El Rosario es una oración única. Permite contemplar la vida de Jesús junto a la persona que lo conoce como nadie: María. Al repetir las Avemarías, se entra en la dimensión pura del amor, allí donde las palabras se repiten siempre iguales porque solo hay una cosa importante que decir: «¡Te amo!»: 10, 20, 30… veces. Y mientras se hace la propia declaración de amor, la mente vuelve a la historia que subyace a ese «te amo»: cuándo se encontraron por primera vez, los momentos vividos juntos, la alegría de haberse encontrado… Este es el Rosario, la oración que cuenta la historia de amor con Jesús a través de los ojos de María.
Una oración necesaria para la humanidad
El Rosario es una oración que se nutre del Evangelio y es un arma para el combate espiritual, especialmente en estos tiempos en los que estamos llamados a elegir entre la luz y las tinieblas.
La Virgen María, en diversas apariciones, ha señalado el Rosario como la oración más necesaria para la humanidad. A mediados del siglo XIX, la Madre de Dios se apareció en Lourdes con una larga corona del Rosario colgando de su brazo.
En 1917 se apareció en Fátima y, en cada una de las seis apariciones, invitó a rezar el santo Rosario todos los días. Posteriormente, sor Lucía de Fátima, una persona digna de confianza, dijo: «No hay problema, os digo, por difícil que sea, que no pueda resolverse rezando el santo Rosario».

Las promesas al beato Alano de la Roca
Pero el Rosario, con las características que conocemos, alcanzó su máxima difusión en el siglo XV gracias al beato Alano de la Roca, quien llamó a esta oración el «Salterio de la Virgen». Este dominico recibió directamente de la Madre de Dios quince hermosas promesas vinculadas al rezo del Rosario:
- Quien me sirva constantemente, rezando mi Rosario, recibirá gracias especiales.
- A todos aquellos que recen devotamente mi Rosario les prometo mi protección muy especial y grandes gracias.
- El Rosario será un arma poderosísima contra el Infierno, destruirá los vicios, disipará el pecado y abatirá las herejías.
- Él hará florecer de nuevo las virtudes y las obras santas, obtendrá abundantes misericordias de Dios para los fieles y apartará los corazones de los hombres del amor del mundo y de sus vanidades hacia el amor de Dios, y los elevará al deseo de las cosas eternas. ¡Cuántas almas se salvarán por este medio!
- El alma que se encomienda a mí con mi Rosario no perecerá.
- Quienquiera que rece devotamente el santo Rosario meditando sus misterios no será abandonado por el Señor: no morirá de muerte repentina cuando se encuentre en desgracia de Dios; sino que se convertirá si es pecador, se conservará en gracia si es justo y será hecho digno de la vida eterna.
- Los verdaderos devotos de mi Rosario no morirán sin los sacramentos.
- Quiero que quienes rezan mi Rosario tengan en vida la luz y la plenitud de las gracias, y que en la muerte sean admitidos a participar de los méritos de los bienaventurados en el Paraíso.
- Cada día libero del Purgatorio a las almas devotas del Rosario.
- Los verdaderos hijos de mi Rosario gozarán de una gran gloria en el cielo.
- Todo lo que pidas por medio de él lo obtendrás.
- Yo socorreré en todas sus necesidades a quienes propaguen el Rosario.
- He obtenido de mi Hijo que todos los devotos del Rosario puedan tener como intercesora a toda la corte celestial en vida y en muerte.
- Quienes rezan mi Rosario son mis hijos y hermanos de Jesucristo.
- La devoción a mi Rosario es una gran señal de predestinación.
Probemos, entonces, a hacer del Rosario nuestra oración personal cotidiana y veremos florecer maravillas en nuestros días; y si pensamos que no tenemos tiempo, aprendamos a «llenar» con el Rosario los muchos espacios vacíos que tenemos durante el día: mientras conducimos, cuando esperamos a alguien, en la fila de Correos o del supermercado. ¡Jesús y María se convertirán en los amigos que siempre nos hacen compañía y cada instante se llenará de sentido!


