Si hoy santa Rita de Cascia es conocida en todo el mundo, se lo debemos a ella, la beata María Teresa Fasce, enamorada de santa Rita.
Una mujer de carácter fuerte y tenaz, un alma contemplativa deseosa de silencio y soledad, una persona práctica y previsora, capaz de realizar obras extraordinarias. Esta es María Teresa Fasce, monja y abadesa agustina, que cambió el rostro de Cascia.
Nacida en Torriglia (GE) el 27 de diciembre de 1881, a los 19 años conoció la figura de santa Rita de Cascia. En efecto, frecuentaba en Génova una parroquia regida por los padres agustinos, que se esforzaron mucho por dar a conocer la vida de santa Rita con motivo de su canonización, celebrada en 1900. Este encuentro con la Santa de Cascia causó en Marietta, como la llamaban familiarmente, una impresión fortísima, hasta el punto de condicionar toda su vida futura: como ya cultivaba en su interior el deseo de hacerse religiosa, eligió a santa Rita como modelo de vida. Dejó madurar su vocación y, en 1906, ingresó en el monasterio agustino de Cascia.
Desde 1920 hasta su muerte (1947), desempeñó el cargo de abadesa, ejerciendo su ministerio con gran amor y sabiduría, pero también con gran sentido práctico y determinación. Bajo su guía, el monasterio se convirtió en un modelo de vida claustral y, gracias a su dedicación, la fama de santa Rita cruzó las fronteras de Umbría para llegar a todo el mundo.
La fama de la beata María Teresa Fasce está estrechamente ligada a las obras realizadas en Cascia: si hoy podemos ver Cascia tal como es, se lo debemos principalmente a su incansable labor.
Aunque tenía un alma contemplativa y deseosa de silencio y soledad, realizó una impresionante serie de obras que cambiaron el rostro de la ciudad.
En primer lugar, la Basílica y después el Alvear de Santa Rita, el proyecto de acogida para menores procedentes de familias con dificultades económicas y sociales. Recordemos también la Casa del Peregrino (hoy Hotel delle Rose), el Seminario de San Agustín (hoy Hospital), la Casa para los Confesores y la ampliación de la avenida del Santuario.
Sin embargo, María Teresa no es santa por todas estas obras, sino que podemos decir que ocurre lo contrario: todas estas realizaciones prácticas no son más que frutos de su santidad de vida, vivida siguiendo escrupulosamente el Evangelio y en perfecta armonía con Dios y con los demás: «El alma solo tiene un compromiso ante Dios: su santificación. Y esta depende del perfecto cumplimiento de su santísima voluntad», decía.
¡Aprendamos a conocer a la beata Fasce, a rezarle y a quererla; siempre encontraremos escucha y acogida!



