Se es médico por ciencia y por… vocación
«Desde Hipócrates, la misteriosa relación que une al médico con el paciente se ha basado en su naturaleza solidaria, orientada a proteger la vida de la persona y a intentar aliviar su sufrimiento. Este imperativo categórico ha guiado la profesión médica durante siglos y todavía hoy determina su atractivo. Esta orientación hacia el bien, en cualquier circunstancia, convierte al médico en un referente seguro para el enfermo y para la comunidad, y su figura no puede reducirse a un papel meramente “técnico”: el paciente pide competencia y profesionalidad, pero siempre y, al mismo tiempo, también la garantía de que lo que se le propone es por su bien. Esta tarea adicional explica un antiguo (pero cada vez más verdadero) dicho popular: que para ser médico hace falta una vocación, es decir, una disposición adicional (más allá de la técnica) para relacionarse con la persona enferma, compartir con ella las dificultades del momento y, de algún modo, sufrir con ella». Así delineaba en un artículo publicado por Avvenire en 2019 el presidente de la asociación nacional Medicina y Persona los rasgos del médico, en quien se entrelazan trabajo y misión.

Santos Cosme y Damián: médicos del cuerpo y del alma
Los santos Cosme y Damián son un ejemplo de médicos por vocación: eran gemelos y vivieron en el siglo III; curaban a los enfermos sin cobrar y, por eso, recibieron el sobrenombre de anárgiros, palabra griega que significa «sin plata». Es célebre el episodio de la curación de una mujer hemorroísa llamada Palladia, que, agradecida, ofrece tres huevos a los dos hermanos. Después de su rotunda negativa, suplica a Damián que acepte aquel pequeño regalo. Damián, para no ofender a la mujer, acepta los huevos. Pero esto provoca la ira de Cosme, que pide no ser enterrado junto a su hermano después de morir.
La actividad de estos santos no se reduce a curar únicamente los cuerpos, sino que busca el bien de las almas: con el ejemplo y la palabra logran convertir a muchos paganos. Mueren mártires, después de haber dado testimonio, con su trabajo, del amor de Cristo.

San Giuseppe Moscati: médico y misionero
El presidente de la asociación nacional Medicina y Persona recuerda también a otro gran médico santo que hizo de su profesión una misión: «Giuseppe Moscati colocó en la sala anatómica del Hospital de los Incurables de Nápoles este lema: “Muerte, seré tu muerte”, para recordar a sí mismo y a sus alumnos la grandeza de la profesión y, al mismo tiempo, la necesidad de combatir el límite humano infundiendo siempre al enfermo una esperanza indispensable: que la enfermedad y la muerte no tienen la última palabra sobre la vida del hombre».

Moscati, sin haber cumplido aún los 30 años, se hace famoso por sus diagnósticos inmediatos y precisos, que tienen algo de milagroso teniendo en cuenta los escasos medios de la época. A quien se lo hace notar, él responde que es mérito de la oración, porque Dios es el artífice de la vida, mientras que los médicos no pueden ser más que indignos colaboradores. Con esta conciencia acude cada día al trabajo, tanto en el Hospital de los Incurables (del que se convierte en jefe de servicio en 1925) como en su consulta privada, cuya sala de espera tiene un letrero para regular los honorarios: «Quien pueda, que ponga algo; quien lo necesite, que tome».
Allí, en efecto, todos son acogidos y no solo los pobres no pagan, sino que en sus frecuentes visitas a domicilio Giuseppe lleva, además de la asistencia médica, también consuelo espiritual. Para él, ciencia y fe no son dos mundos lejanos, sino dos elementos que conviven en su vida cotidiana.
Por tanto, es plenamente compartible lo que escribe Valerio Lessi, autor del libro Los santos del Misal - Giuseppe Moscati (novedad de Shalom), en la Introducción: «La historia humana de Moscati lleva a una profunda unidad aquello que normalmente, especialmente en la sociedad secularizada de hoy, tendemos a considerar dividido: profesión y misión. No solo en el sentido de que se entregó a la profesión con dedicación y sacrificio, como si fuera precisamente una misión; sino en el sentido, más profundo y provocador para nosotros, de que, ejerciendo como médico, había sido misionero de Cristo. Nótese bien: no “había sido también” misionero de Cristo. No, sencillamente había sido misionero ejerciendo la profesión médica».

La pandemia ha puesto en primer plano el papel y la importancia de los médicos, nos ha hecho reflexionar sobre su misión cotidiana; sigamos rezando por ellos y por su gran y delicada responsabilidad como custodios de la vida.

