il corpo come frontiera del divino la lezione attuale di padre pio

Editrice Shalom

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Autore: Editrice Shalom

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El ídolo moderno y el miedo a la cruz

Vivimos en un tiempo que idolatra la apariencia, persigue la perfección física como meta absoluta y se esfuerza por anestesiar toda forma de dolor. Se nos impulsa a ver el cuerpo como el punto de llegada, un templo que perfeccionar estéticamente, incluso a costa de un gran sacrificio, pero a menudo huyendo de toda espiritualidad que requiera otro tanto.
En este contexto, el padre Pío emerge como una figura extraordinariamente actual, invitándonos a una visión radicalmente distinta del cuerpo: no un ídolo que adorar, sino una auténtica frontera de lo divino. Su vida nos demuestra, en efecto, que la auténtica vida espiritual no prescinde de la dimensión corporal, sino que pasa a través de ella.

El cuerpo herido como altar y testimonio

La experiencia mística del padre Pío, marcada indeleblemente por el don de los estigmas, nos ofrece la clave de lectura para comprender cómo el cuerpo puede convertirse en un medio de elevación.
Sus «signos» no eran fenómenos espectaculares por sí mismos, sino palabras de Dios escritas en la carne. Su dolor no era un castigo, sino una participación en el misterio de la cruz, instrumento esencial de salvación para toda la humanidad.
El padre Pío se consideraba llamado a colaborar de manera peculiar en la obra de la redención. Sus heridas eran la expresión de un amor crucificado. Él mismo vivió esta realidad al afirmar, en una inspiración poética: «Mi cuerpo es un altar y cada herida es una oración». Sin esta referencia constante a la cruz, no se comprende su santidad.

Alimentar el templo interior: Palabra y oración

Si nuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, la elevación no puede lograrse solo mediante cuidados externos, sino que necesita un alimento espiritual continuo. El padre Pío nos ofrece en este sentido un camino claro, arraigado en la mística de lo cotidiano y no en el clamor.
Su fuerza espiritual se encontraba en su íntima y constante unión con Dios, atestiguada por las largas horas que pasaba en oración. Le gustaba repetir que era un «pobre fraile que reza», convencido de que «la oración es la mejor arma que tenemos, una llave que abre el corazón de Dios».
Además, para fortalecer el alma, el padre Pío recomendaba la Lectura Santa. Si en la oración somos nosotros quienes hablamos al Señor, en la lectura de los libros santos es Dios quien nos habla. Por experiencia personal, advertía que las lecturas «profanas», aunque no sean malas en sí mismas, pueden herir profundamente el corazón y enfriar el amor de Dios.

Padre Pío

Respeto del cuerpo y caridad encarnada

Tratar el cuerpo con respeto y amor, como medio de elevación, implica dos aspectos fundamentales: la disciplina personal y la caridad hacia el prójimo.
El respeto por el cuerpo se manifiesta en la prudencia y en no permitir que las necesidades materiales “animalicen” y “sofoquen el corazón”. Incluso en las necesidades más básicas, enseñaba la moderación. Decía, por ejemplo: “Nunca hay que tomar más alimento del necesario, ni menos de lo indispensable”.
La verdadera medida del amor, sin embargo, es la caridad. El padre Pío unía la oración intensa con una actividad caritativa concreta, y la fundación de la Casa Alivio del Sufrimiento sigue siendo hoy un testimonio concreto de ello.
La caridad es la reina de todas las virtudes y la medida con la que Jesús nos juzgará. Para el padre Pío, amar al prójimo significaba reconocer de inmediato en los pobres y en quienes sufren el rostro mismo de Jesús.

Padre Pío: compañero de viaje en el Evangelio cotidiano

El padre Pío no es un modelo inalcanzable, sino un hermano que caminó antes que nosotros. Su ejemplo nos invita a vivir la fe con todo el cuerpo, con toda el alma y con todas las fuerzas.

Seguirlo no significa buscar los estigmas, sino dejarse herir y transformar por el Evangelio. Su secreto fue su humildad. La humildad es el fundamento de la santidad, mientras que la caridad es su techo.

El padre Pío nos enseña que el camino evangélico cotidiano está hecho de:
1. Obediencia y abandono: abrazar cada día la voluntad de Dios, aceptando las pruebas con fe y paciencia.
2. Perseverancia en la oración: no cansarse nunca de rezar, porque la oración es alimento del alma.
3. Conversión continua: reconocer que las pruebas y las tentaciones no deben asustarnos, sino llevarnos a ser una sola cosa con Dios para vencerlas con la fuerza que viene de Él.
Él nos espera con su protección paternal para recordarnos que la santidad es posible y que la verdadera alegría está reservada a quienes apuestan por lo eterno.
Caminar hoy por el camino del Evangelio significa aceptar ser tocados, heridos y sanados, transformando nuestro cuerpo en una auténtica morada del Señor. ¡Así fue para el padre Pío!

¿Estás listo para un nuevo comienzo en el camino del Evangelio junto al padre Pío? ¿Qué piensas incrementar en tus días? Hablemos de ello en los comentarios…



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