Don Bosco es conocido como el Santo de los jóvenes, pero también es el Santo de la alegría vivida y enseñada como instrumento educativo: el papa Francisco, de hecho, al recordar su formación juvenil con los Salesianos, dijo: «Los Salesianos me formaron en la belleza, el trabajo y a estar muy alegre».
Nuestros jóvenes a menudo están apagados, desmotivados, desorientados, en busca de un secreto de la felicidad que responda a sus preguntas: redescubrir a don Bosco como educador para la alegría y como educador a través de la alegría puede ayudar a encontrar caminos para llegar a ellos y acompañarlos en su proceso de crecimiento.
El mensaje revolucionario de don Bosco
Todos los santos, a su manera, son revolucionarios, y don Bosco no es una excepción: en una época en la que los sacerdotes vivían alejados del pueblo, él fue un sacerdote revolucionario, porque era cercano y alegre. Lo subraya el papa Francisco cuando afirma: «Don Bosco no era un santo con cara de “Viernes Santo”, triste, malhumorado… Sino más bien de “Domingo de Pascua”. Siempre estaba alegre y acogedor, a pesar de las mil fatigas y dificultades que lo acosaban a diario».
No tuvo miedo de sumergirse en la periferia social y existencial de Turín, frecuentando obras, fábricas y cárceles para encontrar a los muchachos solos y abandonados. En esos lugares comenzó a llevar la luz de Dios y la alegría del mensaje evangélico.
La revolución de la alegría
En el oratorio de Valdocco, fundado por él, los muchachos podían aprender a ser «buenos cristianos y honrados ciudadanos», podían saborear la alegría entendida como medida elevada de la vida cristiana. Y sí, porque para don Bosco la santidad consiste precisamente en esto: en estar muy alegres.
Al joven Francisco Besucco, don Bosco le aconsejaba: «Si quieres hacerte bueno, practica solo tres cosas y todo irá bien. Aquí están: alegría, estudio, piedad. Este es el gran programa que, al practicarlo, te permitirá vivir feliz y hacer mucho bien a tu alma».
La alegría puede parecer algo ligero, pero se convierte en un desafío, una elección valiente en un mundo que nos arrastra hacia abajo, atravesado por guerras y tragedias de todo tipo. Enseñar la alegría era revolucionario en la época de don Bosco y también lo es hoy.
La pedagogía de la alegría y la fiesta
El legado de don Bosco continúa a través de los misioneros que llevan esperanza a las zonas más pobres del mundo, ofreciendo a los jóvenes oportunidades mediante la escuela, el trabajo, el deporte y la música…
La alegría es un elemento constitutivo del «sistema» educativo de don Bosco, inseparable del estudio, el trabajo y la fe.
Don Bosco veía la alegría como una necesidad fundamental de la vida y una ley de la juventud: esta visión suya nacía de un profundo conocimiento y comprensión de los jóvenes. Les permitía ser jóvenes, con su necesidad de libertad, juego y «sociedad de la alegría». En aquella época, los recreos -con juegos, bromas y conversaciones- se convertían en momentos fundamentales para la educación: don Bosco los utilizaba para acercarse a los jóvenes y «insinuar pensamientos religiosos»; del mismo modo, las fiestas eran ocasiones para expresar la alegría mediante la música, los cantos, los ritos y un ambiente familiar. Otro ingrediente educativo importante era el teatro: las representaciones teatrales, tanto sagradas como profanas, estaban pensadas para transmitir valores morales y desarrollar las capacidades de los jóvenes.
Don Bosco estaba convencido de que «servir a Dios puede ir perfectamente unido a la honesta alegría». Se trata de una gran enseñanza que, sobre todo hoy, debemos redescubrir.
Siguiendo el ejemplo de don Bosco, enseñemos a nuestros hijos, a nuestros jóvenes, la revolución de la alegría y redescubramos con ellos la alegría que nace de ser cristianos.
