Dado que el 19 de marzo, día en que tradicionalmente se celebra a san José, este año coincidió con el IV domingo de Cuaresma, la fiesta del padre de Jesús se trasladó al 20 de marzo. Descubramos a aquel que siempre supo responder a la voluntad de Dios.
La vida de san José puede leerse a la luz de algunos “sí” que marcaron sus momentos principales.
«En cada circunstancia de su vida, José supo pronunciar su “fiat”, como María en la Anunciación y Jesús en Getsemaní» (Papa Francisco, Patris corde).
“Sí” para aceptar la realidad
Ante el embarazo de María, José adopta una actitud de reflexión. No puede cambiar la realidad que ha conocido, pero se pregunta cómo situarse ante ella. Al principio quisiera salir respetuosamente de una historia más grande que él, sin oprimir con su presencia a aquella joven mujer a la que ama profundamente, ni a aquel misterioso niño que ella espera.
A veces no es fácil aceptar la realidad de las personas y de las situaciones; en esos momentos son muchas las preguntas que sentimos dentro.
San José nos sugiere tomarnos un tiempo y comenzar a elaborar dentro de nosotros una posible lectura de la realidad, porque en ella siempre se esconde un mensaje. Hay que descubrirlo.
“Sí” en la fe
El ángel explica en sueños a José lo que está sucediendo y, además, le indica la tarea que se le confía. Obediente a la palabra de Dios, entrega su vida a un proyecto que lo trasciende, aceptando el mandato de llevar consigo a María. La obediencia de José es perfecta. Pone en práctica lo que el ángel le dice en sueños, palabra por palabra, con una fe y una confianza que conmueven. No porque José carezca de carácter, sino porque pone toda su vida en las manos del Señor, se lo juega todo y, con esta obediencia, confirma su elección, aunque sea tremendamente difícil y dolorosa.
Aceptar que no somos capaces de comprender y dejarnos iluminar es un gran acto de humildad. No solo eso: José acepta que sea Dios quien intervenga en su vida y en la de María, y con fe dice “sí” al Señor.

“Sí” a la vida
Cuando José acoge a María en su casa, comienza para él una vida nueva, con perspectivas absolutamente inesperadas y con el descubrimiento de un sentido más profundo de su ser esposo y padre. La vida soñada y pensada junto a María puede continuar para que el sueño se haga realidad; aquel Niño ya presente en el seno de María pide ser acogido, amado y criado, porque es una vida que necesita un padre y una madre. Permanece así junto a su mujer como esposo fiel, y junto a aquel niño como figura paterna positiva y responsable. La asunción de esta responsabilidad se expresa en el hecho de que es José -según la orden del ángel- quien da el nombre de Jesús al hijo engendrado por María. El acto de dar el nombre significa que confiere a aquel niño su identidad social y que, precisamente por eso, Jesús puede ser reconocido como verdadero descendiente de David, tal como exige la naturaleza del Mesías esperado.
“Sí” al servicio
San José ejerce plenamente su tarea de padre y esposo haciendo de su vida un servicio. Al servicio de Jesús y de María pone su profesión para ganar cada día lo necesario para la vida concreta de una familia; sirve “custodiando” y “defendiendo” sus tesoros, poniendo en riesgo la seguridad y la tranquilidad; sirve porque no rechaza las dificultades que esto implica. José es un verdadero cabeza de familia, que no quiere ser el detentor del poder, sino ayudar a los miembros de la familia que se le ha confiado a cumplir su propia vocación.
San José es aquel que, junto con María y Jesús, forma una familia con su presencia, su afecto y su ser esposo y padre atento a sus necesidades.

“Sí” al silencio
El suyo es un silencio impregnado de contemplación del misterio de Dios, en actitud de total disponibilidad a la voluntad divina. En otras palabras, el silencio de san José no manifiesta un vacío interior, sino, por el contrario, la plenitud de fe que lleva en el corazón y que guía cada uno de sus pensamientos y cada una de sus acciones. Un silencio gracias al cual José, en unísono con María, custodia la Palabra de Dios, conocida a través de las Sagradas Escrituras, confrontándola continuamente con los acontecimientos de la vida de Jesús; un silencio tejido de oración constante, de adoración de la voluntad del Señor y de entrega sin reservas a su providencia.
Su silencio es una forma de obediencia, especialmente cuando los hechos confirman que san José siempre es quien realiza no su voluntad, sino la del Padre.
Son los hechos los que hablan, los gestos concretos, asumir la propia responsabilidad en los diversos momentos que presenta la vida, a menudo de forma repentina y alejada de nuestras expectativas.
De san José sabemos poco de su vida y nada de su muerte; también esto pertenece a su silencio.
“Sí” al discipulado
José acepta las palabras de Jesús, de doce años, al encontrarlo en el templo. En primer lugar está la voluntad de Dios. Sabe que este Hijo tiene un Padre por quien fue enviado y a quien Jesús obedece de manera total. Ser discípulo es meditar esta verdad en el propio corazón, contemplar a este Hijo que crece en “gracia” ante Dios y ante los hombres, saber que él es la Palabra que hay que escuchar y vivir. Así, mientras José enseña a Jesús el humilde arte de la carpintería, José contempla al Hijo de Dios en la humildad de la encarnación.
“Sí” a la propia vocación
Todos estos “sí” pueden resumirse en uno solo: José realiza plenamente su vocación de esposo, padre y custodio del Señor. José «fue llamado por Dios a servir directamente a la persona y a la misión de Jesús mediante el ejercicio de su paternidad: precisamente de este modo coopera, en la plenitud de los tiempos, en el gran misterio de la Redención y es verdaderamente ministro de la salvación» (Papa Francisco, Patris corde).
La historia de José nos enseña que, en la medida en que sabemos decir “sí” al Señor, decimos “sí” a nuestra vida, poniéndola en condiciones de realizarse plenamente.

