charbel il santo dei miracoli

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Autore: Editrice Shalom

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Charbel: el santo de los milagros

San Charbel

San Charbel, el monje ermitaño libanés, con una vida sencilla y escondida se ha convertido para toda la cristiandad -y no solo para ella- en una inspiración y un modelo. Su fama estalló solo después de su muerte, ocurrida la noche de Nochebuena de 1898. La historia única de los milagros que lo dieron a conocer, solo después de haber subido al cielo, tiene mucho que enseñar. Dice, de hecho, que lo más importante es responder con amor a la vida, allí donde uno está, con las personas con las que está, en la valiosa fidelidad del transcurrir de los días.

Un pincelazo de su vida

Charbel nació en 1828, en el norte del Líbano, en una familia campesina. Cuando su padre muere y su madre vuelve a casarse con un hombre muy religioso, el niño se siente llevado y atraído por la espiritualidad que respira en la familia. Sus dos tíos ermitaños lo ayudan a discernir qué se mueve en su corazón y cuáles son sus deseos. Cuando comienza a trabajar como pastor, se retira a una gruta para unirse en contemplación a su Dios y aprovecha cada momento para elevar su canto de alabanza al Señor. Charbel está en el mundo, pero está claro para todos que no le pertenece.
Tiene 23 años cuando puede realizar su más alta aspiración: entrar en un monasterio. Los primeros quince años de vida religiosa los pasa entre el monasterio de San Marón, en Annaya, y el de San Cipriano de Kfifen, pero en su corazón alberga un anhelo: la vida eremítica.

Charbel, ermitaño

Cuando finalmente aceptan su petición de retirarse en soledad, la ermita de los santos Pedro y Pablo, no lejos de Annaya, se convierte en su casa. Comienza así una existencia de ocultamiento y oración incesante. Su vida transcurre con gran sencillez y su misma muerte está marcada por la oración. Se siente mal mientras celebra la misa y muere, en la víspera de Navidad de 1898, ocho días después, tras vivir la agonía en la más profunda unión con Dios.

La luz de Charbel ilumina el mundo

Después de su muerte, el monje es enterrado en la fosa común del monasterio y, inexplicablemente, durante muchos días, cuando cae la tarde, una luz que emana del lugar del entierro se irradia por todo el valle. El espectáculo es asombroso. Como era de esperar, aquella luz atrae a la gente del lugar. Entonces, los monjes, al ver que la cantidad de personas que llega al monasterio crece día tras día, deciden trasladar el cuerpo al convento.

Un cuerpo “vivo”

La “sorpresa” de la luz de la tumba debía ser solo el primero de los innumerables milagros que salpicarían su historia. En efecto, una vez abierto el sepulcro, los hermanos se encontraron ante un cuerpo flexible que exudaba un líquido extraño. El paño utilizado para secar el cuerpo de Charbel se conserva en el monasterio de Annaya y pronto se convirtió en instrumento de curación para muchísimas personas. Con el tiempo se realizaron cuatro reconocimientos del cuerpo y cada vez se lo encontró blando, como si aún estuviera vivo.

Los milagros más sorprendentes

Los milagros físicos y espirituales atribuidos a la intercesión de san Charbel son incontables, pero queremos contar aquellos que lo llevaron a la gloria de los altares, primero con la beatificación y luego con la canonización.
El primer milagro reconocido es el recibido por la hermana María Abel Kamari, en Bikfaya. La religiosa padecía una úlcera pilórica que le causaba fuertes dolores desde hacía catorce años. El 11 de julio de 1950, sus hermanas decidieron llevarla a la tumba del monje Charbel. Deseaban que tocara la tumba para encontrar un poco de consuelo. Lo que ocurrió fue sensacional: la religiosa contó que había sentido que una descarga eléctrica la atravesaba y al día siguiente se levantó sola, ante el asombro de todos, completamente curada.
El segundo se refiere a Iskandar Obeid, un herrero de Baabdat. El hombre, después de un accidente, sufrió el desprendimiento de la retina derecha. Los médicos querían extirparle el ojo enfermo para evitar que infectara también el otro, pero Iskandar se negó categóricamente. En 1950 decidió peregrinar a la tumba del ermitaño Charbel. Después de solo tres días sintió un fuerte dolor en el ojo enfermo que, tras hincharse, volvió a ver como antes del accidente.
El tercer milagro es el que llevó al monje a la canonización. Una mujer siria residente en el Líbano, Mariam Assaf Awad, había sido sometida a tres operaciones a causa de un tumor. Los médicos le habían dicho que ya no había nada que hacer. A la mujer ya no le quedaba más que esperar la muerte; su devoción por el beato Charbel era grande y desde hacía tiempo recurría a él para aceptar con fe lo que le esperaba, pero una noche de 1967 su oración fue más fervorosa. A la mañana siguiente, una extraña sensación le sugirió que estaba curada, lo que después fue confirmado por los médicos.
San Charbel es un gran taumaturgo, pero antes que nada es un hombre de Dios. ¡Que su vida nos enseñe la fe humilde y sincera, capaz de vivir plenamente en la adhesión fiel a la voluntad de Dios!


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