Cuando se habla de san Benito, lo primero que viene a la mente es su famoso lema: «Ora et labora», que traducimos como «Reza y trabaja».
La combinación de rezar y trabajar parece obvia. Sin embargo, después de tantos siglos, ¡seguimos sorprendiéndonos de que el Santo invite a sus monjes y, más en general, a los cristianos, a rezar y trabajar! ¿Por qué? Veámoslo juntos, pero antes, unas breves pinceladas sobre la vida de san Benito.
La vida en unos pocos trazos
San Benito, fundador de la orden de los benedictinos, que tomó su nombre de él, nació hacia el año 480 en Nursia y murió el 21 de marzo de 547. A los 12 años quedó huérfano de madre y fue enviado con su hermana a Roma para continuar sus estudios. Quedó consternado por la depravación presente en la ciudad, hasta llegar a despreciar los bienes materiales y desear la vida monástica, a la que se dedicó apenas cumplidos los diecisiete años, deseoso de dar a su vida una única orientación, un único propósito: la búsqueda de Dios, de su Reino y de su gloria.
Se retiró durante tres años a una cueva cerca de Subiaco, predicando la Palabra del Señor y acogiendo a los discípulos que, cada vez más numerosos, pedían entrar a formar parte de la comunidad.
Nombrado abad del monasterio de Vicovaro, intentó en vano reformar la vida del monasterio y, después de sufrir calumnias e incluso un atentado contra su vida, decidió fundar el monasterio de Montecasino (en la localidad homónima), y fue allí donde compuso hacia el año 540 su Regla, inspirándose también en las experiencias de otros santos contemporáneos y anteriores, además de las personales (en particular, la eremítica).
En la base de la Regla estuvo su intención de mejorar su propia vida mediante la disciplina y la espiritualidad. San Benito organizó la vida monástica en torno a dos pilares que, en una relación equilibrada entre la oración y el trabajo, marcaban el ritmo de los días del monje para llevarlo a concentrarse únicamente en Dios. De esta voluntad nació precisamente el famoso lema «Ora et labora». En realidad, se trataba de una verdadera novedad, como se entiende por la palabra latina labor.

El trabajo
El labor para los latinos no era el simple trabajo, que normalmente definían como negotium, de nec-otium, es decir, no-ocio, sino un determinado tipo de trabajo: el manual, el trabajo físico.
Pues bien, en el Imperio romano este labor, es decir, el trabajo físico, estaba destinado únicamente a los esclavos, porque se consideraba poco honorable, y a hombres libres que, sin embargo, no gozaban de gran consideración.
San Benito, en cambio, ¿qué hace? No solo dice que el monje debe trabajar manualmente, sino que va más allá: dice que este trabajo físico debe acompañar a la oración y que, al acompañar a la oración, se convierte él mismo en un medio de santificación y glorificación de Dios, es decir, se convierte en oración.
En el monasterio, por tanto, el trabajo deja de ser una actividad degradante y se convierte en una actividad sagrada, se convierte en oración. Por tanto, los monjes trabajan los campos, producen vino y cerveza, recogen hierbas medicinales, realizan actividades artesanales útiles para la vida de todos, copian a mano (es decir, realizan la actividad de amanuense) los textos antiguos (latinos y griegos) que, de otro modo, se habrían perdido. También la lectura y el estudio (no solo de las Sagradas Escrituras, sino también de la ciencia y el arte) se consideran trabajo.
Trabajar significa colaborar con Dios
El gran mérito de san Benito es, pues, proponer a sus monjes y a todos nosotros una feliz síntesis entre acción y contemplación: trabajar significa colaborar con Dios creador y contribuir a la construcción de un mundo mejor; el trabajo, acompañado de la oración, acerca al hombre a Dios y le hace descubrir el sentido de la vida.
Aquí hay otro secreto del trabajo: nace del deseo de participar en la obra de Dios no solo como Creador, sino también como Salvador; participar en esa obra mediante la cual Dios crea el mundo y lo transforma a través de la presencia del Hijo muerto y resucitado, mediante el don del Espíritu, mediante su Iglesia, que está inmersa en esta tierra, aunque su origen está en el cielo. Por tanto, no somos del mundo, sino que estamos en el mundo y participamos activamente en una transformación del mundo.

¿Son posibles hoy la oración y el trabajo como binomio?
Muchos hombres y mujeres han vivido su existencia trabajando y rezando. Sin oración no puede haber trabajo, no puede haber una experiencia sana del trabajo y, al mismo tiempo, sin trabajo no puede haber una verdadera experiencia de la oración.
En la mente del Santo no hay que «anteponer nada al amor de Cristo»; por eso nos ofrece el instrumento privilegiado para poder hacerlo: la oración comunitaria y personal. Esta es la ocupación primordial, el eje que constituye la vida benedictina y cristiana, pues «nada debe anteponerse a la Obra de Dios». La oración es acogida y celebración de aquello que solo Dios obra, solo Dios concede y a lo que solo podemos corresponder por don de Dios. Por eso exige compromiso, disciplina y constancia.
Trabajar es importante para todos, no solo para los monjes. Cada persona encuentra en el trabajo una ayuda para vivir en esta tierra, captando su sentido profundo. Solo quien ha experimentado la falta de trabajo y la incertidumbre del futuro logra comprender plenamente por qué, sin un empleo, se corre el riesgo de perder el sentido de la vida.
El trabajo no es solo una fuente de ingresos, sino ante todo un lugar que, al igual que la oración, contribuye a la santificación de la persona. Al vivir bien el propio trabajo se da testimonio de la fe incluso sin pronunciar una sola palabra.
Conclusión
Estos dos pilares, la oración y el trabajo, en nuestro tiempo, en el que los ritmos han cambiado, ya no son tan evidentes. Por eso es necesario que todos nosotros los recuperemos para volver a marcar el ritmo de nuestro día. Hoy, más que nunca, es decisiva la unidad entre la oración y el trabajo: el trabajo debe ayudarnos a rezar bien y la oración debe ayudarnos a afrontar el trabajo de la manera adecuada.
¿Y nosotros logramos mantener unidos la oración y el trabajo? ¿De qué manera? ¿Es para nosotros el trabajo un lugar de santificación o de estrés?
Cuéntanos tu experiencia en los comentarios y, juntos, invoquemos a Dios para que toda persona pueda vivir una vida digna mediante el trabajo y la oración.


