«¡Contemplar el rostro de Jesús equivale a contemplar el rostro mismo de Dios! Con esta certeza en el corazón, los creyentes de todos los tiempos han adorado, con profunda devoción y amor filial, el Santo Rostro de Aquel que, por Amor y solo por Amor, se inmoló a sí mismo por la salvación de cada uno y la redención de toda la humanidad» (cardenal Angelo Comastri).
Esta puede ser la clave para acercarse a la devoción al Santo Rostro, que este año se celebra el 21 de febrero (el martes inmediatamente anterior al Miércoles de Ceniza), y sentirla tan actual como siempre lo es el amor que Jesús siente por cada uno de nosotros.
El misterio del Santo Rostro de Jesús encierra un secreto de amor. ¡Descubramos juntos su historia y su actualidad!

La historia
Desde siempre, los cristianos han buscado el rostro de Cristo. En este sentido, es conocida la tradición del rostro impreso en el velo de la Verónica, al que hace referencia la sexta estación del Vía Crucis. Un origen similar tendría la imagen de Edesa, de la que se decía que había sido impresa en un pañuelo de lino por el propio Jesús y enviada como regalo al rey Abgar V, soberano del reino cuya capital era Edesa. Aquel pañuelo, en griego mandylion, se conservó y veneró durante mucho tiempo en aquella ciudad. Después de muchas vicisitudes, fue trasladado a Constantinopla, donde permaneció hasta 1204, cuando desapareció tras el saqueo de la ciudad. Ya en el siglo IX se sabía que en la basílica de San Pedro se conservaba una imagen de Cristo, pero solo más tarde apareció en Occidente la devoción al Santo Rostro con la leyenda del «Velo de la Verónica».
El culto a las imágenes que representan el rostro de Cristo, consideradas aqueropitas, es decir, no hechas por mano humana, se desarrolló primero en las Iglesias de Oriente, que prefieren representar el rostro de Cristo con los ojos abiertos, en su aspecto regio, sin los signos humillantes de la pasión, mientras que la Iglesia de Occidente ha preferido representar el rostro de Cristo como captado en el momento del sufrimiento y de la máxima humillación, con los ojos cerrados y con todos los signos de su pasión.

La medalla
En la noche del 31 de mayo de 1938, la beata Madre Pierina De Micheli, religiosa de las Hijas de la Inmaculada Concepción, mientras estaba sumida en profunda adoración ante el sagrario, vio a la Santísima Virgen, que sostenía en la mano una medalla que, en una de sus caras, llevaba grabada la imagen del Rostro de Jesús muerto en la cruz, rodeada por las palabras bíblicas: «Haz resplandecer sobre nosotros, Señor, la luz de tu rostro»; en la otra cara aparecía una hostia radiante rodeada por la invocación: «Quédate con nosotros, Señor».
La Madre de Dios dijo: «Es una prenda de amor y misericordia que Jesús quiere ofrecer al mundo, en estos tiempos de sensualidad y odio contra Dios y la Iglesia… Se tienden redes diabólicas para arrancar la fe de los corazones… Es necesario un remedio divino. Y este remedio es el Santo Rostro de Jesús».
En 1958, el papa Pío XII declaró la fiesta del Santo Rostro de Jesús para el día anterior al Miércoles de Ceniza (martes de Carnaval).


