Nuestro Señor Jesucristo, Rey del universo (s) (A)
Liturgia de las horas propia
Las tres lecturas de este último domingo del año litúrgico nos indican claramente el modo en que Nuestro Señor Jesucristo es verdaderamente y se muestra como Rey del universo. No se comporta como un rey orgulloso o altanero, sino como un pastor amoroso que cuida de cada miembro de su pueblo.
Textos tomados del Misalito En tu Palabra noviembre-diciembre de 2020.
PRIMERA LECTURA
Del libro del profeta Ezequiel (Ez 34,11-12.15-17)
Esto dice el Señor Dios: Yo mismo buscaré mis ovejas y las revisaré. Como un pastor revisa su rebaño cuando está en medio de sus ovejas dispersas, así revisaré yo mis ovejas y las reuniré de todos los lugares donde se habían dispersado en los días nublados y oscuros. Yo mismo llevaré a mis ovejas a los pastos y las haré descansar. Oráculo del Señor Dios. Buscaré a la oveja perdida y llevaré al redil a la extraviada, vendaré a la herida y curaré a la enferma; cuidaré de la robusta y de la fuerte; las pastorearé con justicia. Y a ti, rebaño mío, esto dice el Señor Dios: Yo juzgaré entre oveja y oveja, entre carneros y cabritos. – Palabra de Dios.
Comentario a la primera lectura
Las tres lecturas de hoy nos indican claramente el modo en que Nuestro Señor Jesucristo es verdaderamente y se muestra como Rey del universo. No se comporta como un rey orgulloso o altanero (como por desgracia también se lo representa en hermosas imágenes sagradas), sino como un pastor amoroso que cuida de cada miembro de su pueblo. La familia de Dios se representa mediante la imagen del rebaño, absolutamente no como desprecio, sino para hacer surgir el conocimiento recíproco que se establece entre la oveja y su guía, aquel a quien pertenece. Esta pertenencia no priva a la persona de su dignidad ni de su libertad; al contrario, hace posible la existencia, la vida, la salud y el alejamiento de los peligros. «Yo mismo llevaré a mis ovejas a los pastos y las haré descansar. Oráculo del Señor Dios». Estas palabras confiadas al profeta Ezequiel dicen que Dios mismo se está comprometiendo personalmente y de manera solemne: es una promesa que nunca será retirada, incluso a costa de dejar a las cien ovejas en el desierto para ir tras la única que se ha perdido.
SEGUNDA LECTURA
De la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (1Cor 15,20-26.28)
Hermanos, Cristo ha resucitado de entre los muertos, primicia de los que han muerto. Porque, así como por un hombre vino la muerte, por un hombre vendrá también la resurrección de los muertos. Pues del mismo modo que en Adán todos mueren, así también en Cristo todos recibirán la vida. Pero cada uno en su puesto: primero Cristo, como primicia; después, en su venida, los que son de Cristo. Luego llegará el fin, cuando él entregue el reino a Dios Padre, después de haber reducido a la nada todo Principado, toda Potestad y toda Fuerza. Porque es necesario que él reine hasta que haya puesto a todos sus enemigos bajo sus pies. El último enemigo en ser aniquilado será la muerte. Y cuando todo le haya sido sometido, también el Hijo se someterá a Aquel que le sometió todas las cosas, para que Dios sea todo en todos. – Palabra de Dios.
Comentario a la segunda lectura
«El último enemigo en ser aniquilado será la muerte. Y cuando todo le haya sido sometido, también el Hijo se someterá a Aquel que le sometió todas las cosas, para que Dios sea todo en todos». Las acciones recurrentes de este texto hablan primero de aniquilación (solo con respecto a la muerte) y después, sobre todo, de sumisión. Cristo es Rey al aniquilar la muerte y su poder. En la fe en Cristo, por tanto, también nosotros podemos dejar de tener miedo y temor de la única certeza que nos espera en esta vida pasajera sobre la tierra. Surge luego una diferencia muy importante: mientras la muerte es un enemigo que debe ser aniquilado, todos los hombres, las criaturas y el mismo Cristo están destinados a ser sometidos. Esta última palabra no indica esclavitud, sino el restablecimiento del orden del amor para el que cada uno fue creado. El pecado es desorden; en cambio, la santidad, la participación en Cristo y en el Padre por medio del Espíritu se realiza en un orden completamente nuevo. Vivimos en el agradecimiento por el proyecto eterno de Dios, la encarnación, la entrega libre y el sacrificio de Cristo.
EVANGELIO DEL DÍA
Del Evangelio según san Mateo (Mt 25,31-46)
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria, y todos los ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria. Ante él serán reunidos todos los pueblos. Él separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de las cabras, y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda. Entonces el rey dirá a los de su derecha: “Venid, benditos de mi Padre; recibid en herencia el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo, porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, era forastero y me acogisteis, estaba desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme”. Entonces los justos le responderán: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, o sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos forastero y te acogimos, o desnudo y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a visitarte?”. Y el rey les responderá: “En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis”. Después dirá a los de su izquierda: “Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles, porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, era forastero y no me acogisteis, estaba desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis”. Ellos también le responderán: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento o forastero o desnudo o enfermo o en la cárcel, y no te servimos?”. Entonces él les responderá: “En verdad os digo que cada vez que no lo hicisteis con uno de estos, los más pequeños, tampoco lo hicisteis conmigo”. Y estos irán al castigo eterno, y los justos a la vida eterna». – Palabra del Señor.
Comentario al Evangelio del día
Vuelven las preguntas: ¿qué tipo de Rey es Jesucristo? ¿Cómo distinguir al verdadero Rey de los numerosos ídolos falsos? El relato evangélico nos presenta una divinidad solemne en su dignidad y, al mismo tiempo, dispuesta a ocupar el último lugar, a ser “necesitada” de nosotros y de nuestros cuidados. El Dios auténtico de Jesucristo es Señor del cielo y de la tierra que, al mismo tiempo, no se avergüenza de estar presente en los hombres desgarrados por el hambre y la sed, en los forasteros, desnudos, enfermos y encarcelados. Se trata, pues, al mismo tiempo, de un Dios Altísimo y más humilde que cualquier hombre: se deja servir, tocar, amar y acariciar. Más aún, nos pide precisamente estas actitudes hacia él. Por tanto, me atrevo a afirmar que probablemente los ídolos más peligrosos, que oscurecen de la peor manera la imagen de Dios, pueden ser, por una parte, no reconocer su divinidad, creyendo que es un simple producto de nuestra imaginación; y, por otra, caer en la tentación de no reconocer la lógica divina expresada en aquella palabra de san Pablo: la «sumisión». ¡Dios mismo se “somete” a nuestros cuidados, para que aprendamos a someternos a él en el amor! Y será verdadera alegría.

