Un pensamiento para quien se ama
Durante nuestros días, a menudo pensamos en las personas queridas, en aquellas que amamos y que nos aman. Llevarlas dentro de nosotros nos hace sentirlas cerca, indisolublemente unidas a nosotros y nosotros a ellas por medio del amor.
La vida espiritual y sus relaciones no se alejan mucho de esta realidad cotidiana. Así como cada día podemos pensar en nuestra madre, nuestro padre, nuestros hijos, nuestros amigos… también podemos pensar en la Madre del cielo. María es nuestra madre, y llevarla en el corazón, dirigirle una oración e invocar su presencia nos ayuda a conocerla y a confiarnos a sus cuidados.
La paz en el corazón a través de la oración
Desde hace siglos, la Iglesia utiliza un método infalible para amar a María y dejarse amar por ella: rezar el Rosario. Un método que nos lleva continuamente al Evangelio y recuerda a cada persona el amor de Jesús y María por todos.
Dirigirse a la Virgen repitiendo contemplativamente el «Ave María», mientras se medita la vida de Jesús, brinda paz al corazón, fuerza al espíritu y vigor a los miembros.
La novedad del Rosario
Quizá cuando pensamos en el Rosario -sobre todo si hace tiempo que no lo rezamos o si solo hemos oído hablar de él- podemos percibir cierta «distancia» respecto a un método de oración que tiene siglos de historia.
Sin embargo, el Rosario es una oración siempre nueva, porque nosotros siempre somos nuevos, las meditaciones vinculadas a los misterios siempre pueden ser nuevas y, además de los Rosarios tradicionales, también se pueden rezar Rosarios que proponen otras oraciones.
Un Rosario especial para el mes de julio
Por ejemplo, en este mes de julio, dedicado a la preciosísima sangre, podríamos intentar rezar un Rosario dedicado a la preciosísima sangre… ¿quién sabe si no nos enamoraremos de esta manera de rezar?
Meditar, rezar y reflexionar con la preciosísima sangre nos lleva a escuchar de nuevo con fidelidad la Palabra de Dios, a encontrar momentos de contemplación durante el día y a vivir en dócil obediencia a la voz del Espíritu Santo para crecer en la colaboración y en la comunión fraterna.


