Monseñor Bruno Forte, arzobispo de la diócesis de Chieti-Vasto, nos toma de la mano y nos conduce, junto con los Magos, a adorar al Niño divino recostado en el pesebre.
De Oriente a Jerusalén: el punto de partida
¿Quiénes son los Magos de los que habla el Evangelio según Mateo (2,1-12)? Según el relato evangélico, se trata de personajes que vinieron «de Oriente a Jerusalén».
En el imaginario bíblico, Oriente - allí donde sale el sol - es el lugar de lo originario, donde todo comienza. La referencia a la procedencia de Oriente indica que los Magos se han puesto en camino dejando su mundo vital, el conjunto de sus seguridades y de sus hábitos arraigados. No se va en busca de Dios sin tomar una decisión, sin hacer un corte, desarraigándose del contexto tranquilizador del pequeño universo que nos es propio, para abrirse al riesgo de la búsqueda del Rostro deseado y oculto.
Peregrinos en la noche, guiados por la estrella
Los Magos emprenden su viaje dejándose guiar por una estrella: «¿Dónde está el que ha nacido, el rey de los judíos? Hemos visto despuntar su estrella y hemos venido a adorarlo» (Mt 2,2.9-10). Esto significa que el camino se desarrolla ante todo de noche: la vía hacia la fe no es inicialmente un itinerario luminoso. Es preciso avanzar en la oscuridad, peregrinos hacia la luz, de la que la estrella es anuncio y promesa.
¿Qué es la estrella? En el imaginario bíblico, representa un signo que viene del cielo y alcanza a los hombres en la oscuridad de su experiencia para conducirlos adonde el Señor los llama.
La estrella aparece para guiar el camino de quienes buscan a Dios, asomándose en las señales de espera que a menudo manifiestan los hombres en el camino de la búsqueda de un sentido que dar a la vida y de una justicia mayor para todos, además de hacerlo en los testimonios de amor que tantas veces iluminan incluso las situaciones más tristes y difíciles. Asimismo, seguir la estrella para ir hacia el Niño que nacerá allí donde ella se pose significa también salir de uno mismo para ir hacia el otro, sobre todo hacia el pequeño y el débil.

La noche del mundo y la Palabra de Dios
La noche que cubre la historia a veces es realmente oscura. Por eso el Señor nos ofrece una ayuda decisiva para llegar a creer en Él: se trata de Su Palabra, de la revelación histórica de Su Rostro, que se ha cumplido mediante acontecimientos y palabras íntimamente conectados, de lo cual nos da testimonio la historia de la salvación, presentada en la Biblia.
La historia de los Magos viene así a decirnos que, en la noche del tiempo, la Palabra de Dios es verdaderamente lámpara para nuestros pasos y luz en nuestro camino (cf. Sal 118,105).
Si quieres encontrar al Dios vivo, confía en su Palabra: escúchala con humildad, perseverancia y confianza.
El encuentro con Dios: la alegría, la comunidad, la humildad, la adoración y la entrega de uno mismo
El relato de Mateo continúa: «Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, se postraron y lo adoraron. Después abrieron sus cofres y le ofrecieron oro, incienso y mirra como regalo» (vv. 9-11).
Aquí se reconocen, en la sencillez del relato, las características fundamentales del encuentro con Dios, gracias al cual todo cambia.
La humildad y el asombro adorante son las dos actitudes fundamentales de la oración, expresión y alimento de la fe: con la humildad confesamos nuestra nada; con la adoración nos dejamos colmar por la plenitud de Dios. Vivir una experiencia así genera la necesidad de responder al amor con amor, ofreciendo a Dios los dones del cofre de nuestro corazón.

Regresaron a su tierra: vivir la fe en la vida cotidiana
La historia de los Magos no termina aquí. Hay una continuación muy importante para quien se reconoce, como ellos, «buscador de Dios»: «Advertidos en sueños de que no volvieran a Herodes, regresaron a su tierra por otro camino» (v. 12).
Hay que subrayar dos aspectos: el encuentro con Dios no te hace evadirte de la historia, de los compromisos de tu vida cotidiana ni de las responsabilidades a las que has sido llamado. La eternidad, a la que estamos llamados, se expresa siempre en un día: el hoy en el que vivir el «sí» a Dios en la fe y testimoniar a los demás la belleza de su amor mediante la caridad.
El otro elemento que el relato nos ayuda a comprender es que el regreso a la vida ordinaria después del encuentro con el Señor se realiza «por otro camino». Eres el mismo y, sin embargo, ya no eres el mismo si has encontrado al Dios vivo. Encontrar al Hijo de Dios en el Niño de Belén significa reconocer la humildad del Dios encarnado y dejarse transformar por su don, para convertirse en una criatura nueva que canta con su vida el cántico nuevo de quien ha sido renovado por el Espíritu de Dios.
Y tú, ¿has encontrado alguna vez a Jesús en tu vida? ¡Cuéntanoslo en los comentarios!


