Los pobres en el centro del Evangelio
El domingo 15 de noviembre se celebró la IV Jornada Mundial de los Pobres, promovida firmemente por el papa Francisco. Cada año, con esta iniciativa volvemos a detenernos «en esta realidad fundamental para la vida de la Iglesia, porque los pobres están y estarán siempre con nosotros (cf. Jn 12,8) para ayudarnos a acoger la compañía de Cristo en la existencia cotidiana» (papa Francisco, Mensaje para la IV Jornada Mundial de los Pobres). La invitación que nace de este domingo es tender la mano a los pobres y hacerse cargo de los más débiles
En la homilía que el papa Francisco pronunció en la Basílica Vaticana, subrayó la importancia de los talentos que el Señor ha dado a cada uno; recordó que el Señor confía en cada uno de nosotros y nos convierte en instrumentos para llevar su Evangelio a los demás.
Sin embargo, para poder ver todo esto, debemos tener cuidado de no caer en lo que el Santo Padre definió como la “tentación del ojalá”: «Demasiadas veces, al mirar nuestra vida, solo vemos lo que nos falta y nos quejamos de lo que nos falta. Entonces cedemos a la tentación del “¡ojalá!...”: ¡ojalá tuviera ese trabajo, ojalá tuviera esa casa, ojalá tuviera dinero y éxito, ojalá no tuviera ese problema, ojalá tuviera mejores personas a mi alrededor!… Pero la ilusión del “ojalá” nos impide ver el bien y nos hace olvidar los talentos que tenemos. Sí, tú no tienes eso, pero tienes esto, y el “ojalá” hace que olvidemos esto. Pero Dios nos los ha confiado porque conoce a cada uno de nosotros y sabe de qué somos capaces; confía en nosotros a pesar de nuestras fragilidades. También confía en aquel siervo que esconderá el talento: Dios espera que, a pesar de sus miedos, también él utilice bien lo que ha recibido».
El papa Francisco reafirmó con fuerza: «No lo olviden: los pobres están en el centro del Evangelio; el Evangelio no se entiende sin los pobres. Los pobres forman parte de la misma personalidad de Jesús, quien, siendo rico, se anonadó a sí mismo, se hizo pobre, se hizo pecado, la pobreza más terrible. Los pobres nos garantizan una renta eterna y ya ahora nos permiten enriquecernos en el amor. Porque la pobreza más grande que debemos combatir es nuestra pobreza de amor. La pobreza más grande que debemos combatir es nuestra pobreza de amor».
Por eso, partiendo de la conciencia de la confianza que el Señor deposita en nosotros, el papa Francisco exhorta a todos a no dejarse contagiar por la indiferencia: «Hoy, en estos tiempos de incertidumbre, en estos tiempos de fragilidad, no desperdiciemos la vida pensando solo en nosotros mismos, con esa actitud de indiferencia. No nos engañemos diciendo: “¡Hay paz y seguridad!” (1 Ts 5,3). San Pablo nos invita a mirar la realidad de frente, a no dejarnos contagiar por la indiferencia».
Esta advertencia parece resonar con más fuerza aún en este tramo de mediados de noviembre que nos prepara para una Navidad probablemente distinta de las que hemos vivido hasta ahora, dada la emergencia sanitaria en la que está sumido todo el mundo, pero que, aun así, no debe hacernos olvidar el verdadero sentido de la Navidad cristiana y la pregunta que subyace: «Se acerca el tiempo de Navidad, el tiempo de las fiestas. Cuántas veces la pregunta que se hace tanta gente es: “¿Qué puedo comprar? ¿Qué puedo tener de más? Tengo que ir a las tiendas a comprar”. Digamos la otra palabra: “¿Qué puedo dar a los demás?”. Para ser como Jesús, que se entregó a sí mismo y nació precisamente en aquel pesebre».
Sentámonos, entonces, llamados por el Señor a poner a fructificar nuestros talentos; sintámonos llamados a tener una mirada atenta hacia los demás y hacia tantas pobrezas (no solo materiales, sino también espirituales) que cada día podemos encontrar en nuestro camino.
¡No nos dejemos contagiar por la indiferencia!

Nos parece que el mejor cierre para esta reflexión puede ser la Oración simple de san Francisco, con la que nos despedimos, ¡deseándoles un buen camino!
Señor, haz de mí un instrumento de tu Paz:
donde haya odio, haz que yo lleve el Amor,
donde haya ofensa, que yo lleve el Perdón,
donde haya discordia, que yo lleve la Unión.
Señor, donde haya duda, haz que yo lleve la Fe,
donde haya error, que yo lleve la Verdad,
y donde haya desesperación, la Esperanza,
donde haya tristeza, que yo lleve Alegría,
donde haya tinieblas, que yo lleve Luz.
Maestro, haz que yo no busque tanto ser consolado
como consolar,
ser comprendido como comprender,
ser amado como amar.
Porque dando es como se recibe,
perdonando es como se es perdonado,
muriendo es como se resucita a la vida eterna.
Señor, haz de mí un instrumento de tu Paz:
donde haya odio, haz que yo lleve el Amor,
y donde haya desesperación, la Esperanza,
donde haya tristeza, que yo lleve Alegría,
donde haya tinieblas, que yo lleve Luz.
Que yo lleve la Fe, que yo lleve la Esperanza,
que yo lleve la Alegría, que yo lleve la Luz.
Señor, haz de mí un instrumento de tu Paz:
donde haya odio, haz que yo lleve el Amor,
donde haya ofensa, que yo lleve el Perdón,
donde haya discordia, que yo lleve la Unión.
Señor, haz de mí un instrumento de tu Paz.
