El mes de julio está tradicionalmente dedicado a la Preciosísima Sangre de Jesús, pero quizá esta dimensión espiritual pueda parecer alejada de nuestra vida cotidiana y, por tanto, de algún modo incomprensible. No es así: la espiritualidad de la Preciosísima Sangre toca, cambia y embellece nuestra vida. ¡Descubramos por qué!
Partamos de Jesús
La Sangre de Cristo fue derramada por todos, para la liberación y expiación de los pecados. Jesús mismo, con su pasión y su muerte, cargó con todos nuestros pecados y, en su Sangre derramada con violencia, mostró la naturaleza del pecado, el verdadero rostro del mal: el atentado y la injusticia contra el ser humano y, por tanto, contra Dios.
En la cruz, Jesús atraviesa la injusticia para traer la justicia; carga con los pecados para hacer desbordar el amor, siguiendo la lógica del perdón.
La Sangre derramada por Jesús nos comunicó su Espíritu, que es Amor, y en este Espíritu lo amamos y nos amamos. La certeza de vivir de este Espíritu y en este Espíritu nos permite no tener miedo ni desanimarnos ante el esfuerzo de vivir: nos hemos convertido en hijos de Dios, y lo somos realmente. Esta misma fuente de vida espiritual, además de darnos el entusiasmo de vivir, nos compromete a luchar contra el mal, contra toda forma de alienación y opresión, actuando con plena justicia y amor.

Vivimos cada día en el Amor
Por eso la Sangre de Cristo es el centro de la historia humana y de nuestra historia personal; es la fuente de la que el cristiano bebe para vivir con entusiasmo la realidad de cada día, la banal cotidianidad que a menudo es dura y áspera. La fuerza del entusiasmo le viene de saber y sentir que es amado por Dios mismo, amado sin reservas, hasta el don de la vida.
La Sangre de Cristo nos impulsa a actuar con seriedad y responsabilidad en nuestro presente, porque es aquí y ahora donde está teniendo lugar nuestra salvación.
Cada persona tiene un valor sagrado
La sangre de Cristo dirige nuestra mirada hacia la humanidad que él amó y redimió. Al pensar que por todos y cada uno de nosotros dio la vida, estamos invitados a redescubrir el valor sagrado de cada persona. «En la familia de Dios, donde todos son hijos de un mismo Padre y, por estar injertados en Cristo, hijos en el Hijo, no hay “vidas desechables”. Todos gozan de una dignidad igual e intangible. Todos son amados por Dios, todos han sido rescatados por la sangre de Cristo, muerto en la cruz y resucitado por cada uno. Esta es la razón por la que no se puede permanecer indiferente ante el destino de los hermanos» (Papa Francisco).

Amados inmensamente, amemos sin calcular
Cristo sufrió por el hombre, pero sigue sufriendo en el hombre. Es el exigente mensaje que nos dejó en el Evangelio, cuando nos anunció que seremos juzgados por el amor y se nos preguntará si concretamente supimos encontrarlo y servirlo en quien tiene hambre o sed, en quien está desnudo o enfermo o en la cárcel (Mt 25,31-46).
Una espiritualidad de la sangre de Cristo no puede dejar de irradiarse también en el ámbito de la fraternidad. Hoy más que nunca hacen falta hombres y mujeres que, en nombre de Jesús, se pongan plenamente al servicio de sus hermanos, con la audacia de un amor que no calcula, ¡dispuestos a entregarse en el don de la vida!
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