«No hables, a menos que puedas mejorar el silencio». ¡Qué verdad y qué belleza hay en esta frase del escritor argentino Jorge Luis Borges!
En un mundo cada vez más ruidoso, apresurado y lleno de palabras, todos sentimos la necesidad de redescubrir la belleza del silencio y su manera amable y delicada de hablar.
En el silencio, el espacio del encuentro
El silencio, en efecto, es la única condición que nos permite realmente escuchar y encontrarnos con los demás y, por tanto, hablar después de haber escuchado y comprendido. Cada vez más a menudo se tiene la sensación de estar solos, aunque se pasee por una ciudad concurrida, porque la gente ya no es capaz de intercambiar una mirada, un saludo, una sonrisa… cada uno parece vivir en su propia burbuja, habitada por estímulos constantes: el sonido del móvil, la llegada de un mensaje, la radio o los auriculares… Y así el mundo desaparece; los demás están ahí, pero no nos afectan.
Y, sin embargo, es en el espacio del encuentro donde también se comprende si conviene hablar con palabras o es mejor hacerlo con los ojos, preservando el silencio, porque no siempre, no en todas las situaciones, hay que hablar necesariamente.
Hay dolores tan profundos o alegrías tan grandes ante los que nos damos cuenta de que son los ojos los que hablan y de que, incluso en el silencio -o mejor dicho, precisamente en el silencio-, por fin logramos entendernos y estar cerca.

El silencio del Papa en Auschwitz
El lenguaje del silencio nos lo enseñó el papa Francisco cuando, durante la XXXI Jornada Mundial de la Juventud, celebrada en Polonia en 2016, caminó por el campo de concentración de Auschwitz-Birkenau, en un silencio absoluto y abrumador: aquel no era momento para las palabras, aquel no era un lugar para las palabras.
La Maestra del silencio
A la que sin duda podríamos definir como “maestra” del silencio es María. Muy pocas son las palabras que el Evangelio recoge de ella.
María vive en el silencio, guardando todo en su corazón, y en el silencio reza, y en el silencio es madre.
A ella, el cardenal John Henry Newman dedica esta bellísima oración, que podemos hacer nuestra.

Oración a la Madre silenciosa
María silenciosa, que todo imaginaste sin
hablar, más allá de toda visión humana, ayúdame a
entrar en el misterio de Cristo lenta y profundamente,
como un peregrino abrasado de sed
entra en una caverna oscura al final de la cual oiga un
suave correr del agua.
Haz que, ante todo, me arrodille para adorar,
haz que luego palpe la roca con confianza y me adentre
sereno en el misterio.
Haz, finalmente, que sacie mi sed con el agua de la
Palabra en silencio como tú.
Quizás entonces, María, el secreto del Hijo crucificado
se me revelará en su inmensidad sin
fronteras, y caerán imágenes y palabras para crear
espacio solo para el infinito. Amén.
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