francesco e giacinta marto la santita e una cosa da piccoli

Editrice Shalom

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Autore: Editrice Shalom

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Francisco y Jacinta Marto. La santidad es cosa de pequeños

Santos Francisco y Jacinta Marto

El 13 de mayo de 2017, el papa Francisco canonizó a Francisco y Jacinta Marto, dos de los tres pastorcitos videntes de Fátima, a quienes la Iglesia recuerda el 20 de febrero. Es precisamente Lucía, la prima de los dos niños (fallecida el 13 de febrero de 2005 y actualmente sierva de Dios), quien traza en sus Memorias el perfil de ambos: se trata de unas líneas preciosas porque en ellas se trasluce la excepcionalidad y, al mismo tiempo, la absoluta normalidad de estos niños: ¡santos, porque dejaron actuar a Dios en su vida!

FRANCISCO

Francisco Marto nació el 11 de junio de 1908: era el penúltimo de los cinco hijos de Olimpia y Manuel Marto. Era un niño de rostro redondo y ojos vivaces; tenía un carácter tierno, paciente, silencioso y muy humilde. Poseía un alma meditativa, más inclinada a pensar y escuchar que a hablar y manifestarse.

«A mí no me importa»

Este es el recuerdo que Lucía traza de él: «La amistad que me unía a Francisco era la que nacía del parentesco y la que llevaba consigo las gracias que el cielo se dignaba concedernos.
Francisco no parecía hermano de Jacinta, salvo en los rasgos del rostro y en la práctica de las virtudes. No era caprichoso ni vivaz como ella. Al contrario, tenía un carácter pacífico y condescendiente.
Cuando, durante nuestros juegos y diversiones, alguien se empeñaba en negarle sus derechos como ganador, él cedía sin resistirse, limitándose a decir: “¿Crees que has ganado tú? ¡Está bien! ¡A mí no me importa!”».

Cerca de Jesús oculto

Entre los tres pastorcitos, Francisco era siempre quien más sacrificios ofrecía al Señor para consolarlo de su gran tristeza. Lucía cuenta que, apenas le dijeron, después de la primera aparición, que la Virgen había prometido llevarlo al cielo si rezaba muchos rosarios, «él, feliz, manifestando la alegría que sentía por la promesa de ir al cielo, cruzando las manos sobre el pecho, decía: “¡Oh, Virgen mía! ¡Rezaré tantos rosarios como queráis!”».

Y desde aquel día adquirió la costumbre de alejarse de nosotros, como para dar un paseo. Y si lo llamaba y le preguntaba qué estaba haciendo, levantaba la mano y mostraba el rosario. Si le decía que viniera a jugar, que después rezaría con nosotros, respondía: “También rezo después. ¿No recuerdas que la Virgen ha dicho que debo rezar muchos rosarios?”. […]
Cuando iba a la escuela, al llegar a Fátima, a veces me decía: “Escucha, tú ve a la escuela. Yo me quedo aquí en la iglesia, cerca de Jesús oculto. Para mí no vale la pena aprender a leer; dentro de poco iré al cielo. Cuando vuelvas, ven a llamarme”».

Hasta la vista en el cielo

Durante la segunda aparición, la Virgen María dijo a los pastorcitos que pronto llevaría a Francisco y a Jacinta al cielo, mientras que Lucía permanecería en la tierra todavía algún tiempo.
Francisco enfermó en octubre de 1918; así cuenta Lucía su último encuentro: «Ya entrada la noche, me despedí de él: “¡Francisco, adiós! Si vas al cielo esta noche, no te olvides de mí allá arriba; ¿has entendido?”.

«No te olvidaré, no; quédate tranquila». Y, tomándome la mano derecha, me la apretó con fuerza durante un buen rato, mirándome fijamente con lágrimas en los ojos. […]
«¡Entonces, adiós, Francisco! ¡Hasta la vista en el cielo!».
«¡Adiós, en el cielo!».
Y el cielo se acercaba. Voló allá arriba al día siguiente, en los brazos de la Madre celestial».

JACINTA

Jacinta es la hermana menor de Francisco: nació el 11 de marzo de 1910. Lucía, en sus Memorias, la describe como un alma extraordinariamente sensible: «A los 5 años, al oír contar los padecimientos del divino Redentor, se conmovía hasta las lágrimas. “Pobre Jesús - repetía -, no debo pecar más, no quiero que Jesús sufra más”».
Cuando tenía permiso para ir con su prima y su hermano a pastorear, Lucía cuenta que «a Jacinta le gustaba mucho escuchar el eco de la voz al fondo de los valles. Por eso, uno de nuestros entretenimientos era gritar en voz alta, desde lo alto de las montañas, sentados sobre la roca más grande. El nombre que más resonaba era el de María. A veces, Jacinta rezaba así el Avemaría entero, repitiendo la palabra siguiente solo cuando la anterior había terminado de resonar. […]
Nos habían recomendado rezar el Rosario después de la merienda, pero, como todo el tiempo nos parecía poco para jugar, encontramos una buena manera de terminarlo rápidamente: pasábamos las cuentas, diciendo de corrido: “Ave María, Ave María, Ave María”. Al llegar al final del misterio decíamos, después de una larga pausa, las sencillas palabras: “Padre nuestro”. ¡Y así, en un abrir y cerrar de ojos, como suele decirse, habíamos terminado nuestro Rosario!».

«Sufro por amor del Señor…»

Jacinta apenas tiene 7 años cuando la Virgen se le aparece por primera vez, mientras está pastoreando: desde ese momento su vida cambia radicalmente: la niña medita largamente sobre la eternidad del Infierno y «se toma en serio los sacrificios por la conversión de los pecadores», incluso se priva de la merienda para ayudar a los niños de dos familias necesitadas, se enamora del Papa, a quien le gustaría tanto conocer personalmente, y a menudo la sorprenden rezando con un impulso de amor seguramente superior a su edad.
Jacinta enferma de neumonía en octubre de 1918, poco antes que su hermano Francisco, pero su calvario es más atormentado, porque a la gripe española se añade una pleuritis purulenta, que soporta y ofrece «por la conversión de los pecadores y para reparar los ultrajes que se cometen contra el corazón inmaculado de María».
Se le pide un último gran sacrificio: alejarse de los suyos para ingresar en un hospital de Lisboa. Jacinta le dice así a su prima Lucía que la Virgen le había anticipado lo que sucedería: «Me dijo que voy a Lisboa, a otro hospital; que ya no volveré a ver ni siquiera a mis padres; que después de sufrir mucho moriré sola, pero que no tenga miedo, porque ella vendrá allí a buscarme para llevarme al cielo». Y, en efecto, la Virgen viene serenamente a buscarla el 20 de febrero de 1920.
Estos niños santos nos enseñan que la santidad es una «cosa de pequeños», porque consiste en confiarse sin reservas a un Amor que nos supera, nos envuelve y cuida de nosotros, pase lo que pase… ¡Esta es la razón de nuestra esperanza: el Señor sabe sacar luz de toda oscuridad!


Francisco y Jacinta Marto. La santidad es cosa de pequeños

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