¡El cristiano es el hombre de la alegría! Una afirmación atrevida. Claro, dirán ustedes, si fuera así encontraríamos continuamente personas sonrientes (¡y nosotros mismos lo seríamos!), dispuestas a decir una palabra amable, a hacer un gesto de amistad, una acción de paz. Sin embargo, parece que la alegría ha desaparecido de la vida de los cristianos. Como si se hubieran olvidado de ser hijos de un Rey y portadores del Evangelio, ¡la noticia gozosa! Entonces ha llegado el momento de recuperar aquello que es nuestro y volver a ser lo que somos: portadores de alegría, portadores de la buena noticia.
¡Un nombre, todo un programa!
La experiencia cristiana hunde sus raíces en la alegría. El tema de la alegría recorre toda la Biblia y, si tan solo pensamos en lo que significa la palabra «Evangelio»: buena noticia, entonces volvemos directamente a los fundamentos de la alegría cristiana, el kerigma, el anuncio gozoso: ¡Jesucristo, el Hijo de Dios, sufrió, murió y resucitó por mí, por ti, por todos!

El Evangelio: la raíz de la alegría
El Evangelio comienza con un anuncio de alegría: el arcángel Gabriel lleva a María la buena noticia de que será la madre de Jesús y termina con los anuncios de alegría que Jesús resucitado hace a las mujeres: ¡alégrense! Lleno de alegría está el corazón de los discípulos de Emaús después de reconocer al Resucitado; lleno de alegría está el corazón de los discípulos que se alejan del monte después de ver a Jesús subir al cielo. Es alegría pura, por tanto, la presencia de Jesús en la vida de sus discípulos, una alegría que nace y se alimenta de una relación, de un anuncio, de una certeza: ¡no estoy solo, la muerte ha sido vencida, estoy llamado a vivir para siempre! ¿Cómo no estar alegres al descubrir algo así?

Ser alegres, ser evangelizadores
Si partimos, entonces, de la Palabra de Dios, redescubriremos aquello que a veces se nos escapa. La alegría no es un sentimiento pasajero y superficial, sino el fruto que el Espíritu Santo produce en un corazón, una mente y una mirada capaces de vivir en Cristo, con Cristo y por Cristo.
¿Por qué alegrarse? Porque el Señor está cerca, está cerca de nosotros. San Pablo nos lo dice: «Alégrense siempre en el Señor; se lo repito: alégrense. Que su amabilidad sea conocida por todos. ¡El Señor está cerca! No se angustien por nada, sino que, en toda circunstancia, presenten a Dios sus peticiones con oraciones, súplicas y acción de gracias. Y la paz de Dios, que supera toda inteligencia, custodiará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús» (Flp 4,4-7). De la vida en Dios, de esta unión íntima y constante, nace, vive y crece la alegría del cristiano.

Alegres también en la oscuridad de la vida
Si la alegría, entonces, brota de la vida en Dios, de estar en relación con él, entonces es posible estar siempre alegres, en cualquier circunstancia, incluso cuando la subida se vuelve más escarpada y fatigosa. Dejémonos iluminar una vez más por san Pablo, quien, en un momento dramático -estaba prisionero en Roma y a punto de ser asesinado-, puede escribir: «Justificados, pues, por la fe, estamos en paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo. Por medio de él también hemos obtenido, mediante la fe, el acceso a esta gracia en la que nos encontramos y nos gloriamos, firmes en la esperanza de la gloria de Dios. Y no solo eso: también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia, la paciencia una virtud probada y la virtud probada la esperanza. Y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que nos ha sido dado». Estas son las palabras de un hombre capaz de alegrarse siempre, porque está arraigado en Cristo.

La alegría, por tanto, se arraiga en la esperanza: «Alégrense en la esperanza, sean pacientes en la tribulación y perseverantes en la oración» (Rm 12,12). Y la esperanza debe alimentarse día tras día, bebiendo de la única fuente que nunca carece de ella: la Palabra de Dios.
Si hemos perdido la alegría, si nunca la hemos saboreado verdaderamente, si queremos ser alegres y, por tanto, evangélicos, comencemos a leer una página, un pasaje, un versículo del Evangelio cada día, como recomienda el papa Francisco, y poco a poco, paso a paso, descubriremos que la alegría nos acompaña junto con su hermana, la esperanza, y permite ver más allá de cada acontecimiento concreto al Resucitado, Señor y soberano, que reina sobre todos los acontecimientos.


