La beata Elena Guerra fue proclamada santa el 20 de octubre por el papa Francisco; cuando el papa Juan XXIII la proclamó beata en 1959, también la definió como apóstola del Espíritu Santo en los tiempos modernos: «En los tiempos modernos, porque su misión se inserta en un mundo cuya escena cambia día a día y que, para no perderse, necesita al Espíritu Santo. […] En esta realidad de transformaciones mundiales a nivel político, económico, tecnológico, social, cultural y religioso, el ser humano necesita reencontrarse consigo mismo, conocer el sentido de su propia vida, redescubrir su dignidad de hijo de Dios, llamado a una vida sin fin en la bienaventuranza eterna». Se trata de un mundo no tan diferente del nuestro, en el que una mujer supo marcar la diferencia.
El Espíritu Santo ocupa un lugar central en la vida de Elena, traza y guía su camino, porque ella se entrega hasta el final a difundir de todas las maneras la devoción a la Tercera Persona de la Trinidad y a promover el regreso de la Iglesia al Espíritu Santo. Sin embargo, en este artículo no queremos centrarnos tanto ni únicamente en esto, sino en los rasgos que hacen de Elena una mujer excepcional, que supo vivir en su tiempo, mirando más allá y soñando con una Iglesia y un mundo profundamente renovados por el amor de Dios.

Una mujer de gran corazón
Elena nace en 1835, en una familia noble de Lucca, ciudad donde transcurre toda su vida: su hogar le ofrece un horizonte protegido y afectuoso, pero también limitado, que en parte parece contrastar con la grandeza y la libertad del alma que poco a poco va tomando forma en ella. De niña y luego de joven se muestra especialmente atenta y sensible a cuanto la rodea y, sobre todo, al sufrimiento de los pobres: una testigo afirma que «ella caminaba descalza sobre la nieve y, al preguntarle por qué, respondía: “Lo hago para experimentar cuánto sufren los pobres que no tienen calzado”».
Elena tiene un gran corazón que no puede permanecer encerrado entre las paredes de su casa y, de hecho, en un momento dado emprende el vuelo: en 1882 funda la Congregación de las Hermanas de Santa Zita; las hermanas no llevan vida de clausura, sino que se dedican a la educación de las jóvenes, viven en el mundo y trabajan por el cielo.

Una mujer de «pluma de oro»
La escritura acompaña a Elena desde su juventud: escribe folletos, escribe un Diario y después sigue escribiendo siempre. Hay que subrayar que en aquella época era completamente inusual que una mujer escribiera y que escribiera tanto: «Hoy se da más o menos por sentado que una mujer escriba y publique, y no solo sobre temas educativos. En el siglo XIX era una excepción, no lo olvidemos. Entonces, ayudar a los pobres y visitar a los enfermos podía encajar en la visión de la condición femenina, aunque ya saliera del ámbito privado. Elena también hace esto, pero no se detiene ahí: organiza, funda, publica; se integra en los ambientes cercanos y lejanos de la sociedad, con su actividad como escritora, que ya en sí misma es expresión de excepcionalidad, en la Lucca de aquella época» (R. Taddioli, Elena Guerra. La mujer de Pentecostés y del Cenáculo, Suore Oblate dello Spirito Santo, 1998, pág. 133).
Colabora, en efecto, con Il Corriere Toscano, Il Monitore Ecclesiastico, Esare y lo hace porque siente muy intensamente dentro de sí el deseo de hablar de Dios: Elena sabe que la prensa tiene el poder de llegar lejos y puede ser realmente un instrumento para enriquecer y educar los espíritus: escribe 72 obritas, de las cuales 63 son de carácter religioso y 9 tratan temas educativo-escolares. Don Bosco le dijo: «Usted tiene una pluma de oro, siga ocupándose de las señoritas; mi obra está dirigida al pueblo».

Una mujer que tiene el valor de atreverse
Estamos en 1886, cuando ella misma confiesa lo que podría definirse como una primera inspiración de su misión profética: poco a poco se abre paso en su corazón un deseo, una intención, un pensamiento que ella misma define como «audaz»: «Se me ocurrió escribir al Papa… Incluso me atreví a mencionárselo a una buena persona, diciendo: “¿Qué sería escribir al Santo Padre?”. Y me respondió: “Sería demasiado atrevimiento. Sería soberbia”. Bajé la cabeza y suspiré amargamente».
Pero después las cosas maduran, Elena comprende que esa es precisamente la voluntad de Dios y entonces se lanza a la empresa sin ningún miedo: el primer paso es enviar la Novena de Pentecostés, escrita por ella, al Santo Padre (27 de marzo de 1894), quien bendice el texto. Después comienza el intercambio epistolar entre Elena y el papa León XIII, que comprende trece cartas. Es un diálogo que atraviesa distancias, porque el Papa responde a las cartas con algunos documentos que recuerdan la necesidad de la devoción cristiana al Espíritu Santo. ¡La misión de Elena se ha cumplido!
La santidad de Elena es la santidad de una mujer que supo dejarse guiar por el Espíritu Santo, se atrevió a soñar el mismo sueño que brotaba del corazón de Dios; aprendamos de ella, confiémonos a ella.



