¿Existe el diablo? Para un cristiano, responder a esta pregunta debería ser sencillo, como lo es para un no creyente. Para uno existe; para el otro, no existe. Y, sin embargo, hoy, la respuesta del cristiano no es tan “obvia”. El diablo está actuando con tanta sutileza que lleva a creer que solo es una invención de algún santurrón retrógrado. Claro que el mal existe en el mundo, pero que sea obra de un ángel que eligió las tinieblas en lugar de la luz… aquí entramos en el terreno de la fantasía…
Entonces, ¡volvamos a la fuente e intentemos entender algo!

El punto de partida
Nuestro punto de partida son las Sagradas Escrituras, don de Dios y brújula que guía por los caminos del Reino. Si leemos la Biblia no hay duda alguna: ¡el diablo existe!
Nos dice el apóstol Santiago: «Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y él huirá de vosotros» (Sant 4,7), y Pedro: «Sed sobrios y velad. Vuestro enemigo, el diablo, como león rugiente, anda buscando a quién devorar» (1 Pe 5,8). Y podríamos continuar con citas y más citas. Por tanto, si el diablo existe, si su acción ordinaria consiste en alejarnos del Padre, es necesario aprender a reconocerlo para poder defendernos y permanecer unidos a Jesús como el sarmiento a la vid.

¿Cómo reconocerlo?
Si miramos a nuestro alrededor, la presencia del diablo en el mundo es evidente. Aunque, como hemos dicho, a veces se atribuye a un “mal” impersonal lo que es obra suya.
Entonces, ¿cómo reconocerlo para poder defendernos y alejarnos de su acción?
La palabra “diablo” significa “divisor”. En realidad, basta con saber esto para desenmascararlo. Cada vez que una nota “discordante” entra en la melodía de la vida, hay que aguzar las antenas del bien y volver a sintonizarse inmediatamente con las frecuencias de Dios.
¿Cuáles son las notas discordantes? Abusos, juicios destructivos, calumnias, guerras (sin llegar a los conflictos entre naciones, pensemos en las pequeñas y grandes divisiones que reinan en nuestras relaciones entre amigos, familiares, cónyuges, compañeros de trabajo…), infidelidad, violencia…
Si estamos vigilantes, como nos sugiere san Pedro, el diablo no podrá perjudicar nuestras vidas. Su fuerza está en las tinieblas, en actuar a escondidas, pero si sacamos a la luz su acción, si lo reconocemos por lo que es, su poder se derrite como la nieve al sol.

¿Cómo vencerlo?
Lo primero que hay que hacer es sacar a la luz su acción. En el ámbito sacramental contamos con una ayuda formidable: la Confesión. Poner los pecados en el corazón misericordioso de Dios derrota a Satanás y nos devuelve a la relación de amor con el Padre. Pero, además de la confesión, está la oración. La oración, en efecto, nos mantiene cerca de Dios, nos mantiene en la luz y fortalece nuestra vida interior.
¿Te has dado cuenta de lo que sucede cuando te alejas de Dios y dejas de beber de la fuente de la oración? Te desanimas, la vida se convierte solo en cansancio, cuanto menos rezas, menos ganas tienes de rezar, pierdes la paz y empiezas a pensar que Dios está lejos y que no te ama… Cuando hemos llegado a este punto, por desgracia, el diablo ha metido la mano, se ha interpuesto entre nosotros y Dios, ¡nos ha separado de Él!

¿Qué hacer?
Detengámonos y volvamos al punto de partida: la Biblia. Estas son algunas palabras que pueden ayudarnos: «Dios es fiel y no permitirá que sean tentados por encima de sus fuerzas, sino que, junto con la tentación, les dará también la manera de salir de ella para poder soportarla» (1Cor 10,13); «Bienaventurado el hombre que resiste la tentación porque, después de haberla superado, recibirá la corona de la vida que el Señor ha prometido a quienes lo aman» (Sant 1,12).
Las palabras de la Sagrada Escritura serán capaces de orientar nuestros pasos y hacernos volver al camino de Dios Padre; abriremos de nuevo el corazón a la vida sacramental y a la oración.
¡No nos desanimemos nunca; el desánimo nunca viene de Dios, recordémoslo!
«Sin embargo, el poder de Satanás no es infinito. Él no es más que una criatura, poderosa por el hecho de ser espíritu puro, pero criatura al fin y al cabo: no puede impedir la edificación del reino de Dios» (Catecismo de la Iglesia Católica, 395).
Por medio de la Confirmación, nos hemos convertido en guerreros de Cristo y por eso usamos las armas de la luz para vivir en la alegría y ser constructores del Reino.



