La fiesta de la Divina Misericordia se celebra el primer domingo después de Pascua y fue instituida en 2000 por Juan Pablo II, pero la historia de esta fiesta se remonta a décadas antes. Era 1931 cuando Jesús confió a santa Faustina Kowalska el mensaje de la Divina Misericordia, que después se difundió rápidamente. Fue él mismo quien le dijo: «Deseo que haya una fiesta de la Misericordia. Quiero que la imagen que pintarás con el pincel sea bendecida solemnemente el primer domingo después de Pascua; este domingo debe ser la fiesta de la Misericordia» (Diario, 49).
En los años siguientes, Jesús volvió a hacer esta petición en 14 apariciones, definiendo con precisión el día de la fiesta en el calendario litúrgico de la Iglesia, el motivo y la finalidad de su institución, la manera de prepararla y celebrarla, así como las gracias vinculadas a ella. «Las almas perecen, a pesar de Mi dolorosa Pasión (…). Si no adoran Mi misericordia, perecerán para siempre», dice Jesús a santa Faustina.

El primer domingo después de Pascua. ¿Por qué?
Hay un profundo significado teológico en la elección del primer domingo después de Pascua, a saber, la indicación del estrecho vínculo entre el misterio pascual de la Redención y la fiesta de la Misericordia. «Ahora veo que la obra de la Redención está vinculada a la obra de la Misericordia solicitada por el Señor», observa la propia sor Faustina. Un vínculo subrayado aún más por la novena que precede a la fiesta y que comienza el Viernes Santo. Jesús deseó esta novena y, a propósito de ella, dijo que «concederá gracias de todo tipo».

Una gran fiesta, como demuestran las promesas
Jesús dijo: «Ese día, quien se acerque a la fuente de la vida obtendrá la remisión total de las culpas y de las penas». Una gracia particular está vinculada a la Comunión recibida dignamente ese día: «la remisión total de las culpas y los castigos».
La generosidad de Jesús no se limitó solo a esta gracia, aunque excepcional. De hecho, dijo que «derramará todo un mar de gracias sobre las almas que se acerquen a la fuente de Mi misericordia», pues «ese día están abiertos todos los canales por los que fluyen las gracias divinas. Que ningún alma tenga miedo de acercarse a Mí, aunque sus pecados fueran como la escarlata».

Condiciones para obtener la indulgencia plenaria
Juan Pablo II, el 13 de junio de 2002, enriqueció la fiesta de la Divina Misericordia concediendo la indulgencia plenaria al fiel que, con el alma totalmente desapegada del afecto hacia cualquier pecado, incluso venial, cumple las tres condiciones habituales, es decir:
1. Confesión sacramental;
2. Comunión eucarística;
3. Oración según la intención del Papa (por ejemplo: Padre nuestro, Avemaría, Gloria al Padre u otra oración).
Además de estas condiciones, se requiere que el Domingo de la Divina Misericordia, este año el 16 de abril, en cualquier iglesia u oratorio, el fiel participe en prácticas de piedad realizadas en honor de la Divina Misericordia, o al menos rece, ante el Santísimo Sacramento de la Eucaristía, expuesto públicamente o reservado en el sagrario, el Padre nuestro y el Credo, añadiendo una piadosa invocación al Señor Jesús misericordioso (por ejemplo: «Jesús misericordioso, en ti confío»).

Algunas aclaraciones importantes sobre la indulgencia
La Confesión sacramental, la Comunión eucarística y las oraciones según las intenciones del Sumo Pontífice pueden realizarse varios días antes o después del día de la indulgencia. Sin embargo, es preferible que la Comunión y la oración según las intenciones del Papa se hagan el mismo día en que se realiza la obra indulgenciada. Además, aunque para obtener la indulgencia basta con la Comunión, ciertamente es mejor recibirla participando en la santa Misa.
En cuanto al sacramento de la Penitencia, lo ideal sería recibirlo antes de la indulgencia, ya que nos restablece en la plena comunión de amor con Dios, dándonos su misma vida y santidad. Bien lo sabían los numerosos santos y beatos que recurrían a él semanalmente (como san Juan Pablo II) o incluso diariamente (como san Carlos Borromeo, san Felipe Neri y san Alfonso María de Ligorio).

Otro motivo, más práctico, para no posponer la Confesión es que, absorbidos por una multitud de compromisos, corremos el riesgo de no encontrar ya tiempo para la Confesión, anulando así ese precioso don de gracia que la Iglesia nos ha ofrecido con la indulgencia.
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