Santi e Beati
El cuerpo como frontera de lo divino. La lección actual del Padre Pío
Tempo di lettura: 4 min
Autore: Editrice Shalom
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El ídolo moderno y el miedo a la cruz
Vivimos en un tiempo que idolatra la apariencia, persigue la perfección física como meta absoluta y se esfuerza por anestesiar toda forma de dolor. Se nos impulsa a ver el cuerpo como el punto de llegada, un templo que perfeccionar estéticamente, incluso a costa de un gran sacrificio, pero a menudo huyendo de toda espiritualidad que requiera otro tanto.
En este contexto, el padre Pío emerge como una figura extraordinariamente actual, invitándonos a una visión radicalmente distinta del cuerpo: no un ídolo que adorar, sino una auténtica frontera de lo divino. Su vida nos demuestra, en efecto, que la auténtica vida espiritual no prescinde de la dimensión corporal, sino que pasa a través de ella.
El cuerpo herido como altar y testimonio
La experiencia mística del padre Pío, marcada indeleblemente por el don de los estigmas, nos ofrece la clave de lectura para comprender cómo el cuerpo puede convertirse en un medio de elevación.
Sus «signos» no eran fenómenos espectaculares por sí mismos, sino palabras de Dios escritas en la carne. Su dolor no era un castigo, sino una participación en el misterio de la cruz, instrumento esencial de salvación para toda la humanidad.
El padre Pío se consideraba llamado a colaborar de manera peculiar en la obra de la redención. Sus heridas eran la expresión de un amor crucificado. Él mismo vivió esta realidad al afirmar, en una inspiración poética: «Mi cuerpo es un altar y cada herida es una oración». Sin esta referencia constante a la cruz, no se comprende su santidad.
Alimentar el templo interior: Palabra y oración
Si nuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, la elevación no puede lograrse solo mediante cuidados externos, sino que necesita un alimento espiritual continuo. El padre Pío nos ofrece en este sentido un camino claro, arraigado en la mística de lo cotidiano y no en el clamor.
Su fuerza espiritual se encontraba en su íntima y constante unión con Dios, atestiguada por las largas horas que pasaba en oración. Le gustaba repetir que era un «pobre fraile que reza», convencido de que «la oración es la mejor arma que tenemos, una llave que abre el corazón de Dios».
Además, para fortalecer el alma, el padre Pío recomendaba la Lectura Santa. Si en la oración somos nosotros quienes hablamos al Señor, en la lectura de los libros santos es Dios quien nos habla. Por experiencia personal, advertía que las lecturas «profanas», aunque no sean malas en sí mismas, pueden herir profundamente el corazón y enfriar el amor de Dios.

