¿Qué es el domingo para nosotros? ¿Un precepto, un deber, una obligación que debemos cumplir o un don especial de Dios que debemos acoger? Por desgracia, lo hemos reducido a un precepto, cuando en realidad es un don especial, un tesoro que Dios ha entregado a su pueblo, la fuente de la felicidad, capaz de renovar la vida del creyente.
Giuseppe Midili, en el duodécimo volumen de los Cuadernos del Concilio, aborda precisamente el tema del domingo: partiendo de la Constitución sobre la liturgia Sacrosanctum concilium, recorre las etapas que la Iglesia ha seguido hasta hoy, ofreciéndonos a todos las herramientas necesarias para comprender el domingo como un don, para vivirlo así plenamente y con conciencia.
El domingo es un don
«El domingo, antes que un precepto, es un don que Dios hace a su pueblo (papa Francisco)». Redescubrir este aspecto del día del Señor es el punto de partida para vivirlo plenamente y con gratitud.
Acoger el domingo como un don implica una profunda reconsideración del precepto que durante siglos ha caracterizado la participación en la misa dominical y que hoy, a la luz de la sensibilidad contemporánea, debe proponerse y comprenderse no tanto como la obligación de santificar un día, sino más bien como una oportunidad para redescubrir el valor del “dies Domini”, del día del Señor, y su profundo significado para la vida de cada cristiano.

La misa dominical es el centro de la vida de la Iglesia
La celebración de la Eucaristía, en el contexto del domingo, debe ocupar un lugar destacado frente a todas las demás actividades, porque es constitutiva de la Iglesia.
Por eso la misa debe prepararse bien, prestando atención también a los detalles y teniendo como único criterio el bien de los fieles y su encuentro con el Señor Jesús.
«Participar», no «asistir»
Participar en la Eucaristía no puede reducirse a una mera asistencia, con una actitud de espectadores, ni a una escucha pasiva e indiferente, sino que la celebración debe suscitar la misma experiencia de ardor que caracterizó el encuentro de los discípulos en Emaús y debe despertar en el corazón el deseo de anunciar y servir a los hermanos.
Así se explicita el tema de la verdadera naturaleza de la asamblea, del pueblo de Dios, sujeto de la acción litúrgica, que está llamado y «contribuye a ofrecer la Eucaristía y ejerce su sacerdocio al recibir los sacramentos, en la oración y en la acción de gracias» (Lumen gentium, 10).
Cumplir el precepto asistiendo una sola vez empobrece el significado de la Eucaristía y la hace poco significativa para la vida cristiana.

El centro de la vida bautismal
La celebración eucarística dominical es el centro de la vida bautismal y hay que dedicarle todo el cuidado necesario para que todos, pastores y fieles, atraídos por la belleza de la liturgia, encuentren en la participación en la misa alimento para la fe y para la vida cotidiana.
El domingo, a la luz de las indicaciones de la carta apostólica Dies Domini, puede definirse como el día de la asamblea, en el que la comunidad, liberada de las obligaciones del trabajo, responde a la convocatoria del Señor y se reúne para celebrar la Eucaristía que la convierte en pueblo santo.
¡Redescubramos la belleza del domingo como día del Señor y acojámoslo como un don!



