Hoy se celebra la fiesta de la impresión de los estigmas de san Francisco. El Pobrecillo es el primer cristiano, en la historia de la Iglesia, cuyo cuerpo fue marcado por los signos de la pasión del Señor. Descubramos cuándo, dónde y cómo se realizó este increíble milagro de amor.
¿Cuándo y dónde ocurrió este milagro?
San Francisco, en 1224, dos años antes de morir, se encuentra en La Verna, un monte del valle del Casentino. Quiere vivir cuarenta días de ayuno y oración como preparación para la fiesta del arcángel Miguel, el 29 de septiembre. La leyenda cuenta que las enormes grietas que marcan el monte fueron generadas por el terremoto que siguió a la muerte de Jesús en el Gólgota. Francisco queda fascinado por este paisaje y aquí siente que le resulta más fácil meditar la pasión del Señor.

Una oración atendida
Durante el retiro, Francisco hace una oración: «Oh Señor mío Jesucristo, te ruego dos gracias que me concedas antes de morir: la primera, que en mi vida yo sienta en mi alma y en mi cuerpo, cuanto sea posible, aquel dolor que tú, dulce Jesús, sufriste en la hora de tu amarguísima pasión; la segunda es que yo sienta en mi corazón, cuanto sea posible, aquel amor excesivo del que tú, Hijo de Dios, ardías para soportar voluntariamente tanta pasión por nosotros, pecadores» (de las Florecillas).
Su petición es atendida y, alrededor de la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz (14 de septiembre), su cuerpo queda marcado con las mismas llagas de Jesús; además, en sus manos y pies se formaron unas protuberancias con forma de clavos.
¿Cómo se imprimieron los estigmas?
San Buenaventura describió cómo un orgulloso serafín de seis alas descendió del cielo. Entre las alas del ángel apareció la imagen de un hombre crucificado, con las manos y los pies extendidos en forma de cruz y unido a una cruz. En ese momento recibió los estigmas -las marcas o heridas de Cristo- en las manos, los pies y el costado, y quedó abrumado por la alegría, aunque doblegado por el dolor.

Francisco, maestro del amor
Si la experiencia de Francisco fue única, vivir el «incendio del Espíritu» es posible para cualquiera que ame con pasión. Todos, en efecto, podemos intentar imitarlo buscando una intimidad cada vez mayor con Jesús, meditando su pasión, contemplando su rostro, renovando sus gestos y sentimientos de bondad y compasión, escuchando su voz, dejándonos tocar por su amor. También nosotros estamos llamados a ser, como Francisco, el alter Christus, reflejo viviente y presencia tangible del Señor Jesús y de su mensaje de salvación.


