Este verano de 2024 estuvo marcado por una película que es la secuela de un largometraje de Pixar que creo que todos (o casi todos) hemos visto y amado: Inside Out (2015). La primera película era un viaje por las emociones de Riley, una niña feliz que, sin embargo, tiene que afrontar un cambio brusco: el traslado de Minnesota a San Francisco, con el consiguiente cambio de escuela, amistades, pérdida de sus certezas… Como sabemos, la particularidad de la película es que la historia que se desarrolla en el exterior encuentra un espejo en el «interior», es decir, en la cabeza de Riley: aquí hay un mundo animado por las emociones. Así conocemos a Alegría, Asco, Ira, Miedo y Tristeza, la emoción que parece que siempre debemos alejar y que después, en cambio, descubrimos que también es determinante para comprender y definir la propia alegría.
Esa película me encantó literalmente, porque es dificilísimo representar el mundo de la mente y de las emociones humanas, y esa cinta lo consigue a la perfección, mostrando de una manera única lo que le sucede a Riley, el derrumbe de su mundo interior y la reconstrucción de una nueva realidad que la redefine.

¿La secuela de siempre?
Con esta experiencia como referencia, fui a ver la película con una mezcla de expectativas y decepción preventiva, por así decirlo, porque no me gustan especialmente las secuelas, ya que siempre temo que la magia de la primera película difícilmente pueda repetirse.
Sin embargo, me alegra haber comprobado que estaba equivocada: Inside Out 2 no decepciona, al contrario… Nos proyecta al mundo interior de una Riley que ya tiene trece años y que, por tanto, debe enfrentarse a la adolescencia. Quien haya pasado por ella (y también quien esté acompañando a sus hijos en esta travesía) seguramente recuerda lo que significa esa etapa de la vida en la que ya no se es niño, pero tampoco adulto, y se vive en un continuo vaivén en el que se desea demostrar que se es mayor, pero en secreto también se quiere seguir siendo niño, porque el futuro asusta, porque la realidad que se abre ante nosotros nos parece, en ciertos aspectos, indescifrable y buscamos constantemente puntos de referencia.
En este contexto, la amistad es fundamental, al igual que la aceptación de los demás, sentirse comprendida y, sobre todo, no excluida. Así pues, también cambia el mundo interior de Riley y se vuelve más complejo; llegan nuevas emociones: Ansiedad, Vergüenza, Aburrimiento, Envidia (y de vez en cuando empieza a asomar precisamente Nostalgia, porque en algunos momentos la mirada se dirige hacia atrás, a cuando se era niño y el mundo parecía increíblemente más sencillo).

Si el violeta del Aburrimiento, siempre tumbado en un pequeño sofá y que interactúa en la cabeza de Riley con un mando a distancia, nos ofrece sin duda un matiz importante de la adolescencia, la que lleva la voz cantante es la Ansiedad: su naranja intenso nos cuenta el miedo de Riley, su deseo de controlar lo que sucede hasta llegar a traicionar aquello en lo que cree y a las personas más cercanas a ella.
La Ansiedad engloba literalmente a casi todas las emociones antiguas, que, de hecho, son expulsadas de la mente de Riley y solo con gran esfuerzo - y con la ayuda fundamental de la Vergüenza (muy cercana a la Tristeza por el papel que desempeña) - consiguen finalmente hacer comprender a la Ansiedad que solo actuando juntas y en armonía lograrán ayudar a Riley (obviamente no les desvelamos cómo) a atravesar el mar tempestuoso de la Adolescencia.
Como de costumbre, Pixar nos regala películas que saben ser más que una película, porque ofrecen la oportunidad de reflexionar, también con cierta profundidad, sobre nosotros mismos, sobre los adolescentes que fuimos, que somos o que seremos; sobre la adolescencia de nuestros hijos, si los tenemos… ¡Una película que hay que ver y de la que aprender!
Una redactora de Editrice Shalom

