Los santos recurrieron a menudo a la comunión espiritual cuando no podían acercarse a la Comunión sacramental. A lo largo del día, repetían varias veces una oración en la que expresaban el ardiente deseo de recibir espiritualmente a Jesús en su corazón, obteniendo grandes beneficios espirituales. También nosotros podemos seguir su ejemplo, haciendo muchas comuniones espirituales, especialmente en los momentos más exigentes del día. San Leonardo de Porto Mauricio nos asegura: «Si practicáis varias veces al día el santo ejercicio de la comunión espiritual, os doy un mes de tiempo para ver vuestro corazón completamente cambiado». También san Juan Bosco recomendaba esta práctica: «Si no podéis comulgar sacramentalmente, haced la comunión espiritual, que consiste en un ardiente deseo de recibir a Jesús en vuestro corazón».
La beata Ágata de la Cruz sentía un deseo tan intenso de vivir siempre unida a Jesús eucarístico que llegó a decir: «Si el confesor no me hubiera enseñado a hacer la comunión espiritual, no habría podido vivir». Para santa María Francisca de las Cinco Llagas, igualmente, la comunión espiritual era el único alivio al agudo dolor que sentía al permanecer encerrada en casa, lejos de su amor, especialmente cuando no se le permitía recibir la Comunión sacramental. Entonces subía a la terraza y, mirando la iglesia, suspiraba entre lágrimas: «Dichosos los que hoy te han recibido en el Sacramento, Jesús. Dichosas las paredes de la iglesia que custodian a mi Jesús. Dichosos los sacerdotes que están siempre cerca de Jesús amabilísimo». Y solo la comunión espiritual podía calmarla un poco. santa Ángela Merici no solo hacía con frecuencia la comunión espiritual y exhortaba a hacerla, sino que llegó a dejarla como “herencia” a sus hijas para que la practicaran perpetuamente.
¿Acaso la vida de san Francisco de Sales no fue toda una cadena de comuniones espirituales? Se había propuesto hacer una comunión espiritual al menos cada cuarto de hora. El mismo propósito se había hecho san Maximiliano María Kolbe desde joven. En una visión, Jesús se apareció a santa Catalina de Siena con dos cálices en las manos y le dijo: «En este cáliz de oro pongo tus comuniones sacramentales; en este cáliz de plata pongo tus comuniones espirituales. Estos dos cálices me son sumamente gratos». El santo Cura de Ars decía: «La comunión espiritual produce en el alma el efecto de un fuelle sobre el fuego cubierto de ceniza y próximo a apagarse. Cuando sentimos que el amor de Dios se enfría, acudamos pronto a la comunión espiritual». Además, decía a los fieles: «Al ver un campanario podéis decir: allí está Jesús, porque allí un sacerdote ha celebrado la misa».
«Cada vez que me deseas -decía Jesús a santa Matilde-, me atraes hacia ti. Un deseo, un suspiro, basta para ponerme en tu poder». También el papa Francisco recomienda: «Unidos a Cristo nunca estamos solos, sino que formamos un solo Cuerpo, del cual Él es la Cabeza. Es una unión que se alimenta con la oración y también con la comunión espiritual con la Eucaristía, una práctica muy recomendada cuando no es posible recibir el Sacramento. Esto lo digo para todos, especialmente para las personas que viven solas».
¿CUÁNDO HACER LA COMUNIÓN ESPIRITUAL?
• Durante la misa, cuando no podemos comulgar sacramentalmente. • Durante las visitas al Santísimo Sacramento, como recomendaba san Alfonso María de Ligorio. • Por la mañana, apenas nos despertemos, y por la noche, antes de dormirnos. • Después de la oración, la meditación o la lectura espiritual. • Antes o después del rezo del santo Rosario. • En cualquier momento del día y de la noche.
Podemos hacer la comunión espiritual diez veces, veinte veces al día, tantas veces como queramos, pues bastan unos instantes, breves jaculatorias dirigidas a Jesús en la Eucaristía, para suplicarle que venga a nosotros. Aquí no importa el tiempo; importan el ardor y la vehemencia del deseo, el hambre y la sed del alma, ¡el impulso del corazón!