En algunas iglesias franciscanas o, en cualquier caso, especialmente vinculadas a san Antonio de Padua, el día de su fiesta (13 de junio) se acostumbra bendecir unos sencillos panes pequeños, que después se distribuyen entre los fieles y se consumen por devoción.
La tradición de esta costumbre tiene su origen en uno de los muchos milagros de san Antonio, en el que son protagonistas el pequeño Tomasino y su madre. Escuchemos el relato de este episodio, contado con las palabras de la leyenda llamada Rigaldina, escrita hacia finales del siglo XIII por Jean de Rigaud o de Rigault, que narra los acontecimientos relacionados con el santo de Padua
El relato del milagro de Tomasino

«Un niño de veinte meses, llamado Tomasino, cuyos padres vivían cerca de la iglesia del beato Antonio, en Padua, fue dejado imprudentemente por su madre junto a un recipiente lleno de agua. Se puso a jugar con el agua como hacen los niños y quizá, al ver reflejada en ella su imagen y querer perseguirla, cayó en el recipiente con la cabeza hacia abajo y los pies hacia arriba. Como era pequeño y no podía salir, pronto se ahogó. Al cabo de un breve tiempo, la madre terminó sus tareas y, al ver a lo lejos los pies del niño sobresaliendo del recipiente, se precipitó hacia allí gritando con voz desgarrada y sacó al pequeño. Lo encontró completamente rígido y frío, porque había muerto ahogado. Ante tal espectáculo, gimiendo de angustia, llenó todo el vecindario con sus lamentos y gritos. Muchas personas acudieron al lugar, entre ellas algunos frailes menores junto con unos obreros que, por aquel entonces, trabajaban en ciertas reparaciones de la iglesia del beato Antonio. Cuando comprobaron que el niño estaba sin duda muerto, compartiendo el sufrimiento y las lágrimas de la madre, se retiraron como heridos por la espada del dolor. Sin embargo, aunque la angustia le desgarraba el corazón, la madre empezó a reflexionar sobre los extraordinarios milagros del beato Antonio e imploró su ayuda para que hiciera revivir a su hijo muerto. Añadió también un voto: daría a los pobres una cantidad de grano equivalente al peso del niño si el beato Antonio lo resucitaba. Desde el atardecer hasta la medianoche, el pequeño permaneció muerto, mientras la madre continuaba sin descanso invocando el auxilio del beato Antonio y repitiendo asiduamente su voto, cuando, -¡cosa maravillosa de contar!- el niño muerto recuperó la vida y la salud plena».
De este episodio nace una tradición llamada «pondus pueri» (el peso del niño): los padres prometían al Santo tanto pan como pesaban sus hijos, a cambio de su protección.
Con el tiempo se consolidó la costumbre de ofrecer pan a cambio de una gracia concedida. La práctica, ligeramente modificada, se institucionalizó a finales del siglo XIX, cuando creció el interés por las cuestiones sociales y la sensibilidad hacia los pobres.
Quizá no todos sepan que este milagro está en el origen de la «Obra del pan de los pobres»: en días establecidos, los frailes distribuían pan; siguiendo esta tradición nació después Caritas Antoniana, que se ocupa de llevar alimentos, artículos de primera necesidad y asistencia a los pobres de todo el mundo.
Siguiendo el ejemplo de Padua, surgieron otros comedores en Italia y en el extranjero. De este modo, el «pan de los pobres» se convierte en pan real, capaz de aliviar el sufrimiento y fortalecer la esperanza.
