El 15 de mayo se celebra el Día Internacional de la Familia, instituido en 1993 tras la proclamación del Año Internacional de la Familia por parte de la Asamblea General de las Naciones Unidas. Esta jornada tiene como objetivo difundir una mayor conciencia a nivel mundial sobre los procesos sociales, económicos y demográficos que afectan a las familias del mundo. Pero, más allá de los análisis demográficos, la familia es un lugar vivo, un entramado de amor, desafíos, alegrías y dolores que merece ser contemplado con profundidad.
La familia en la Escritura
La propia Biblia está poblada de familias, con historias de amor y crisis, desde sus primeras páginas: Jesús mismo nació en el seno de una familia y eligió comenzar su vida pública en un banquete de bodas en Caná. La Sagrada Familia de Nazaret ilumina, por tanto, el principio que da forma a toda familia, haciéndola capaz de afrontar las vicisitudes de la vida y de la historia.
La familia está amenazada
Sin embargo, la familia afronta hoy una profunda crisis. Aunque el deseo de formar una familia sigue vivo, especialmente entre los jóvenes, se ve amenazada por tendencias que promueven el individualismo, el egoísmo y el narcisismo, relegando su valor a espacios reducidos. Esto conduce a una desintegración progresiva, a relaciones vividas como algo instantáneo, en las que la comunicación se vuelve difícil y se tiende a evitar la afectividad y a huir de las relaciones. La incapacidad de sacrificarse, renunciar y construir proyectos a largo plazo socava la estabilidad de los vínculos. A menudo, las heridas familiares recaen sobre los hijos, convirtiéndolos en “víctimas” de los conflictos entre los padres. Las estadísticas muestran una notable disminución de las uniones matrimoniales, y muchos jóvenes consideran obsoleto el matrimonio. Esta situación de dolor y desconcierto marca a las familias y es fuente de profundo dolor.
En la crisis, una promesa de renacimiento
Sin embargo, la crisis puede convertirse en un kairós, un tiempo oportuno, una llamada de Dios, una oportunidad de gracia. El mensaje cristiano sobre la familia es y sigue siendo una «buena noticia». La Iglesia se esfuerza tenazmente por ayudar a la familia a redescubrir su identidad cristiana. El camino de la sanación pasa por la fe, la conversión y el redescubrimiento del matrimonio como sacramento. Nunca estamos solos al afrontar los desafíos; siempre podemos invocar al Espíritu Santo.
El amor, enseñado y encarnado por Jesús, es la clave. No es solo un sentimiento, sino una elección profunda y una decisión del corazón que implica toda la existencia. El amor conyugal está llamado a una maduración constante, fortaleciéndose gracias a un crecimiento continuo bajo el impulso de la gracia. Esto requiere paciencia, que significa ser lento para la ira; requiere una actitud de benevolencia, sanando la envidia y evitando presumir o envanecerse. Es fundamental aprender el lenguaje amable de Jesús, diciendo palabras que animan, consuelan y dan fuerza.
Si estás viviendo un momento de crisis familiar, te recomendamos: La sanación de la familia herida: Un libro y un método que han salvado muchos matrimonios en crisis. Este libro, basado en la experiencia real de un matrimonio que desde hace años acompaña a las familias en un camino de discernimiento a la luz de la fe en Dios, ayuda a las parejas con dificultades a encontrar de nuevo el camino para sanar sus heridas y volver a vivir plenamente y con alegría la vida matrimonial. A través de estas páginas, se toma a las parejas de la mano y, mediante un proceso sencillo y concreto, se las guía para reconocer y sanar sus relaciones dolorosas con ternura y perdón.
Las tres palabras clave: permiso, gracias, perdón
El papa Francisco, en Amoris Laetitia indica tres palabras clave para regular y marcar el ritmo de la vida familiar: permiso, gracias y perdón.
Otro aspecto fundamental del amor conyugal es la ternura. Es una virtud a menudo ignorada, pero esencial; un vínculo que une y suscita la alegría de sentirse amado, prestando atención a los límites del otro. La ternura se expresa con la mirada, el rostro, la voz, el contacto físico, las caricias, los abrazos y los besos. La educación en el amor conyugal, en forma de ternura, permite percibir y poner en práctica los significados del lenguaje corporal, enriqueciendo el diálogo conyugal.
Una aliada: la oración
Es una vez más la Amoris Laetitia la que subraya «la importancia de la espiritualidad familiar, de la oración y de la participación en la Eucaristía dominical, animando a las parejas a reunirse regularmente para promover el crecimiento de la vida espiritual y la solidaridad en las necesidades concretas de la vida».
La oración en familia es un medio privilegiado para fortalecer la fe. Estar unidos ante el Señor, rezar por las necesidades, pedir ayuda, dar gracias. La participación en la Eucaristía es la cumbre de la oración comunitaria. Toda la vida familiar se convierte así en un «pastizal misericordioso», donde cada uno pinta en la vida del otro, promoviendo lo mejor.
El Día Internacional de la Familia nos invita a reflexionar sobre la familia como un «mosaico formado por muchas realidades diferentes, llenas de alegrías, dramas y sueños». A pesar de los desafíos y las heridas, la familia es un “camino de la Iglesia”, una “célula vital” para transformar el mundo. Su futuro y el de la humanidad pasan por ella. Es una oportunidad, un don.
Es indispensable y urgente que toda persona de buena voluntad se comprometa a salvar y promover los valores y las necesidades de la familia, para que sea un signo elocuente del amor de Dios, una pequeña Iglesia doméstica.
