La gran promesa de Jesús
La devoción de los nueve primeros viernes del mes hunde sus raíces en la vida de una religiosa, Margarita María Alacoque, quien en 1689 recibió de Jesús un don preciosísimo, una promesa:
«Yo te prometo, en el exceso de la misericordia de mi corazón, que mi amor todopoderoso concederá a todos aquellos que comulguen el primer viernes del mes durante nueve meses consecutivos la gracia de la penitencia final (es decir, la salvación eterna). No morirán en mi desgracia ni sin recibir los sacramentos, y mi corazón será para ellos un refugio seguro en aquella hora extrema».
Una promesa absolutamente auténtica
No hay dudas sobre la autenticidad de esta promesa, hasta el punto de que Benedicto XV, en un hecho excepcional, la incluyó en la bula de canonización de santa Margarita María Alacoque. Desde entonces, todos los papas la recomiendan y san Juan Pablo II declara que esta «ha contribuido a impulsar a generaciones de cristianos a rezar más y a participar con mayor frecuencia en los sacramentos de la Penitencia y la Eucaristía».
¿Una promesa exagerada?
Esta promesa, más conocida como la «gran promesa», con la que Jesús quiere conceder la salvación eterna a todo aquel que (con las debidas disposiciones) reciba la santa Comunión el primer viernes del mes durante nueve meses consecutivos, puede parecer exagerada: «¿Por nueve Comuniones (aunque se hagan en determinadas condiciones) una gracia tan grande?».
Es una promesa formidable, parece una “póliza” de seguro para la vida… eterna. Sin embargo, no hay ni puede haber nada mágico ni automático. Sabemos que todo don de Dios, toda gracia, presupone siempre la respuesta del ser humano. En realidad, la gran promesa no hace más que manifestar el misterio del corazón de un Dios que se conmueve y derrama todo su amor sobre la humanidad, pero sobre todo muestra que cada uno de nosotros puede experimentar y saborear la ternura de este amor.

La “gran promesa” es para todos
Jesús, con la gran promesa, se dirige a todos: a quienes se encuentran en pecado; a los “tibios” en el amor por Cristo; a quienes aspiran a la perfección cristiana; a quienes se encuentran en el dolor; a los padres; a los hijos; a los esposos; a los religiosos, a sus comunidades y a sus superiores; a quienes se consagran a su corazón; a los apóstoles de su devoción; a todos los que se esfuerzan por la salvación de las almas; a quienes se encuentran a punto de morir; a quienes honran su imagen y los lugares en los que está expuesta; a quienes celebran la fiesta del Sagrado Corazón; a quienes cumplen los nueve primeros viernes del mes.
Jesús da el primer paso; a nosotros nos corresponde dar el segundo
Es evidente que, en la promesa hecha por Jesús, la salvación final es obra y don exclusivo de la gran misericordia del Padre, manifestada por el corazón de Jesús, que espera la respuesta libre del ser humano.
La iniciativa de su amor nos interpela. Aceptar su don significa realizarse. Somos llamados cada día, y no solo una vez al mes, a colaborar en un camino de conversión. La única manera de comprender la “gran promesa” es esta: ¡sumergirse en el exceso de la misericordia del corazón de Jesús!

