El 26 de septiembre se celebra la fiesta de los santos Cosme y Damián, hermanos, gemelos, médicos y mártires. Vivieron una vida excepcional, compartiendo un amor apasionado por Jesucristo y llegando a dar la vida por él mediante una muerte dolorosísima. ¡Descubramos juntos quiénes son y qué tienen todavía que decir a los médicos… y no solo a ellos!
¿Quiénes son los santos Cosme y Damián?
Nacidos en Turquía, tenían otros tres hermanos: Antimo, Leoncio y Euprepio. Los cinco crecen en la fe, educados por su madre, y todos mueren mártires en el año 303 d. C. en la ciudad de Ciro, en Antioquía, o quizá en Egea, durante la terrible persecución de Diocleciano.
Cosme y Damián estudian medicina en Siria y ejercen la profesión médica en Egea, en Cilicia, donde alcanzan una gran fama porque curan a los enfermos no solo en el cuerpo, mediante sus conocimientos, sino también en el espíritu, llevando la Palabra del Evangelio.

En lugar de dinero, una petición sorprendente
El pueblo oriental los define como «personas que no piden nada», ya que atienden a los enfermos sin pedir ninguna remuneración. En lugar de exigir dinero, piden hablar un poco de Jesucristo. Su fe inquebrantable y su deseo de dar a conocer el Evangelio los convierten en médicos evangelizadores, felices de cuidar tanto el cuerpo como el alma de sus pacientes. Al curar a hombres, mujeres y niños, Cosme y Damián logran también convertir a muchos al cristianismo.
Un martirio dolorosísimo
Su labor de evangelización les crea no pocos problemas y el gobernador de Cilicia, Lisia, les prohíbe seguir difundiendo la palabra de Jesús. No lo consigue y decide que deben morir. El martirio de Cosme y Damián es uno de los más crueles y terribles descritos por los martirologios. Se dice que fueron martirizados no una, sino cinco veces.
Lisia, en efecto, manda que los arrojen al mar, pero una enorme ola los devuelve a la playa sanos y salvos. Después, Lisia ordena que los quemen vivos, pero las llamas, en lugar de tocarlos, se vuelven contra los verdugos paganos que los torturan. Finalmente, los hermanos médicos son decapitados por ser fieles a Jesucristo.

¡Un milagro también durante la sepultura!
Entre los milagros atribuidos a los dos santos, uno se refiere a la voluntad de Cosme de no ser enterrado junto a su hermano gemelo, después de que este hubiera aceptado como regalo tres huevos de una campesina a la que había curado milagrosamente.
La Legenda Aurea de Jacobo de Vorágine narra su sepultura: el dromedario que transportaba los restos de san Damián comienza de repente a hablar con voz humana y pronuncia estas palabras: «No sean separados en la sepultura, porque no son distintos en mérito». Así, Cosme y Damián fueron sepultados uno junto al otro.

No dejan de curar ni siquiera “después de muertos”
Junto a su tumba comienzan a producirse curaciones milagrosas; el propio emperador Justiniano de Constantinopla, después de recurrir a los dos mártires, se ve inexplicablemente curado de una grave enfermedad que los médicos no habían podido tratar.
La Legenda Aurea, además, cuenta la historia de un hombre al borde de la muerte a causa de una gangrena en una pierna. Es el sacristán de la basílica dedicada a los santos Cosme y Damián en Roma, y los invoca para que hagan cesar el dolor que lo atormenta. Cae en un sueño profundo y ve a los dos santos acercarse a él, uno con un cuchillo y el otro con una bandeja de medicamentos y compresas. Los oye hablar y uno propone al otro sustituir la pierna enferma por una nueva, tomada del cuerpo de un etíope enterrado ese mismo día en el cementerio de San Pedro Encadenado. Cuando el hombre se despierta, ya no siente dolor y su pierna curada es negra como el alquitrán.
Que los acontecimientos extraordinarios de la vida de estos campeones de la fe no nos aparten del centro que guio cada uno de sus gestos, cada palabra, cada curación: el amor sin límites por Jesucristo y dejémonos sanar, por medio de su intercesión, de aquellas heridas del corazón que nunca hemos contado a nadie.


