«Veinte, sesenta, cien años… la vida. ¿De qué sirve si nos equivocamos de dirección?», preguntaba don Pino Puglisi a sus jóvenes. Y concluía: «Lo que importa es encontrar a Cristo, vivir como él, anunciar su Amor que salva. Llevar esperanza y no olvidar que todos, cada uno en su lugar, incluso pagando en persona, somos los constructores de un mundo nuevo».
Un mártir de nuestros tiempos
Don Pino pagó en persona para construir el mundo nuevo en el que creía, al caer bajo tres disparos de pistola de la mafia el 15 de septiembre de 1993, exactamente treinta años atrás, el día de su 56.º cumpleaños. Los autores intelectuales del asesinato fueron los capos mafiosos Filippo y Giuseppe Graviano, posteriormente condenados a cadena perpetua. Quien disparó, en cambio, fue Salvatore Grigoli, un hombre que en prisión pareció emprender un camino de conversión. El propio Grigoli contó el último instante del sacerdote siciliano antes de ser asesinado: «Una sonrisa y después las palabras: “Me lo esperaba”».

Su misión: educar a los jóvenes en la legalidad
El beato Pino Puglisi, párroco del barrio de Brancaccio, en Palermo, era un hombre de valor y de fe, modelo de sacerdote entre los últimos y en las periferias; era un pastor manso y tenaz, un hombre que amaba dialogar con cualquiera; un sacerdote valiente capaz de reconciliar a dos madres: la de un asesino y la de su víctima; un educador que intentaba por todos los medios apartar a jóvenes y niños de la calle de la delincuencia a la que parecían estar destinados.
Don Pino era también el párroco “molesto” al que la mafia temía. Un mártir que devolvió la voz a una Iglesia que había permanecido muda durante demasiado tiempo. El beato que enseñó un “método” a la Sicilia de su tiempo y a la del futuro…
Brancaccio, aquel barrio de la ciudad de Palermo controlado por la mafia donde «es más fácil decir lo que hay, todo lo demás falta», era el centro de su compromiso, que comenzaba con la educación de los niños del barrio: había que promover la alfabetización y crear campamentos escolares, en un territorio donde, al día siguiente de la masacre de Capaci, los muchachos gritaban por las calles: «¡Hemos ganado! ¡Viva la mafia!». Así nació el Centro Padre Nuestro, un lugar para acoger a los jóvenes, apartarlos de la calle y arrancarlos de la delincuencia.

La beatificación y el aniversario
Este sacerdote fue elevado al honor de los altares por el papa Francisco el 25 de mayo de 2013, en presencia de más de 100.000 fieles llegados de toda Italia.
Y también hoy, en la carta enviada a mons. Corrado Lorefice, arzobispo de Palermo, el Santo Padre afirma: «Siguiendo el ejemplo de Jesús, don Pino llegó hasta el final en el amor. Poseía los mismos rasgos del “buen pastor”, manso y humilde: sus muchachos, a quienes conocía uno a uno, son el testimonio de un hombre de Dios que prefirió a los pequeños y a los indefensos, los educó en la libertad, a amar la vida y a respetarla. Este sacerdote no se detuvo, se entregó por amor abrazando la Cruz hasta derramar su sangre».

