Una vez, el padre Pío le dijo a un joven hermano que no lograba comprender el valor del santo Rosario: «Tú, que consideras el rosario una oración adecuada solo para las ancianitas, toma esta corona y considérala, precisamente por su aparente e increíble inutilidad, como un “pequeño instrumento” para abrir de par en par las puertas del Cielo». Descubramos más sobre este instrumento tan querido de nuestra oración.
Una historia muy antigua
La corona del Rosario tiene una historia muy antigua que se remonta nada menos que al siglo V d. C. Inspirándose en lo que hacían los ermitaños de Oriente, también en Occidente, concretamente en Irlanda, se empezaron a utilizar instrumentos que facilitaran el recuento del número de oraciones. Al principio se usaban piedrecitas o cuentas unidas entre sí con un hilo, formando una cuerda. Pronto se empezó a cerrar la cuerda, que así adquirió la forma de una corona. Ese uso de contar las oraciones no tardó en extenderse de Irlanda al resto de Europa. En los monasterios eran especialmente los monjes legos quienes utilizaban estas cuerdas. En efecto, en lugar de rezar los 150 salmos del Salterio, rezaban 150 Padrenuestros. Estas cuerdas o coronas se llamaban Padrenuestro.

Una historia que ha llegado hasta nosotros
En el siglo XII se difundió cada vez más la oración del Ave María, que se llamaba Salutación Angélica y correspondía a la primera parte del Ave María. Por tanto, también se contaban las Avemarías (150 o 50) con las cuerdas del Padrenuestro. Todavía no se trataba del Rosario, porque no había misterios.

Se sabe que, en tiempos de santo Domingo (a principios del siglo XIII), el pueblo cristiano y los propios frailes utilizaban ampliamente estas cuerdas. Santo Domingo las habría utilizado para alternar momentos de oración con la predicación, que podía durar horas o incluso todo un día. Es la primera forma del Rosario. Con la predicación favorecía la contemplación durante el posterior rezo del Padrenuestro y las Avemarías.
En 1569, san Pío V establece el número de misterios: 15, divididos en tres clases (gozosos, dolorosos y gloriosos). Además, se añade la segunda parte del actual Ave María.
Juan Pablo II incorporará oportunamente también los cinco misterios de la luz.
El Rosario es un vínculo profundo con la fe cristiana y la devoción mariana. Su historia nos recuerda la importancia de rezar con el corazón y la mente dirigidos hacia Dios, Jesús y María. ¿Y tú tienes la costumbre de rezar el santo Rosario? ¿Tienes alguna experiencia que compartir? Escríbela en los comentarios.


