«Los abuelos, delante de sus nietos, soñarán,
y los jóvenes, tomando fuerza de los abuelos, seguirán adelante».
Papa Francisco
Al comienzo de este año, marcado todavía por la pandemia que ha puesto especialmente a prueba a los ancianos, el papa Francisco anunció una iniciativa que confirma su capacidad de ser un pastor incansable y atento de la Iglesia en camino.
Al término del Ángelus del pasado 31 de enero, de hecho, instituyó la Jornada Mundial de los Abuelos y de los Ancianos, introduciéndola con estas palabras: «Pasado mañana, 2 de febrero, celebraremos la fiesta de la Presentación de Jesús en el Templo, cuando Simeón y Ana, ambos ancianos, iluminados por el Espíritu Santo reconocieron en Jesús al Mesías. El Espíritu Santo suscita también hoy en los ancianos pensamientos y palabras de sabiduría: su voz es valiosa porque canta las alabanzas de Dios y custodia las raíces de los pueblos. Nos recuerdan que la vejez es un don y que los abuelos son el eslabón de unión entre las generaciones, para transmitir a los jóvenes experiencia de vida y de fe. Muchas veces se olvida a los abuelos y nosotros olvidamos esta riqueza de custodiar las raíces y transmitirlas. Por eso, he decidido instituir la Jornada Mundial de los Abuelos y de los Ancianos, que se celebrará en toda la Iglesia cada año el cuarto domingo de julio, cerca de la festividad de los santos Joaquín y Ana, los «abuelos» de Jesús.
Es importante que los abuelos conozcan a sus nietos y que los nietos se encuentren con sus abuelos, porque -como dice el profeta Joel- los abuelos, delante de sus nietos, soñarán, tendrán ilusiones [grandes deseos], y los jóvenes, tomando fuerza de los abuelos, seguirán adelante, profetizarán. Y precisamente el 2 de febrero es la fiesta del encuentro de los abuelos con los nietos».
Esta jornada se sitúa, por tanto, en continuidad con la fiesta de la Presentación de Jesús en el Templo (2 de febrero), que pone ante nuestros ojos las extraordinarias figuras de Simeón y Ana, ancianos iluminados por el Espíritu Santo, y próxima a la fiesta litúrgica de santa Ana y san Joaquín, los «abuelos» de Jesús.
No se encuentra ninguna mención de ellos en los Evangelios canónicos. La tradición cristiana hace referencia al evangelio apócrifo «Protoevangelio de Santiago»: allí se narra que Joaquín es pastor y vive en Jerusalén. Anciano sacerdote, está casado con Ana; ambos no tienen hijos, lo cual, según la mentalidad de entonces, era el signo evidente de la bendición de Dios. Un día, mientras Joaquín trabaja en el campo, se le aparece un ángel que le anuncia el próximo nacimiento de un hijo. Ana tiene la misma visión. Llaman María a su hija, quien, a la edad de tres años, es llevada al templo para ser educada según la ley de Moisés.

Joaquín y Ana esperaron contra toda esperanza, tuvieron fe y el Señor obró maravillas en sus vidas. En ellos, el Papa invita a ver la vejez como un don y un valor que hay que defender: los abuelos y los mayores son depositarios de una riqueza incalculable, la riqueza de una larga experiencia de vida y de fe que les permite custodiar el pasado y “soñar” el futuro, viéndolo en los ojos de sus nietos.
Así pues, el cuarto domingo de julio es una fecha importante, que debemos recordar y guardar en la memoria y en el corazón.


