El cuerpo perfectamente conservado de santa Bernadette es uno de los casos médicos excepcionales. Desde el 3 de agosto de 1925, está expuesto en un relicario de cristal en la capilla del monasterio de Saint-Gilard, en Nevers, a 260 kilómetros de París.
Está «como petrificado», así lo definieron los médicos forenses y las autoridades civiles y eclesiásticas con motivo de las exhumaciones de 1909, 1919 y 1925.
El cuerpo extraordinariamente conservado de santa Bernadette inspira a quienes lo ven a imitar la vida de la Santa y a tomar en serio el mensaje que la Virgen le confió.
En la tierra de la humildad florecen las flores más bellas
De Bernadette impresiona la humildad: humilde y pobre era la casa donde nació el 7 de enero de 1844. Humilde fue toda su vida. Creció en una familia unida, en la que se amaban y rezaban juntos, como señala el padre Gianni Toni en el libro de Shalom «LOURDES Novenas a santa Bernadette». La posterior caída en la miseria no borrará en ella esta riqueza humana. Bernadette era una muchacha como tantas: analfabeta, de salud frágil y no particularmente devota. A los 14 años, el 11 de febrero de 1858, mientras recogía leña en la gruta de Massabielle, vio a una Señora «de una belleza incomparable, toda vestida de blanco, con una rosa en cada pie, con las manos juntas». La vio otras 17 veces, hasta el 16 de julio de 1858. Terminadas las apariciones, Bernadette cruzó el umbral de la casa madre de la Congregación de las Hermanas de la Caridad: «He venido aquí para esconderme», dijo. Con delicadeza y generosidad desempeñaría todas sus tareas.
La conciencia de la propia miseria
Consciente de su propia miseria, decía, refiriéndose a su terquedad: «Quisiera que también se hablaran de los defectos de los santos y de lo que hicieron para corregirse. Esto serviría mucho más que sus milagros y sus éxtasis».
Mientras tanto, la enfermedad avanzaba implacable: el 11 de diciembre de 1878 quedó definitivamente postrada en cama: «Estoy molida -dijo la santa-, como un grano de trigo».
Murió a los 35 años. También en sus últimas palabras se condensa toda su humildad unida a su gran fe. Dijo: «Dios mío, os amo. Santa María, Madre de Dios, rezad por mí, pobre pecadora, pobre pecadora».
«Es porque era la más pobre y la más ignorante por lo que la Santísima Virgen me eligió», había dicho Bernadette. Su humildad, su transparencia, su inmensa confianza en Dios y en la Virgen son un ejemplo para nuestra vida.
Si quieres descubrir cómo rezar con santa Bernadette cada día, dejándote guiar por su fe sencilla y luminosa y por su amor al santo Rosario, también te recomendamos el libro «Rosario con santa Bernadette». Una propuesta concreta para vivir la oración del Rosario en compañía de una de las santas más queridas.
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