Los tiempos litúrgicos se suceden, como las estaciones de la vida, en el ritmo del ser humano, para penetrar cada vez más en la vida de cada uno de nosotros. La Iglesia nos conduce de nuevo al Tiempo Ordinario, después de haber cerrado el breve pero intenso paréntesis del tiempo de Navidad, en el que fuimos invitados a asombrarnos ante la presencia de un Dios que, por amor, se hace rostro, sonrisa, corazón, bien.
Retomamos el camino de la vida cotidiana
Retomamos, pues, nuestra vida cotidiana, la normalidad de nuestros días, pero con un corazón diferente, porque Dios nos ama con un amor tierno y no necesita lugares ni tiempos especiales para amarnos; no necesita acontecimientos extraordinarios para manifestarse. Después de la encarnación, todo lugar es santo, todo tiempo es sagrado. Dios llena de asombro el hoy fatigoso y banal que vivimos con resignación o rabia. El Tiempo Ordinario se presenta como un tiempo de crecimiento y maduración, un tiempo en el que el misterio de Cristo está llamado a penetrar progresivamente en la vida de cada uno de nosotros. Vivir y celebrar el misterio de Cristo en lo ordinario significa aceptar vivir como discípulos en la fidelidad de cada día, escuchar y encontrarse con el Maestro en la vida cotidiana, reconocer que Dios se inclina sobre nosotros y nos salva en la realidad concreta de nuestra experiencia personal.
El Tiempo Ordinario se celebra en la liturgia en “dos actos”. El primero precede a los tiempos de Cuaresma y Pascua. El segundo sigue al Tiempo Pascual y nos lleva hasta el final del año litúrgico. A diferencia de los demás tiempos litúrgicos, no celebra un misterio particular de la vida del Señor ni de la historia de la salvación, sino el misterio de Cristo en su totalidad. Es el tiempo por excelencia del seguimiento y del discipulado: siguiendo las huellas de Jesús caminamos hacia la consumación de la historia (XXXIV domingo).
La lectura de los Evangelios en el Tiempo Ordinario

En este marco ordinario y de atención siempre vigilante para no perder la meta definitiva y verdadera, la Iglesia vive las etapas y situaciones vividas por Jesús, guiada por los recorridos de los Evangelios sinópticos de Mateo (el camino del discipulado, año A), de Marcos (primer descubrimiento de Jesús, año B) y de Lucas (el anuncio de los evangelizadores, año C). En cambio, el Evangelio de Juan, con algunas intervenciones significativas, se propone en los tres años. Este año, siguiendo el Evangelio de Marcos, el bagaje del Tiempo Ordinario se enriquece con desarrollos variados: está el recorrido de los discípulos, están los dichos de Jesús y también una galería de figuras bíblicas, parábolas y discursos de Jesús, en cuyo marco la Iglesia y el cristiano se mueven y profundizan cada vez más en el conocimiento de él, hasta llegar a la gloria definitiva en el reino del Padre. El ciclo del Evangelio del Leccionario ferial nos ofrece, por tanto, la oportunidad de meditar atentamente el Evangelio de Marcos. Con la guía de monseñor Nazzareno Marconi, versículo tras versículo, se nos ayuda a descubrir el mensaje que Jesús nos transmitió por medio de san Marcos.
En el Tiempo Ordinario también encontraremos a toda esa multitud de santos y testigos que vivieron radicalmente su vida siguiendo a Cristo y que la Iglesia nos propone como precursores y guías seguros para llegar más rápidamente a la meta. La primera y fundamental testigo es María, la Madre de Jesús; después, los apóstoles y algunos santos que entregaron su vida a Cristo y confiaron en su palabra fiel.
El camino de la Iglesia en el Tiempo Ordinario
El Tiempo Ordinario es el tiempo dedicado al “camino” de la Iglesia en la vida cotidiana. Con la Iglesia y en su escuela, dejémonos conducir por la Palabra de Dios para dar un significado profundo a las realidades ordinarias del trabajo, la familia y el compromiso social. Sostenidos por el Espíritu Santo, podremos conformar nuestra vida a la de Cristo; con él nos entregaremos al Padre día tras día hasta llegar al reino de los cielos, donde Jesús nos ha precedido y nos invita al banquete de sus bodas. Sin embargo, para realizar todo esto se necesitan perseverancia, santidad de vida y la capacidad de no perder nunca de vista la meta definitiva. El Espíritu sostiene, comprueba y anima: esto es lo que nos enseña el padre Reginaldo Maranesi en el libro “El Espíritu Santo y la santidad”.

Algunos consejos para vivir el Tiempo Ordinario
• Sería bueno, dentro de lo posible según las obligaciones de la vida, participar en la Eucaristía también los días laborables. Cuando no sea posible participar, podemos leer las lecturas del día y el comentario correspondiente, ayudándonos del misalito diario “Sobre tu Palabra”.
• Meditar la Palabra de Dios, leyendo la Biblia o el Evangelio de manera continua, debería ser un punto firme de nuestra jornada. Por ejemplo, podemos subrayar una palabra clave, una frase o una enseñanza y después comprometernos a convertirla en una forma concreta de vivir la Palabra y experimentar la presencia de Cristo.
• Valorar la Liturgia de las Horas: es la oración más importante después de la Santa Misa y, sin embargo, la conocemos poco y la practicamos aún menos, porque pensamos que está reservada únicamente a los sacerdotes y consagrados y que es complicada de rezar. “Con agua viva” hace que todo sea más fácil y accesible. ¡Hay que probarlo para creerlo!
• En el camino cotidiano del Tiempo Ordinario conviene dar también espacio al rezo del santo Rosario como oración de toda la familia.

No olvidemos que el papa Francisco dedicó un año especial a san José; por eso, especialmente los miércoles, día dedicado a él, dirijamos una oración a este santo, ofrezcámosle nuestro trabajo y dediquémonos a leer o meditar algún libro dedicado a él. También se podría leer la carta apostólica “Patris corde” del papa Francisco, que en pocas páginas retrata magníficamente la figura de san José.
• Por último, sería deseable recuperar el sentido penitencial del viernes, recordando el misterio de la pasión de Cristo mediante la práctica del vía crucis.
Vivir y celebrar el misterio de Cristo en lo ordinario significa aceptar vivir como discípulos en la fidelidad de cada día, escuchar y encontrarse con el Maestro en la vida cotidiana, reconocer que Dios se inclina sobre nosotros y nos salva en la realidad concreta de nuestra experiencia personal.
¡Buen camino a todos!
