparamos, en espera vigilante, para la venida de Cristo y para el recuerdo-memorial de su nacimiento, que celebraremos la noche de Navidad, renovando cada día la atención espiritual ante la maravilla de acoger entre nosotros al Niño Jesús. Pero también es el tiempo que nos proyecta hacia la segunda venida de Cristo, cuando al final de los tiempos vendrá a juzgar a vivos y muertos, introduciéndonos en su reino, que no tendrá fin. El papa Francisco afirmó en el Ángelus del pasado 1 de diciembre: «En estas cuatro semanas de Adviento, la liturgia nos conduce a celebrar la Navidad de Jesús, mientras nos recuerda que Él viene cada día a nuestra vida y volverá gloriosamente al final de los tiempos. Esta certeza nos lleva a mirar el futuro con confianza, como nos invita a hacerlo el profeta Isaías, que con su voz inspirada acompaña todo el camino del Adviento». Por tanto, la primera parte del tiempo de Adviento invita a despertar la espera del regreso glorioso de Cristo; después, al acercarse la Navidad, la segunda parte del Adviento remite al misterio de la encarnación y llama a acoger al Verbo hecho hombre para la salvación de todos.
El nuevo año litúrgico
Con el primer domingo de Adviento comienza el nuevo año litúrgico, en el que la Iglesia recuerda y vive cuanto su Señor ha hecho por ella, permitiendo a todos los fieles un encuentro existencial con Él, muerto y resucitado. Esta acción celebrativa de la Iglesia es esencialmente la celebración del misterio pascual de Jesucristo, misterio que, por ser demasiado denso y rico para que podamos comprenderlo y vivirlo de manera inmediata y total, se va -por así decirlo- fragmentando en el tiempo, para que podamos saborear y asimilar sus distintos aspectos y dimensiones. De ahí los diversos tiempos litúrgicos: Adviento, Navidad, Cuaresma, Pascua y Tiempo Ordinario.
La sucesión de los años litúrgicos sigue un ciclo trienal para los domingos; en cada año se lee durante la celebración eucarística un Evangelio diferente: en el año A se lee el Evangelio de Mateo, en el año B el Evangelio de Marcos y en el año C el Evangelio de Lucas. Este año, con el primer domingo de Adviento, comienza el año B, en el que leeremos el Evangelio de Marcos. El evangelista nos ayudará a comprender quién es este Jesús que vive en nuestro corazón y qué desea Él de cada uno de nosotros en la realidad concreta de nuestra vida.
En este año litúrgico estamos invitados a tomar cada día mayor conciencia de las maravillas que Dios obra entre nosotros, haciendo actual, en el hoy que nos pertenece, la Historia de la Salvación que Dios realizó en Cristo por medio del Espíritu Santo.

La liturgia
El período de Adviento comienza cuatro semanas antes de Navidad, con las Vísperas del primer domingo, y concluye con las Vísperas de Navidad. Durante el Adviento, los sacerdotes visten ornamentos litúrgicos morados (insertar casulla morada); en el tercer domingo de Adviento, es decir, el domingo Gaudete, opcionalmente puede usarse el rosa, para representar la alegría por la venida de Cristo. El “Gloria” deja de recitarse hasta la Misa de Medianoche de Navidad, donde se convierte en el símbolo del triunfo de Jesús que nace.
Como hemos mencionado, las lecturas de la Misa siguen el Año B. Hasta el tercer domingo de Adviento, la liturgia se centra en la espera del regreso del Señor. Después marca de manera más específica la espera y el nacimiento de Jesús. Así, en el primer domingo de Adviento, el Evangelio (Marcos 13,33-37) tiene en el centro las palabras de Cristo: «Velad: no sabéis cuándo regresará el dueño de la casa». En el segundo domingo de Adviento, el Evangelio (Marcos 1,1-8) se detiene en el Bautismo y en las palabras de Juan el Bautista junto al río Jordán: «Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo: yo no soy digno de agacharme para desatar las correas de sus sandalias». En el tercer domingo de Adviento, el Evangelio (Juan 1,6-8.19-28) vuelve a tener en el centro al Bautista, que «vino como testigo para dar testimonio de la luz» y que, interrogado por los judíos, dice: «En medio de vosotros hay uno a quien no conocéis». Finalmente, el Evangelio del último domingo de Adviento (Lucas 1,26-38) es el de la Anunciación y tiene como eje la figura de la Virgen.
Tiempo de María por excelencia
La protagonista indiscutible de este tiempo de Adviento es precisamente la Virgen, símbolo de toda la humanidad, dispuesta a acoger a Jesús que nace. Ella aceptó convertirse en la madre de Jesús con alegría y humildad, haciéndose instrumento del Padre para el nacimiento del Hijo. El papa Francisco subrayó que «María es el “camino” que Dios mismo se preparó para venir al mundo» y es «quien hizo posible la encarnación del Hijo de Dios, “la revelación del misterio mantenido en silencio durante siglos eternos” (Romanos 16,25)», gracias a «su “sí” humilde y valiente». En este tiempo de espera se sitúa oportunamente la solemnidad de la Inmaculada Concepción, que se celebra como preparación radical para la venida del Salvador y feliz comienzo de la Iglesia sin mancha ni pecado. La de la Inmaculada es una solemnidad muy sentida y, en las parroquias, a partir del 29 de noviembre se reza la novena. Vivamos este momento importante junto con todos los creyentes y dirijamos la mirada a la Inmaculada, aquella que fue pensada por Dios Trinidad desde la eternidad y preparada para convertirse en digna morada del Verbo de Dios.

La corona de Adviento
La corona de Adviento es un símbolo muy utilizado porque sintetiza el camino de la espera del Señor que viene y expresa la alegría de ir a su encuentro. La corona está formada por un círculo de ramas perennes en cuyo interior se colocan cuatro velas, que representan las 4 semanas de Adviento. La forma circular de la corona remite a la eternidad. El color de las velas es el de la liturgia: para los dos primeros domingos y para el cuarto son moradas, mientras que para el tercero se usa el color rosado. La luz de las velas representa la victoria de la luz sobre la oscuridad y representa, respectivamente, la esperanza, la paz, la alegría y el amor; su encendido progresivo puede realizarse al inicio de la santa Misa, después de la homilía o en otro momento oportuno, siempre que armonice con toda la celebración. La corona puede colocarse tanto en la iglesia, cerca del altar o del ambón, como en el propio hogar. Colocada sobre una mesa, puede convertirse en el centro alrededor del cual toda la familia se reúne para un momento vespertino de oración, diario o semanal. En nuestra agenda litúrgico-pastoral se puede encontrar un pequeño rito para la bendición de la corona de Adviento, que puede utilizarse tanto en las parroquias como en las familias.

El Adviento para los más pequeños
El período de Adviento es la ocasión adecuada para hacer reflexionar a los niños sobre el significado profundo de la Navidad, sin la dimensión más consumista, haciéndoles revivir la maravillosa historia del nacimiento de Jesús a través de libros, películas y manualidades. También se puede hacer que el niño prepare cada día un pequeño regalo o un dibujo para dárselo a alguien, o proponerle que renuncie a un juguete en buen estado para regalarlo, con el fin de hacerle comprender que la Navidad es la fiesta de los regalos, porque Jesús es el regalo de Dios.
Un momento muy significativo puede ser la preparación de un pequeño belén en nuestros hogares, como instrumento gozoso de transmisión de la fe. Dice el papa Francisco: «Espero que esta práctica nunca desaparezca; es más, espero que, allí donde haya caído en desuso, pueda redescubrirse y revitalizarse». En la carta Admirabile signum, el Papa explica el significado del belén y de los distintos personajes. Tomando como punto de partida este documento, se puede explicar a los niños la importancia del belén y su significado. Se les puede hacer comprender qué representan las distintas figuras, los pastores, los ángeles, los magos, la estrella de Belén, la cabaña… Preparar juntos el belén es un momento de compartir en el que cada uno hace algo en particular; es un momento en el que toda la familia se reúne para dar la debida importancia al Señor que viene.

La oración
El Adviento es tiempo de oración fervorosa, íntima y amorosa. Revisten especial importancia las dos novenas: la de la Inmaculada, a la que ya hemos aludido, y la de preparación para la Santa Navidad, que comienza el 16 de diciembre y termina el 24, víspera de Navidad. Preparémonos con el corazón lleno de alegría para el nacimiento de Jesús, de modo que podamos exclamar, junto con los ángeles, la noche de Navidad: «Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres que ama».
Este tiempo litúrgico que precede a la Navidad puede aprovecharse en las parroquias con la celebración de los Laudes matutinos y las Vísperas. Este tipo de oración es la más importante después de la santa Misa, pero, por desgracia, es poco conocida: ¿por qué no aprovechar este tiempo para proponérsela a los laicos?
El Adviento es el período que hace memoria de la venida de Dios entre nosotros. En él se nos concede, una vez más, experimentar la cercanía de Aquel que creó el mundo, orienta la historia y cuidó de nosotros, llegando hasta la cumbre de su condescendencia al hacerse hombre. Precisamente el gran y fascinante misterio del Dios con nosotros, más aún, del Dios que se hace uno de nosotros, está especialmente presente en la Eucaristía. Reservemos momentos para detenernos en adoración ante el Santísimo Sacramento, para redescubrir cada día que Él está vivo, presente para nosotros, Salvador del mundo.
Que la Virgen María nos acompañe en este camino de Adviento, suscitando en el corazón de cada uno de nosotros el deseo de un nuevo “comienzo”, de una vida cristiana más rica en fe, esperanza, alegría y amor.
