En el camino de esperanza iniciado con el Jubileo de 2025, se integran nuestros encuentros con Mario Antonio Clerici, nuestro fiel lector y voluntario de la Cruz Roja Italiana.
En este segundo artículo nos presenta el voluntariado como uno de los rostros concretos de la esperanza.
La esperanza tiene un rostro
Hay una palabra que hoy parece haber desaparecido del vocabulario cotidiano: la esperanza; por eso expreso ante todo mi gratitud al papa Francisco, que dedicó precisamente a la esperanza el Jubileo de la Iglesia (inaugurado en Nochebuena con la apertura de la Puerta Santa de la basílica de San Pedro en Roma). Si las noticias sobre guerras, crisis globales y el vertiginoso aumento del coste de la vida nos han, por así decirlo, arrebatado la capacidad de esperar una vida cotidiana marcada por la paz y la serenidad, existen ámbitos, como el del voluntariado de socorro, en los que la esperanza no solo está presente, sino que se evoca continuamente. Es cuando se transporta a una persona herida o con discapacidad, a un anciano frágil o a una madre que está a punto de dar a luz a su bebé cuando se comprende que la esperanza forma realmente parte de cada uno de nosotros. Y se la mira a los ojos, logrando darle un rostro, además de un nombre.
En un banco de Colfiorito…
Para intentar hacer entender lo que todo esto significa concretamente, quisiera evocar un episodio que me marcó.
Me encontraba en Colfiorito, un delicioso pueblo de la provincia de Perugia, en Umbría. El terremoto de septiembre de 1997 lo había reducido a escombros. Con mi equipo de voluntarios de la Cruz Roja había llegado allí al comienzo del invierno desde Lombardía (vivo en la provincia de Como), para llevar alimentos y artículos de primera necesidad.
Algunos rayos de sol, que rozaban el rostro de dos ancianos sentados en un banco, en el centro del pueblo daban la ilusión de normalidad. Era solo una apariencia, porque el terremoto había hecho añicos las casas, las tiendas y las oficinas como si fueran galletas secas. Había visto las imágenes en televisión y en los periódicos, pero estar allí - entre los escombros, en medio del polvo de las cornisas que seguían desmoronándose, con el riesgo de ser alcanzado - era algo completamente distinto. Sin embargo, los dos esposos, tan ancianos o quizá envejecidos de golpe después de un seísmo que solo les había dejado la vida, arrebatándoles todo lo demás, permanecían sentados en el banco de la plaza de Colfiorito, como si nada hubiera pasado.
Me senté junto a ellos, después de una breve inspección con las Fuerzas Armadas para comprobar los daños del terremoto, junto con otros voluntarios de la Cruz Roja del norte de Italia. Los ancianos no se inmutaron cuando me senté en el banco; yo también permanecí en silencio.
¿Qué podía decirles? No tenía palabras ni siquiera para mí, ante una devastación tan grande y fulminante. Pasó un tiempo que me pareció larguísimo. Estar con ellos me hacía pensar que, de todos modos, podía ser útil, en cierta medida. Cuando estaba a punto de levantarme, el hombre puso su mano sobre la mía, apoyándola como para buscar un punto fijo, él, que ya no tenía nada, ni un lugar al que aferrarse, en un momento de total inseguridad.
Eso era la esperanza: la certeza de no estar solos y de volver a encontrar el camino para mirar hacia delante; el camino, en ese caso, era un hombre que llevaba el uniforme de la Cruz Roja.
La paciencia: un rumbo para construir esperanza
«Todos esperan. En el corazón de cada persona está contenida la esperanza como deseo y espera del bien, aunque no sepa qué traerá consigo el mañana. Sin embargo, la imprevisibilidad del futuro hace surgir sentimientos a veces contrapuestos: de la confianza al temor, de la serenidad al desánimo, de la certeza a la duda». Mientras releo estas palabras, entregadas por el papa Francisco en la Bula de convocatoria del Jubileo Spes non confundit (La esperanza no defrauda), comprendo también el sentido del consuelo que un gesto muy sencillo – permitir que una persona en dificultades se apoye en nosotros – puede brindar a quien se siente perdido y desalentado. El papa Francisco también asocia la paciencia con la virtud de la esperanza. Esos dos ancianos de Colfiorito, cuando lo pienso, siguen indicándonos el rumbo para construir la esperanza, permaneciendo sentados en silencio, como si estuvieran contemplando, sin prisa.
Quien presta auxilio sabe que, aunque el servicio debe ser oportuno, la actitud que se debe adoptar ante la persona en situación de emergencia requiere la máxima calma y equilibrio, para que la persona que sufre se tranquilice.
El voluntariado es un rostro de la esperanza
“Esperanza” es una palabra aparentemente sencilla, casi obvia, a la que se pueden atribuir múltiples significados; como voluntario, la interpreto como la actitud de apertura hacia el otro en situación de necesidad: basta una sonrisa, un gesto afectuoso, una palabra de consuelo para que la persona en dificultad cambie de aspecto de inmediato. La tensión se relaja, uno se pone en manos de los socorristas y, a veces, incluso se consigue ver una sonrisa. Por eso el voluntariado puede proponerse como una experiencia viva de esperanza, uno de los rostros posibles de la esperanza para vivir el Jubileo.
En el contacto con quien sufre, se acaba comprendiendo que “estar para el otro” es quizá la manera más inmediata de compartir lo que la vida nos da; se comprende que la esperanza no debe confundirse con un sueño despierto. Al contrario, se presenta como el motor que nos motiva a cambiar, con paciencia y amabilidad, aquello negativo que encontramos a diario. Por mi parte, este es el propósito que, como voluntario de socorro, llevo conmigo en este Año Santo.
La peregrinación como “acercarse al prójimo”
En el fondo, la peregrinación, «elemento fundamental de todo acontecimiento jubilar», como nos recuerda nuestro Pontífice, tiene un “grado cero”, que consiste en acercarse al prójimo y dejar que el otro, a su vez, se convierta en nuestro prójimo.
Alguien podría objetar que ¡siempre hay una puerta de por medio! Las primeras semanas del Jubileo estuvieron marcadas por emotivas ceremonias de apertura de antiguas basílicas o de lugares de culto de las comunidades cristianas. En realidad, también en la actividad de voluntariado -de socorro, pero no solamente-, tender la mano a quien está a nuestro lado implica abrirse y, por tanto, salir de alguna manera de visiones consolidadas del mundo, o incluso de nosotros mismos. Creo que este “salir” es la dinámica propia de la esperanza, que en el fondo consiste en ir más allá de una dificultad o de una fase de estancamiento de la vida.
Al volver entonces con el pensamiento a los ancianos de Colfiorito, me doy cuenta de su esfuerzo por ir más allá: al buscar el contacto conmigo, que estaba sentado a su lado, era como si abrieran de par en par la puerta de la soledad a la que los había confinado el terremoto, para entrar en la dimensión de la solidaridad, ingrediente necesario para volver a esperar, más allá de los escombros.
Mario Antonio Clerici ha compartido con nosotros su manera de vivir la esperanza, su forma de convertirse, como voluntario, en peregrino de esperanza; si quieres, también esperamos tus relatos: ¡comparte con nosotros tu manera de vivir el Jubileo!
