El 2 de febrero se celebra la fiesta de la Presentación del Señor, que popularmente se conoce como la Candelaria o también como «fiesta de las luces», porque la celebración eucarística comienza con el rito de la bendición de las velas, símbolo de Cristo, luz de las naciones, como proclama el anciano Simeón cuando toma en sus brazos al niño Jesús.
San Juan Pablo II eligió celebrar la Jornada de la Vida Consagrada precisamente en este día en que se conmemora la presentación que María y José hacen de Jesús en el templo «para ofrecérselo al Señor» (Lc 2,22), ya que «en esta escena evangélica se revela el misterio de Jesús, el consagrado del Padre, venido al mundo para cumplir fielmente su voluntad (cf. Hb 10,5-7)» (Mensaje para la I Jornada de la Vida Consagrada, 6 de enero de 1997).
Detengámonos brevemente en el significado de la Presentación en el templo y de la Jornada de la Vida Consagrada.
En obediencia a la ley de Moisés
En tiempos de Jesús estaba previsto que, 40 días después del nacimiento, tuvieran lugar simultáneamente la ofrenda del primogénito y la purificación de la madre; por eso, antes de la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II, esta fiesta recibía el nombre de «Purificación de la Bienaventurada Virgen María». María, aunque era virgen y pura, se sometió a la ley de la purificación, para darnos ejemplo de humildad y obediencia a la ley de Dios.
El evangelista Lucas precisa que María y José ofrecieron el sacrificio de los pobres. En efecto, estaba prescrito que, después del parto de un primogénito varón, la madre se abstuviera de las prácticas rituales durante cuarenta días, transcurridos los cuales debía ofrecer un doble sacrificio: un cordero en holocausto y una tórtola o una paloma por el pecado; si la mujer era pobre, podía ofrecer dos tórtolas o dos palomas; y esto es lo que ofrecieron los dos santos esposos.
Profundizando en lo que establecía la ley de Moisés, sabemos que para el primogénito varón estaba prescrito el rescate, mediante la ofrenda de cinco siclos que debían pagarse a un sacerdote en cualquier lugar. Esto servía para recordar que Dios había perdonado la vida de los primogénitos de los israelitas durante el período del Éxodo. Aunque no era necesario ir al templo, María y José quisieron cumplirlo todo en Jerusalén y, para Lucas, esto tiene un preciso significado teológico: Jesús es presentado en el templo de Dios, es decir, el Hijo del Altísimo es ofrecido al Padre que lo ha enviado. Esta ofrenda de Jesús al Padre se convierte en preludio de su ofrenda sacrificial en la cruz.
«Mis ojos han visto tu salvación»
«Ahora, Señor, puedes dejar que tu siervo se vaya en paz, según tu palabra, porque mis ojos han visto tu salvación, preparada por ti ante todos los pueblos: luz para iluminar a las naciones y gloria de tu pueblo, Israel» (Lc 2,22-40). Son las palabras del anciano Simeón, que fue el primero en salir al encuentro del Niño Jesús, llevado al templo por María y José. Simeón se conmueve al tomar a Jesús en sus brazos y, con su oración, nos revela el designio de Dios sobre aquel Niño. También una mujer, Ana, al igual que Simeón hacia el final de sus días, identifica al Niño como el Mesías. El Espíritu Santo los conduce a ver en aquel Niño el cumplimiento de su larga y vigilante espera. Su actitud nos recuerda que «las cosas más importantes del mundo no hay que buscarlas, hay que esperarlas» (Simone Weil). Tienen la clara intuición de que él es precisamente el Mesías prometido, precisamente aquel niño nacido en una familia humilde, de gente sencilla.
Subraya el padre Ermes Ronchi: «Simeón pronuncia una profecía de palabras inmensas sobre María, tres palabras que atraviesan los siglos y llegan a cada uno de nosotros: el niño está aquí como caída y resurrección, como signo de contradicción para que queden al descubierto los corazones. Caída, es la primera palabra. “Cristo, mi dulce ruina”, canta el padre Turoldo; que arruines no al hombre, sino sus sombras, la vida insuficiente, la vida moribunda, mi mundo de máscaras y mentiras, que arruines la vida ilusoria. Signo de contradicción, la segunda. Él, que contradice nuestros caminos con sus caminos, nuestros pensamientos con sus pensamientos, la falsa imagen que alimentamos de Dios con el rostro inédito de un abbá de grandes brazos y corazón de luz, contradicción de todo lo que contradice el amor. Él está aquí para la resurrección, es la tercera palabra: por él nadie está perdido, nadie ha terminado para siempre, es posible recomenzar y ser nuevos».

Jornada de la Vida Consagrada
La Presentación de Jesús en el templo constituye una imagen significativa de la entrega total de sí mismos para todos aquellos que están llamados a dar testimonio con su vida del encuentro con Jesús tal como es: casto, pobre y obediente. La suya es una respuesta de amor a la mirada amorosa de Jesús. Dirigiéndose a los consagrados, el papa Francisco dijo el año pasado: «También ustedes, queridos hermanos y hermanas consagrados, son hombres y mujeres sencillos que han visto el tesoro que vale más que todos los bienes del mundo. Por él han dejado cosas preciosas, como los bienes, como formar una familia propia. ¿Por qué lo han hecho? Porque se enamoraron de Jesús, lo vieron todo en Él y, cautivados por su mirada, dejaron lo demás. La vida consagrada es esta visión. Es ver lo que cuenta en la vida. Es acoger el don del Señor con los brazos abiertos, como hizo Simeón. Esto es lo que ven los ojos de los consagrados: la gracia de Dios derramada en sus manos. El consagrado es aquel que cada día se mira y dice: “Todo es don, todo es gracia”. Queridos hermanos y hermanas, no nos hemos ganado la vida religiosa, es un don de amor que hemos recibido».
Un don de amor que compartir con cada persona, para «soñar juntos», como recuerda la carta del 18 de enero de 2021 que el prefecto y el secretario de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica enviaron a todos los consagrados y consagradas. Carta que fue publicada por el diario de la Santa Sede, L’Osservatore Romano. Reproducimos algunos fragmentos: «En la Encíclica Fratelli tutti, el papa Francisco nos invita a actuar juntos, a hacer renacer en todos “una aspiración mundial a la fraternidad” (n. 8), a soñar juntos (n. 9) para que “ante las diversas formas actuales de eliminar o ignorar a los demás, seamos capaces de reaccionar con un nuevo sueño de fraternidad y de amistad social…” (n. 6).
Consagradas y consagrados en los Institutos religiosos, monásticos y contemplativos, en los institutos seculares y en los nuevos institutos, miembros del ordo virginum, ermitaños, miembros de las sociedades de vida apostólica, a todos ustedes les pedimos que pongan esta Encíclica en el centro de su vida, formación y misión. A partir de ahora no podemos prescindir de esta verdad: todos somos hermanos y hermanas, como rezamos, quizá no con tanta conciencia, en el Padre nuestro, porque “sin una apertura al Padre de todos, no puede haber razones sólidas y estables para el llamado a la fraternidad” (n. 272).
Esta Encíclica, escrita en un momento histórico que el propio papa Francisco definió como “la hora de la verdad”, es un don precioso para cada forma de vida consagrada que, sin ocultarse las numerosas heridas de la fraternidad, puede reencontrar en ella las raíces de la profecía».
El papa Francisco nos recordó que «la mirada de los consagrados no puede ser sino una mirada de esperanza». Hagamos nuestra su oración: «Demos gracias a Dios por el don de la vida consagrada y pidamos una mirada nueva, que sepa ver la gracia, que sepa buscar al prójimo, que sepa esperar. Entonces también nuestros ojos verán la salvación».
¡Buen camino!
