Nunca como en este tiempo, marcado por la guerra y la pandemia, hemos necesitado respirar vida, afirmar la vida y celebrar la vida. En todos sus momentos, en todas sus etapas.
La 45.ª Jornada nacional por la Vida, que se celebra el domingo 5 de febrero, se encarga de reafirmar la belleza de la vida.
El tema elegido por el Consejo episcopal permanente de la Conferencia Episcopal Italiana para esta jornada es: «La muerte nunca es una solución. “Dios creó todas las cosas para que existan; las criaturas del mundo son portadoras de salvación, en ellas no hay veneno de muerte” (Sab 1,14)».
El mensaje propuesto para esta Jornada aborda temas difíciles y muy delicados, como el aborto o el final de la vida, e invita a adoptar una mirada de esperanza, capaz de superar el mal y la soledad y de difundir la “cultura de la vida”.
Ciertamente, todo esto significa ir contracorriente, porque vivimos en un mundo que parecería querer imponernos soluciones rápidas a cada problema. El aborto, por ejemplo, se presenta como la salida más fácil cuando hay problemas económicos, cuando un embarazo no es deseado, cuando pensamos que podría limitar nuestra libertad; sucede que se sugiera el aborto cuando se sabe que un hijo nacerá con una discapacidad. Parece la solución más fácil, pero, se pregunta en el mensaje: «¿Estamos seguros de que la banalización de la interrupción voluntaria del embarazo elimina la profunda herida que genera en el alma de muchas mujeres que han recurrido a ella?».
Si lo vemos con los ojos de la esperanza, con los ojos de quien confía en Cristo, que ha vencido toda muerte, también la eutanasia o el suicidio asistido son en realidad declaraciones de rendición: «¿Estamos seguros de que el suicidio asistido o la eutanasia respetan plenamente la libertad de quienes los eligen - a menudo agotados por la falta de cuidados y relaciones - y manifiestan un afecto verdadero y responsable por parte de quienes los acompañan a morir?», leemos en el mensaje de los obispos.
A menudo permanecemos indiferentes incluso ante el grito de auxilio de tantos que llaman a las puertas de nuestro país porque huyen de guerras, de situaciones de extrema miseria y pobreza. Pensamos, en efecto, que acudir en su ayuda podría traer problemas económicos, sociales y culturales.
Ante estos escenarios, el cristiano está llamado a celebrar la vida y a defenderla incluso cuando - desde el punto de vista humano - parece una vida ya inútil, cuando puede parecer una carga. Desde su concepción hasta la muerte natural, la vida debe ser defendida, y el cristiano debe sentir este compromiso, que lo llama a actuar en primera línea por el Evangelio de la Vida.
Vivamos hoy esta jornada con una renovada conciencia del valor de cada vida humana, celebremos la vida en toda circunstancia, ¡digamos con fuerza nuestro sí a la vida!












