Junio, mes de la luz, mes de los colores, mes de la alegría de vivir y, desde siempre, mes del Sagrado Corazón de Jesús.
Nos encontramos ante lo esencial de la vida y de la espiritualidad. Un esencial que se llama ¡AMOR! Amor de Dios, amor al prójimo, amor a la vida, amor a la creación. Recordemos a san Juan Pablo II: «Dios creó al hombre a su imagen y semejanza: al llamarlo a la existencia por amor, lo llamó al mismo tiempo al amor. […] El amor es, por tanto, la vocación fundamental y originaria de todo ser humano» (Familiaris consortio, 11).
Al meditar y rezar al Sagrado Corazón de Jesús, me siento llamado a redescubrir el amor, mi vocación fundamental dentro de mi estado de vida, la que guía, ilumina, anima y caracteriza mi actuar y mi relación con las personas y con la vida cotidiana.
Pero, ante todo, al contemplar el Corazón de «Aquel que fue traspasado» (cf. Jn 19,37), me siento fascinado y conquistado por ese Amor del Padre que «nos amó primero» (1 Jn 4,19) y que «tanto amó al mundo que entregó a su Hijo unigénito» (Jn 3,16), Hijo que «habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13,1).
Ante el Corazón de Jesús, me siento impulsado a reconocer y bendecir el amor de María, “Madre del Bello Amor”, el amor de san José y de los santos, y el de tantas personas que me envuelven y animan con su generosa entrega.
Mes del Sagrado Corazón de Jesús, mes del amor acogido, correspondido, reparado, vivido: esta es la verdadera luz, la alegría plena, la paz del corazón.
«¡Venid a mi Corazón y tendréis paz!».
Don Pietro Pellegrini
Rector del Santuario del Sagrado Corazón
Urbino

