io non vivro un istante senza amare

Editrice Shalom

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Autore: Editrice Shalom

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«No viviré un instante sin amar».

Santa Bernadette

¿Qué tiene de especial santa Bernadette para haber sido elegida como pequeña mensajera de las apariciones de la Virgen de Lourdes? ¡Nada! Y, de hecho, muchos se sorprenden de que la Virgen se apareciera a una joven tan “común”. Tanto es así que, cuando llega a Nevers, una postulante dice: «¿Esto es todo lo que hay de Bernadette?». Y ella, con extrema sencillez, responde: «Sí, Bernadette es todo esto». Lo mismo sucede cuando le muestran una foto suya, puesta a la venta por dos monedas en Lourdes, y ella comenta: «¡Se ve que incluso en las fotos valgo muy poco!».
Bernadette es pobre, es una persona común, pero posee una riqueza, un tesoro:«Yo no era nada y de esta nada Jesús hizo algo grande… Por tanto, debo vivir de Jesús y tener como fin [avere] el de Jesús mismo». ¡Así se revela lo que hace tan especial a santa Bernadette!

Una como tantas

Marie Bernarde Soubirous, llamada Bernadette, nace el 7 de enero de 1844 en Lourdes, ciudad de los Pirineos, primogénita de una familia marginada, conocida por su pobreza y miseria, hasta el punto de no tener siquiera una vivienda; de hecho, vive en una celda de una antigua prisión, el “cachot”, un lugar insalubre y oscuro. 
Bernadette tiene una salud frágil, carece de instrucción, apenas sabe leer y solo más tarde aprende a escribir. No tiene buena memoria y ni siquiera consigue aprender las fórmulas del catecismo, por lo que no es admitida a la Primera Comunión. Aunque es ignorante en materia de religión, Bernadette se sabe de memoria el Padre nuestro, el Avemaría y el Credo. Sabe rezar el rosario y este se convierte en su escuela.

“Aquerò” 

Bernadette ve cambiar su vida para siempre el 11 de febrero de 1858. A los 14 años, mientras recoge leña junto con su hermana Marie Toinette y una amiga cerca de la gruta de Massabielle (a las afueras del pueblo de Lourdes), tiene la primera visión de «una pequeña Señora joven vestida de blanco». Después se le aparece otras diecisiete veces. La última, el 16 de julio de ese año.
La “Bella Señora” lleva una cinta azul y «tiene un rosario en el brazo» y, mientras Bernadette reza, hace pasar las cuentas entre sus manos sin mover los labios. En Lourdes, la Virgen recomienda el rosario no con palabras, sino con el ejemplo.

Bernadette la llama “Aquerò”, que en el dialecto local significa “Aquella de ahí”, ya que no sabe bien cómo definirla. En el mensaje del 24 de febrero, la Señora le dice a Bernadette tres veces «¡Penitencia! ¡Penitencia! ¡Penitencia! ¡Rezad a Dios por la conversión de los pecadores!». El núcleo del mensaje de Lourdes llama a la conversión, a la oración y a la penitencia.
En la aparición del 25 de marzo de 1858, finalmente la Señora revela su nombre: «Yo soy la Inmaculada Concepción». Cuatro años antes, el papa Pío IX había declarado el dogma de la Inmaculada Concepción de María, pero Bernadette ciertamente no podía saberlo.

«Como un grano de trigo…»

En la tercera aparición, el 18 de febrero, la Señora vestida de blanco le habla y le dice: «No te prometo hacerte feliz en este mundo, sino en el otro». Y esto es lo que Bernadette experimenta cuando, en 1866, se convierte en religiosa de la Congregación de las Hermanas de la Caridad de Nevers, un convento al que acuden las hijas de la burguesía y donde, para ser admitidas, hay que aportar una rica dote. Bernadette, pobrísima, es acogida sin entusiasmo, y solo porque es el obispo quien la envía allí. 
Pasa trece años en el convento de Nevers como hermana lega, viviendo plenamente los mensajes recibidos de la Virgen: oración y penitencia por la conversión de los pecadores. «No viviré un instante sin amar», se lee en las notas secretas de la Santa.


En el convento siempre fue incomprendida por las otras monjas, objeto de burlas por su ignorancia y sometida a continuas humillaciones. También la maestra de novicias, María Teresa Vazou, le inflige humillaciones y sufrimientos. Al sintetizar su itinerario espiritual, dice: «He venido aquí (a Nevers) para esconderme. La santa Virgen se sirvió de mí como una escoba usada por el ama de casa para limpiar, que después se vuelve a colocar en su sitio; yo estoy contenta por ello».
Pasa largos períodos en la enfermería, afectada por un tumor en la rodilla y por tuberculosis pulmonar, que le causan grandes sufrimientos. «Estoy molida -dice ella-, como un grano de trigo». 
Muere el 16 de abril de 1879, a los 35 años. Bernadette ha aprendido y, sobre todo, experimentado lo que la santa Virgen le había dicho en la tercera aparición: «No te prometo hacerte feliz en este mundo, sino en el otro».

El cuerpo incorrupto

Bernadette es enterrada en una tumba excavada en la tierra, en una capilla del jardín del convento. Todo hace suponer que aquel cuerpo se disolvería rápidamente; sin embargo, desafiando toda ley física, aquel pequeño cuerpo (Bernadette medía un metro y 42 centímetros) permanece intacto. Y cuando, con vistas al proceso de beatificación, se exhuma el cadáver, todos los presentes constatan el prodigio. Aquel cuerpo no solo está intacto, sino también elástico, fresco y flexible. 

Han transcurrido 144 años desde la muerte de Bernadette y su cuerpo continúa intacto. Cualquiera puede verlo. Está expuesto en una urna de cristal, en la iglesia de la Casa Madre de las “Hermanas de la Caridad”, en Nevers.
Toda la vida de esta “pequeña” santa puede resumirse en una de sus oraciones: «Oh, Madre mía, perdido mi corazón en el tuyo, que no tenga otro querer ni otro amor que la voluntad de mi divino Maestro… Que pueda comenzar aquí abajo el amén eterno de quien ya vive feliz».


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