Hoy se entra en la vejez a menudo todavía con mucha vitalidad y llenos de iniciativa. Pero, paralelamente, en esta etapa de la vida se experimenta el límite cuando uno se enfrenta a una disminución de las energías, a la enfermedad, cuando experimenta la soledad o es marginado. ¿Cómo demostrar cercanía en estas situaciones? Nos lo enseña la Santa del «pequeño camino».

«Antes de irme, le dedicaba mi mejor sonrisa»
Cuando Teresa de Lisieux era novicia, le encargaron acompañar a sor San Pedro al terminar la oración, desde el coro de la capilla hasta el refectorio, a la hora de las comidas. Sor San Pedro era una monja anciana, semiparalizada debido a una artritis generalizada que la ponía de mal humor y la hacía muy exigente con los cuidados que debían prestarle. Al llegar al refectorio, la tarea de Teresita terminaba. Pero no terminaba su solicitud.

De hecho, la Santa cuenta que sor San Pedro «con sus pobres manos rígidas, se acomodaba como podía el pan en el cuenco; pronto me di cuenta y, cada noche, antes de irme, también le prestaba este pequeño servicio. Como nunca me lo había pedido, se conmovió mucho por esta muestra de atención, y por este medio, aunque no lo hubiera buscado expresamente, me gané por completo su benevolencia, sobre todo porque (lo supe más tarde), después de partirle el pan, antes de irme le dedicaba mi mejor sonrisa».

Una atención hacia los ancianos aprendida en familia
Santa Teresa de Lisieux es famosa por su «camino de la infancia espiritual» o «pequeño camino», en el que propone una manera sencilla pero poderosa de vivir la fe mediante pequeños actos de amor, bondad y servicio a los demás, especialmente hacia las personas frágiles, como suelen ser los ancianos.

Teresita tiene ante sí el ejemplo de sus padres. Su hermana Celina da testimonio de ello al contar: «Todavía veo a mamá atendiendo a un anciano pobre. Yo tendría entonces unos siete años, pero lo recuerdo como si hubiera sido ayer. Estábamos paseando cuando encontramos en el camino a un hombre que daba lástima. Mamá mandó a Teresa a llevarle una limosna. Aquel pobre se mostró tan agradecido que Teresa se puso a hablar con él. Entonces mamá lo invitó a seguirnos y regresamos a casa. Le preparó un buen almuerzo -se moría de hambre- y le dio ropa, además de regalarle un par de zapatos… Y lo invitó a volver a nuestra casa si volvía a necesitarlo…». Y, a propósito de su padre, añade: «Un día, en la iglesia, papá había encontrado a una persona mayor que parecía muy pobre. Lo llevó a casa. Le dimos de comer y todo lo que necesitaba. Cuando estaba a punto de marcharse, papá le pidió que nos bendijera, a Teresa y a mí. Ya éramos unas jovencitas, y nos arrodillamos delante de él, y él nos bendijo».

Por la experiencia que han adquirido, las personas mayores nos ayudan a tener una visión realista de la vida para aprender a considerar también los límites que la caracterizan. A través de la experiencia que tienen de la fragilidad, nos enseñan el valor de la debilidad y la humildad, y transmiten fe y resiliencia. ¡De verdad, las personas mayores son un gran recurso y un regalo!
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