Desde 1981, el 3 de diciembre se celebra el Día Internacional de las Personas con Discapacidad. Desde hace más de cuarenta años se trabaja para que la discapacidad deje de ser una condena que limite la vida y las posibilidades, y se convierta en una condición a la que hacer frente mediante la promoción del bienestar y los derechos de las personas con discapacidad para garantizar a todos una participación real en la vida política, social y cultural, en el deporte…

Un punto de vista… alternativo
En un día en el que es importante hacerse oír, también es importante alzar la voz para recordar que debemos favorecer la inclusión de las personas con discapacidad mediante la eliminación de las barreras arquitectónicas, sociales y culturales. Queremos poner el foco en una joven que, en una época en la que ni siquiera se hablaba de ciertos «derechos», fue capaz de atravesar y vivir su discapacidad descubriendo su riqueza: Elise Bisschop.

¿Quién es Elise?
Elise es una joven que vivió toda su brevísima vida marcada por una grave enfermedad pulmonar. Vive entre 1925 y 1964 en la campiña francesa y, ya desde muy pequeña, debe someterse a operaciones y numerosos ingresos hospitalarios, pero todos los que la rodean no pueden evitar notar su alegría y contagiarse de ella.
Es una niña frágil, fragilísima, y será una mujer enferma; sin embargo, esta condición genera en ella una gran fortaleza interior sostenida por un alma sensible y poética.
Una vida que no resulta «carente»
La experiencia de Elise, que nos llegó en 2017 gracias al rocambolesco descubrimiento de sus cartas y poemas, lleva consigo la característica de la luz. La suya es una vida luminosa, una vida alegre, una vida que podemos definir como «plena». Y, sin embargo, cuando pensamos en la discapacidad y la enfermedad, el primer pensamiento se dirige a la «carencia»: carencia de salud, carencia de un cuerpo funcional, carencia de perfección. Pero al conocer a Elise, ¡nada de todo eso nos viene a la mente!

Un salto al abismo de la diversidad
Al leer los poemas y las cartas de Elise, nos sumergimos, junto a ella, en el abismo de su «diversidad», que no es otra cosa que la singularidad de cada persona. Una singularidad que la abre al mundo, a las personas y a la vida, con una mirada atenta a los matices de todo lo que la rodea: un árbol, una nube, una flor, una mirada, una sonrisa, un abrazo… Elise descubre la alegría dentro de su carne herida. Una alegría que no elimina el sufrimiento, sino que lo hace brillar porque lo reconoce como una riqueza. Escribe: «La alegría ha entrado en mi alma, sin duda se encuentra bien allí. Nada puede expulsarla».
Elise, con sus 38 años de vida vividos en el anonimato, puede abrir la puerta del corazón de quien se deja interpelar.

En este día en que reafirmamos con firmeza la importancia de dar voz, apoyo, estructuras, ayuda y oportunidades a quienes viven con cualquier discapacidad, hagamos todo lo que esté en nuestro poder para convertir el mundo en un lugar donde sea hermoso vivir y preguntémonos: ¿quién es la persona discapacitada y quién es la capaz?


