En el frenesí de la vida moderna, a menudo nos encontramos persiguiendo estándares de perfección impuestos por la sociedad. Pero ¿qué ocurre cuando abrazamos la imperfección? Élise Bisschop, sesenta años después de su muerte, con su perspectiva única, nos invita a reflexionar sobre la belleza de aceptarnos tal como somos y encontrar en lo que somos la alegría de vivir.
Una joven que no se deja abatir por la imperfección
Élise Bisschop fue una joven que, en su breve vida – murió el 9 de abril de 1964 con tan solo 38 años –, supo captar, entre los momentos alegres y difíciles de la vida cotidiana, la maravilla que la vida guarda en su centro secreto. Marcada por una enfermedad pulmonar desde la adolescencia, a pesar de su “imperfección”, ama, se alegra, espera, cuida, acoge y da las gracias. Comprende, con su delicada y aguda inteligencia del corazón, que la imperfección no es una derrota. Que para ser felices no es necesario ser perfectos ni seguir los posibles estándares que impone la sociedad, sino vivir siempre con alegría.


¿Qué puede enseñarnos Élise?
En un mundo que a menudo nos hace sentir inadecuados, en días en los que nos vemos persiguiendo objetivos y resultados, puede ocurrir que los límites, los errores, los fracasos, las imperfecciones o simplemente el cansancio se conviertan en motivo de inquietud. Élise, con su calma, su reflexión y su alegría profunda, nos enseña que la propia sociedad crea estándares poco realistas y que los valores auténticos no residen en lo que hacemos ni en los resultados que logramos, sino en lo que somos.
Élise es una chica especial
Atraviesa la vida con el peso de la enfermedad y, sin embargo, a pesar del dolor que siente en su cuerpo, vive con la certeza de ser única y valiosa. Porque incluso aquello que no nos gusta de nosotros mismos, incluso nuestras carencias, nos convierten en seres únicos, con dones y posibilidades que solo están en nuestras manos. Aceptarse y amarse, incluso y sobre todo cuando uno es “no convencional”, abre la puerta a esa mirada asombrada que caracterizó la vida de Élise. Ella fue capaz de dejarse embriagar por la belleza de la naturaleza, por la sencillez de un abrazo, por la alegría de poder llevar el grandísimo amor que albergaba en su corazón a sus amigas, a los niños de catequesis, a las enfermeras del hospital y a los enfermos que compartieron con ella la enfermedad…

Amarse de verdad para amar de verdad
Élise supo amar de verdad porque supo amarse de verdad. Supo ser un rayo de luz, alegría y esperanza incluso cuando su cuerpo se iba deshaciendo bajo los durísimos golpes de la enfermedad pulmonar, porque dirigió su mirada hacia lo Alto y aceptó ser amada por lo que era en lo más profundo, y no por lo que podía “producir” o “hacer ganar”. «Sonreír a todo y a todos por amor a Jesús», ese era su lema, y consiguió hacerlo hasta el final de su vida.

Aceptarse a uno mismo significa amarse por lo que uno es, con todas las imperfecciones. Es un acto de valentía y compasión hacia nosotros mismos. Así que, en el caos de la vida moderna, detengámonos un momento, contemplemos, como hacía Élise, la belleza de la creación y abracemos la belleza de la imperfección para descubrir la serenidad que puede aportar.



