El 6 de enero la Iglesia celebra la Epifanía del Señor, día en que el Niño nacido en un establo de dos humildes padres es reconocido por los Reyes Magos como el Rey divino que traerá la salvación mediante el don de sí mismo.
Según el Evangelio de Mateo, Melchor, Baltasar y Gaspar se ponen en camino cargados de dones preciosos para llevar a Jesús. Veamos juntos cuáles son estos dones y si también nosotros podemos regalárselos al Niño divino.

El oro
El don del oro se lo lleva a Jesús Melchor, representado habitualmente como un anciano de barba larga. El oro simboliza la realeza y la divinidad. Además de estos significados, al oro se le pueden asociar los significados de pureza, honestidad, integridad y plenitud.
El incienso
El don del incienso se lo lleva a Jesús Baltasar, representado habitualmente como un hombre de mediana edad. El incienso es un signo de devoción y ofrenda, de oración y religiosidad. Regalarlo al Niño Jesús significa reconocerlo como Dios y sumo sacerdote definitivo.
La mirra
El don de la mirra se lo lleva a Jesús Gaspar, representado habitualmente con la piel oscura. La mirra quizá sea el elemento menos conocido. Se trata de un aceite aromático que, en la antigüedad, se utilizaba para preparar los cuerpos para el entierro. Este don, a diferencia de los otros, que atestiguan la condición de Jesús como Rey, Dios y sacerdote, tiene un valor profético; simboliza, en efecto, que el Hijo de Dios venido en carne experimentará el sufrimiento y la muerte para la salvación de todos los hombres.

Vayamos al pesebre
El Dios niño espera también a cada uno de nosotros junto al pesebre.
Comencemos el nuevo año visitando a Jesús y llevándole como regalo el oro de nuestra honestidad, de nuestro deseo de hacer el bien, de nuestro amor y de nuestro compromiso de ser siempre mejores personas.
Sentémonos junto a su pobre cuna y encendamos el incienso de nuestra oración, de nuestro humilde agradecimiento y de nuestra alabanza a Aquel que cada día llena nuestra vida de esperanza y de profunda alegría.
Miremos a Jesús a los ojos y entreguémosle la mirra de nuestras dudas, de nuestras cruces, de nuestras lágrimas ocultas y de nuestros sufrimientos.
Es seguro que el Niño Jesús acogerá nuestros dones y, a través de su sagrado corazón, los llevará al Padre para que se conviertan en una semilla plantada en el campo que dé fruto a su debido tiempo.
Comencemos este nuevo año junto al pesebre, respiremos hondo y dejémonos amar por un Dios que se hizo hombre para caminar con nosotros y no hacernos sentir nunca más solos.

