Camminiamo insieme
Entrevista a sor Chiara Carla clarisa
Tempo di lettura: 8 min
Autore: Editrice Shalom
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Me presento: soy sor Chiara Carla, tengo 62 años, soy originaria de Cagliari y monja clarisa desde hace treinta años en el monasterio de Santa Clara de Urbino. Se me ha brindado la oportunidad, que acojo con mucho gusto, de colaborar en la realización de esta entrevista de tono fraterno... ¡Estoy encantadísima! Pero ahora vayamos al grano, esperando satisfacer las expectativas de los lectores y las lectoras.
Defínete con tres adjetivos
No es una pregunta sencilla; es más fácil para quien te observa desde fuera, para quien te conoce. En cualquier caso, mirándome con la mayor objetividad posible, me definiría como una mujer apasionada, curiosa y entusiasta.
¿Cuál era tu sueño de niña?
Mi sueño de niña estaba relacionado con dos aspectos: el primero, el profesional, y el segundo, el humano y familiar. En cuanto al trabajo, deseaba mucho ser maestra o peluquera; maestra porque tenía una maestra de primaria magnífica: ¡ella era mi modelo! Además, me gustaban los niños, entonces y ahora. Este sueño se hizo realidad después en forma de enseñanza del latín y el griego en el bachillerato clásico, que fue mi profesión hasta el día en que ingresé en el monasterio. Peluquera, en cambio, porque me encantaba peinar a las muñecas e inventar peinados siempre nuevos: ¡mi sueño secreto era pasar de las cabezas de las muñecas a las cabezas de señoras guapas y elegantes! Desde el punto de vista del «estatus», me veía casada y con muchos hijos, y ya había identificado a mi futuro esposo: un tal, por lo demás famoso, señor Ferrero, piamontés y magnate de la igualmente famosa Nutella. El motivo es fácilmente imaginable, no necesita explicaciones: «Si me caso con él, ¡la tendré a ella!».
¿Cómo maduró en ti la vocación a la vida contemplativa?
La vocación a la vida contemplativa maduró en mí poco a poco; durante los años de mi juventud me fascinaba entregarme a los demás, especialmente a los más pobres y necesitados y, por consiguiente, procuraba dedicar el tiempo libre del estudio primero y del trabajo después a estos hermanos y hermanas que atravesaban dificultades. Mi director espiritual me había aconsejado compaginar el mucho voluntariado que hacía con algunos momentos de oración silenciosa, y así comencé a hacerlo. La consecuencia de esta decisión de rezar y no solo «hacer» me llevó lentamente a comprender y apreciar el valor de «ser»... de «ser» y de «estar presente». Así, gradualmente, los momentos de oración y silencio, a menudo ante Jesús Eucaristía, crecían a costa del voluntariado y, cuanto más permanecía ante el Señor en silencio, más sentía que mi oración, aunque pobre y sencilla, era valiosa, pues recordaba al Señor a tantas personas que se encontraban necesitadas; con el tiempo, además, aprendí a rezar también por quienes no conocía directamente y, finalmente, por el mundo entero. Sentía, percibía que ese «estar con Jesús» íntimamente era una manera de rezar poderosa, fuerte y valiosa, que para mí valía más que todo. Así dediqué más tiempo a la oración y me di cuenta de que incluso las muchas cosas hermosas que vivía (los estudios, el trabajo, el voluntariado, los amigos, los enamoramientos, las fiestas y los viajes) eran menos valiosas para mí ante el hecho de que mi pequeño amor, unido al Amor inmenso e infinito de Dios, podía salvar al mundo y llevar mucho bien a todos; así comencé a creer de verdad que, como dice san Juan de la Cruz, «un acto de amor sincero vale más que todas las acciones de este mundo»; sentía que Dios me confiaba la tarea de rezar por todos, amando y desde la fe. Así, poco a poco, a los 32 años entré en el monasterio de Clarisas en el que vivo hoy junto con mis trece hermanas.




