Niños: basta pronunciar la palabra para que nos aparezca en el rostro, incluso involuntariamente, una sonrisa; cada uno piensa en el rostro de un niño querido, en un hijo, una hija, un nieto…
Los niños significan dulzura, espontaneidad y frescura.
Comprendemos entonces por qué Juan Pablo II, al hablar de ellos, los define como «la sonrisa del cielo confiada a la tierra» y también como «las verdaderas joyas de la familia y de la sociedad. Son la delicia de la Iglesia. Son como “los lirios del campo”».
Jesús ama profundamente a los niños, y lo mismo hace María, que elige sobre todo a los niños para confiarles sus mensajes en Lourdes y Fátima, por ejemplo.
Los niños saben ser puros, sinceros, leales y fieles; saben enseñar a los adultos la fuerza de la fe, la importancia del sacrificio y el camino para alcanzar la santidad.
Sí, porque el cielo está lleno de niños santos: por mencionar solo a algunos, santa Inés, santa María Goretti, el siervo de Dios Silvio Dissegna y los dos pastorcitos de las apariciones de Fátima, Francisco y Jacinta, que acogieron y respondieron plenamente a la invitación de la Virgen. Rezaron con fe, consolaron a Jesús y se sacrificaron por los pecadores.

El 11 de febrero comienza la novena a estos dos niños, gigantes en la fe: con el libro Novena a los pastorcitos de Fátima, podrás prepararte para recordarlos el día de su fiesta (20 de febrero) y conocerlos más de cerca: además de la novena, el libro ofrece un perfil biográfico y pautas de meditación para reflexionar sobre su ejemplo.
«Los niños dan un ejemplo de inocencia que nos hace redescubrir la sencillez de la santidad», dijo también san Juan Pablo II: ¡tratemos de imitar su frescura y su verdadera alegría!

